domingo, 17 de julio de 2016

DEMOLITION (Demolición, Jean Marc Vallée, 2015)

DEMOLITION (Demolición, Jean Marc Vallée, 2015)
Demoler sin llegar a las últimas consecuencias

El debut de Jean Marc Vallée fue tan fulgurante, tan impactante con aquella película río como era “C.R.A.Z.Y.”, que sus posteriores entregas han venido marcadas por ese listón de excelencia que no se ha llegado a repetir. Rápidamente engullido por el sistema corporativo industrial, alejándose cada vez más del tono íntimo del cine canadiense para asimilarse al vecino del sur con rapidez, Vallée ha dulcificado su discurso, cuando no lo ha relamido tanto que lo ha hecho insustancial (como es el caso de su anterior película “Wild”). Si el verdadero Vallée es el inicial o el que ahora nos muestra sus últimas realizaciones será cuestión de tiempo descubrirlo, pero con “Demolition” recupera parte del brío que me atrajo de su primera película, mezclando drama y humor, aunque quizás el conjunto esté descompensado, sin la necesaria mezcla de los elementos para que sintamos el dolor del drama o la risa de la comedia, navegando entre dos aguas sin llegar a definirse pero manteniéndose con dignidad gracias al trabajo de un actor que gana enteros en cada película, Jake Gyllenhaal en el papel de Davis, el prototipo del triunfador hecho a sí mismo y gracias a un buen matrimonio (económicamente se entiende).

Las influencias “Jonze-Gondry” se dejan sentir en la película, no sólo por el absurdo de unas reacciones propias de un shock postraumático, los comportamientos libres de un desequilibrado transitorio, sino en la composición de interiores y en la forma de enfocar la cámara las caras de los personajes. No me cuesta comprobar guiños de “El ladrón de orquídeas” u “Olvídate de mi”, es el toque estético lo que me las recuerda de manera espontánea. Demoler para reconstruir, desmontar para encontrar el fallo y restaurarlo. A lo largo del metraje es el personaje de Davis el que se va desmontando poco a poco, reconstruyendo su pasado para reencontrar el momento justo en el que algo se torció. “Si no es tu silla no es tu problema” es la frase con la que Julia define a su marido mientras éste hace que escucha pero realmente no oye. Ese es el comportamiento que va a analizarse el protagonista a lo largo de la historia una vez que, nada más empezar, en la primera escena, un accidente le deje viudo, lleno de posesiones materiales y, de manera inesperada, completamente vacío en su interior. A partir de ese momento la realidad sigue un camino y el comportamiento de Davis otro completamente diferente, incompatibles entre sí, lo que empieza siendo aceptado como ejemplo de un fuerte revés que hay que comprender, termina convirtiendo al bróker en una persona completamente diferente y desconocida para su familia, su entorno laboral, sus vecinos. Ese circuito que se ha fundido como consecuencia del accidente representa la liberación de la verdadera personalidad de Davis, necesitado de demolerse para reencontrarse. Cuanto más analiza sus actos pasados más razones encuentra para seguir demoliendo todo aquello que le estorba, y para ello no rechazará la ayuda de personas que, de la misma manera, están demoliendo su presente o construyendo su futuro.


El giro argumental de la película es muy mentiroso, y ahí es donde encuentro la mayor debilidad de una apuesta conseguida en lo formal, pero que en el cara a cara se resiente. El tono amable que va alcanzando la historia casa mal con el supuesto tinte trágico con que se la dota desde el principio. Ese autismo emocional muy bien dibujado, y que, en el fondo, esconde una más que evidente desatención por parte de Davis a su mujer, una desatención que, cuando llega el momento del duelo, es imposible que provoque llanto porque todo lo que recuerda de su exmujer son momentos del pasado y el presente estaba anulado y adormecido, momentos propios del inicio de una relación que se fue agostando, una relación en la que primaba la música clásica en vez de esos clásicos del rock, del soul, del R&B que son propios del personaje masculino, donde la silla de cada uno estaba tan definida que no había sitio para el otro y nadie se interesaba en ocuparla porque cada uno mantenía espacios estancos, termina derivando a una argucia argumental para aligerar la propuesta. La demolición viene acompañada del tono romántico fácil y amable, la ausencia de familia la suple Davis con una familia ajena. El luto lo sobrelleva y lo asimila mucho mejor suplantando una identidad que no le corresponde a fuerza de mazazos contra las paredes.


