domingo, 10 de julio de 2016

LAS AMIGAS DE ÁGATA (Les amigues de l,Ágata, Lara Rius, Laia Alabart, Alba Cos, Marta Verhayen, 2015)


LAS AMIGAS DE ÁGATA (Les amigues de l,Ágata, Lara Rius, Laia Alabart, Alba Cos, Marta Verhayen, 2015).

YA NO SOMOS LAS QUE ÉRAMOS.
Me sonrío ahora que muchos hablan del extraordinario reflejo del paso del tiempo en el cine de un director norteamericano afamado y encumbrado cuando en cartelera casi coincide, donde se haya estrenado claro, con una película mucho más pequeña, mucho más amateur, pero mucho más contundente al hablar, y sobre todo, conseguir, ese mismo efecto sin estridencias ni artificios, porque el tiempo pasa sin que nos demos cuenta y nos cambia, de la noche a la mañana y no necesariamente tras varios años de espera. No es la comparación lo que me confunde, sino el sorprendente efecto que se produce con gran cantidad de productos culturales, como bien demostraron los experimentos conductuales del profesor Milgram. ¿Necesitas un nombre para que se hable de tí, necesitas una docena de películas a tu espalda? Si «Las amigas de Ágata» fueran la primera y última película de sus directoras, ¿por eso no merecen mayor elogio o comentario?. Ni tan siquiera quiero imaginar que el hecho de ser cuatro mujeres las que están tras la cámara y otras cuatro, fundamentalmente, delante, sirva de obstáculo para no valorar en su justa medida que nos encontramos ante un trabajo de fin de carrera exquisito, otro más, procedente de Cataluña, esta vez no de la ESCAC, per es igual, un fin de trabajo universitario mucho más válido y lúcido que decenas de películas en cartelera. Una gran cantera de cineastas que, teniendo en cuenta cómo funciona nuestro sistema, se va quedando por el camino tras la primera o la segunda película.

Cuatro jóvenes en ese tránsito de la adolescencia a la primera madurez, en esa frontera marcada por el inicio de la universidad y sin querer perder de vista los años de instituto, como si todo lo que te rodeara hasta ese momento de tu vida fuera sólido e inmutable, las amistades imperecederas, los vínculos irrompibles, los deseos inmutables. Una primavera de adaptación donde las clases quedan fuera de campo y lo importante son las noches y sus efectos, las borracheras y las personas, los bostezos a altas horas de la madrugada, resistentes a acostarse como si no ver la primera hora del día fuera un desperdicio o sinónimo de derrota en la noche. En ese cambio de ambientes es cuando las cuatro jóvenes empiezan a resentirse, sobre todo Ágata, la que comienza a frecuentar otro tipo de gente, otro tipo de fiestas, de conversaciones, que comienza a descubrir otras alternativas que hacen de su relación con Ari, Carla y Mar, un vínculo demasiado asfixiante. El grupo irrompible, que ha de permanecer unido y compartir todas las experiencias, se torna, así, más una carga que un placer. Y en las situaciones y en los diálogos uno advierte frescura, espontaneidad y veracidad. Que en una terraza pueda surgir la chispa de la seducción llevada hasta las últimas consecuencias es muy creíble, como lo es el enorme sopor provocado por una espera interminable del primer metro del día tras alargar innecesariamente el momento de regresar a casa, o como lo son los efectos del tedio que minan una relación basada en la costumbre y que amenaza por derrumbarse.


El tiempo justo y la estética ligera de interiores que no importan, porque lo trascendente es el rostro de las jóvenes. Ni hablan de sus deseos ni de lo que esperan de la vida, se mueven día a día con el objetivo de permanecer vinculadas sin intromisiones de terceros. Volver al grupo es volver a los años del colegio, a los recuerdos compartidos por todas ellas, y disgregarse, relacionarse con otras personas, huele a amenaza, a traición, a repudio y olvido. Puede que tan sólo sea que una de ellas ha madurado antes o de manera diferente, que no renuncia a enclaustrarse en una relación que ya no puede dar más de si porque el grupo del colegio funcionó mientras existía ese nexo, pero que una vez roto el vínculo, las opciones se multiplican, empezando por la idea de abandonar el domicilio paterno y ser independiente. Algo en lo que nunca hubiera pensado si no hubiera empezado a relacionarse con otra gente o si no lo hubiera visto en sus compañeros de facultad.


La luna llena marca un cambio de ciclo, y en esas noches iluminadas por el reflejo de la luz del sol, las vidas de las cuatro están destinadas a mutar, a volverse más personales y menos compartidas. Un proceso de adaptación en el que no faltarán momentos de reencuentro, recuerdos compartidos en una playa pero en los que, entre unos y otros, irán creciendo los vacíos del silencio y las vidas propias, los secretos y las decepciones desconocidas para las demás. Es posible que se pudiera haber contado más, haber diseñado más a los personajes (me parecen suficiente y estupendamente dibujados en sus realidades presentes), haber prolongado el epílogo, pero, ¿eso hubiera mejorado este trabajo de fin de carrera o lo hubiera convertido en otro más? ¿No lo hubiera acercado más a la teleserie dramática en vez de a una primavera de cambio, de modificaciones apenas perceptibles que van transformando los afectos? En el espacio de la niñez el grupo se siente seguro y a refugio, los años pasan y no se quiere aceptar esa disgregación lenta y silenciosa producto del cambio personal. Ágata no es la misma, como tampoco lo son sus amigas, aunque se nieguen a aceptarlo porque reconocerlo es asumir que, esos veranos playeros, esas quedadas nocturnas en casa de cada una, están a punto de terminar y hay miedo a lo que vendrá más adelante. Es éste el ejemplo perfecto de creación audiovisual de una escuela como la ESCAC, con sus ramificaciones en la Universitat Pompeu i Fabra, con tutores en este proyecto como Gonzalo de Lucas, Isaki Lacuesta y León Siminiani, un ejemplo de educación donde la mujer está desempeñando un papel relevante en la creación, un papel que, a la hora de crear cine sigue todavía copado por una visión masculina. En esta película la creación compartida no se percibe, la unidad interna del relato y de la imagen funciona del mismo modo que es modélica la recreación de los cuatro personajes femeninos, sus limitadas conversaciones de sexo, fiestas y amistades no son estereotipadas ni pecan de un exceso de reflexión, son tan anodinas o superficiales como el momento exige, de ahí su gran cercanía y naturalidad. Una pequeña primera película altamente recomendable. 


España, 2015. Título original: Les amigues de l’Agatà. Dirección: Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius & Marta Verheyen. Guion: Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius & Marta Verheyen. Productoras: Universitat Pompeu Fabra / Lastor Media. Fotografía: Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius & Marta Verheyen. Montaje: Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius & Marta Verheyen. Reparto: Elena Martin, Carla Linares, Marta Cañas, Victòria Serra. Duración: 70 minutos.