Y digo que me recuerda al cine de Gondry-Jonze porque no puedo menos que representarme las imágenes como un sucedáneo de “Her”, las cartas que liberan a Davis provocan una reacción, como las que analizaba y escribía el personaje de Joaquim Phoenix para amantes torpes con las palabras. El repaso emocional recogido en esas cartas inicia el lado amable de la película, el necesario sustento anímico para que ese personaje se libere y permita dar rienda suelta a todas sus excentricidades, sabiendo que, por las noches, cuenta con refugio y una familia postiza. La complicidad con la mujer que ya no tiene o la relación padre-hijo que desconoce, se va apoderando de Davis sin llegar a ser ni amante ni padre ocupando el espacio de otra familia, como en un embrión de todo aquello que le hubiera gustado alcanzar con Julia y que su propio egoísmo y el desarrollo de un ego absurdo para los negocios ficticios de la bolsa echó por tierra. Por eso los fogonazos visuales de Davis reviven una y otra vez esos fugaces momentos de felicidad conyugal, y obligan al personaje a desmontar todo aquello que no funciona para, en el empeño de arreglar algo, aunque sea un electrodoméstico, encontrar las claves para recomponer lo que no funciona en sí mismo. Es verdad que en ese camino de demolición al dolor o a la situación de incomodidad personal le sigue una evolución optimista, como si Vallée no quisiera cebarse en el personaje, permitirle respirar y reanudar su andadura con otra perspectiva, convertirle en persona a través del mecanismo de importar a los personajes que interpretan Naomi Watts y el debutante Judah Lewis.

La película podría haber recurrido al hundimiento sin salida (recordar el personaje de Gyllenhaal para otro canadiense, Villeneuve), y sin embargo opta por repetir la carrera que marcó la infancia de Davis para superar sus inseguridades y otorgarle la victoria que siempre le fue esquiva. Deliberadamente envía un mensaje de “buenismo”, a mi parecer innecesario y demasiado simple en atención a todo lo que hemos visto previamente. Si el personaje deja de ser seguro y fiable para su entorno más próximo, su personalidad se hace más atractiva cuanto más atrabiliario se convierte su comportamiento, por eso reniego de su colofón, un final a años luz de la mencionada “Her”, que sí sabía mantener el toque amargo y de derrota aun cuando dejaba vía libre a una salida, mientras que “Demolition” termina representando más una pose fruto de un desvarío psiquiátrico puntual que un verdadero propósito de cambio, de borrón y cuenta nueva. En el fondo, a Davis le encanta vivir en su mansión, si acaso, y lo comparto, tenía razones para cargarse a golpe de maza una cómoda rococó o unas vajillas decoradas con flores, pero lo que nunca intenta demoler es su Porsche Cayenne, toda una declaración de intenciones de cuál es la reencarnación que podremos esperar del bróker.

 
 Estados Unidos. 2015. Título original: Demolition. Director: Jean-Marc Vallée. Guion: Bryan Sipe. Fotografía: Yves Bélanger. Duración: 100 minutos. Productora: Fox Searchligth / Black Label Media / Mr. Mudd / Right of Way Films. Montaje: Jay M. Glen. Diseño de producción: John Paino. Diseño de vestuario: Leah Katznelson. Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Naomi Watts, Chris Cooper, Polly Draper, Wass Stevens, Judah Lewis, Stephen Badalamenti, Zariah Singletary, Alfredo Narciso, George J. Vezina, Helen Brackel, Ben Cole, Lytle Harper. Presentación oficial: Festival de Toronto 2015.