domingo, 3 de julio de 2016

BETWEEN FENCES (Avi Mograbi, 2016)

BETWEEN FENCES (Avi Mograbi, 2016)

Mostrarse crítico con el estado de Israel implica ganarse enemigos internos y externos, así que ser israelí y dedicar tu cine a mostrar las deficiencias democráticas del país cuando no se trata de proteger los derechos fundamentales de los israelíes de ascendencia judía debe ser toda una proeza. El cine precedente de Mograbí ha oscilado entre el momento y la situación presente del país, de su país y del que no existe porque Israel se opone, un país que dejó de existir para que la comunidad internacional creara Israel. Israel y Palestina, la ocupación militar y la Intifada, la religión y la política, la colonización y los atentados, un cine constantemente en evolución porque la situación es cambiante, confusa, peligrosa, y casi nunca esperanzadora, un problema de casi impoisble solución aunque ésta, para empezar, parezca sencilla en su inicio, pero quizás no en su conclusión.

Mograbí aparca por un momento la difícil coexistencia entre ambas naciones, y emprende un reflejo del comportamiento israelí con los refugiados. Que se menosprecie, se infrinja la legalidad internacional, se creen limbos jurídicos inaceptables para no asumir la llegada de personas que huyen de países en guerra no nos debe extrañar. El incumplimiento de las normas internacionales en materia de asilo y refugio es patente en la Unión Europea, una unión meramente económica que se ríe de los derechos fundamentales un día si y otro también, si lo hace de sus “nacionales comunitarios” cómo no de los que llegan huyendo a nuestras fronteras. Incapaces de asumir imágenes vergonzantes, subcontratamos a un país tan tradicionalmente respetuoso con los derechos humanos como Turquía, para que haga el trabajo sucio de aceptación de expulsados y confinamiento en regiones periféricas, desentendiéndonos de su futuro, mirando, como muchas otras veces, hacia otro lado. Pagando, eso si, para no hacer pedagogía con la ciudadanía, ofreciendo a quien tiene menos escrúpulos, ventajas económicas para que controle mejor sus fronteras y nos mantenga en el limbo de la Europa aria.


Mograbí plantea el documental como un ejercicio de autoestima para los inmigantes, una forma de autoayuda mediante la representación teatral de lo que han pasado, y siguen pasando, intentando establecerse en Israel. Eritrea, Sudán, Etiopía, Somalia, nutren el mayor componente de personas confinadas en el campo de detención de Holot, en el desierto del Neguev israelí. Mantienen cierta libertad, pueden entrar y salir con la seguridad del estado de que volverán a dormir porque nadie, a pie, puede desplazarse hasta Tel Aviv o a las playas donde buscar trabajo. Y si se comete cualquier infracción, no se regresa a tiempo, se abandona el campo, se es localizado por la policía donde no se debería estar, el confinamiento se transforma en prisión. Si a muchos la realidad española ya nos parece sangrante, con la habilitación administrativa y un cierto control judicial que permite mantener hasta 60 días a una persona en un C.E.T.I. a la espera de su expulsión y aceptación por el país de origen, en este documental vemos a personas que apuran hasta los 18 meses máximo que la legislación israelí permitía esta práctica. Personas que han huido en su mayoría no del hambre, sino de la guerra civil, de la represión, de la pena de muerte, para pasar a un campo donde no existe confort, donde no se respetan las tradiciones personales de los internados, donde la comida y el aseo escasea. A ese interior entra Mograbí con su equipo de filmación para dirigir los ensayos de personas que nunca han hecho teatro y carecen de guión, se les pide ser intuitivos y espontáneos, que recreeen sus experiencias y se pongan en la piel del otro, del que les quiso matar en su país o del policía israelí que los detuvo, que no piensen en lo que responderían, sino que respondan.

Jirafa de sonido en mano, Mograbí va participando en el rodaje y entablando amistad a fuerza de confidencias. El grupo se reduce entre los inmigrantes por diversas razones, pero se amplía con voluntarios internacionales dispuestos a escuchar y a participar. Y el momento de genialidad surge cuando a alguien se le ocurre que el impacto puede ser mayor si los eritreos hacen de israelíes y viceversa. No es tanto cambiar los papeles sino enfrentarse a la realidad de que, algún día, los europeos tengamos que abandonar nuestros países  y encontrarnos ante una situación de desprecio y rechazo. Rechazo en la frontera, rechazo en el trabajo, amenaza de expulsión, vacío en la comunidad, vacío a los hijos, silencio de la administración, separación de familias. «No nos matan, te dejan morir» es lo que dice a cámara uno de estos eritreos que creía en las resoluciones de la ONU, en los convenios de protección al derecho de asilo y refugio, «¿es que las normas no son ciertas?», «estamos protegiendo a nuestro país», es la respuesta monótona y reiterada que reciben, una tras otra, todas sus demandas, hasta las más humanitarias, son denegadas.

En esa tierra de nadie hay algunos que creen que es mejor su situación que la que abandonaron, tienen cama, comida y ninguna preocupación, quizás no tengan libertad, pero tampoco antes eran libres. Por eso reciben con temor la sentencia del Tribunal Supremo que obliga a cerrar Holot en tres meses, porque ya saben que eso no va a significar absoluta libertad para moverse por Israel, sino, quizás, un endurecimiento de la legislación y cambiar un centro de detención por una prisión. Se sienten tratados como un cáncer, «¿dónde ir?», vayas donde vayas te tocará sufrir. Tenían que huir para salvar la vida, pero ¿qué vida? ¿Cuántos de los huidos hubieran preferido callar en su país de saber las consecuencias de llegar a Israel antes de emprender el camino?. La pregunta es ¿dónde seré un hombre libre? «en Israel me juzgan por el color, no quieren negros en Israel». En la nave donde se ensaya, sin cristales, abandonada, sin agua, unas mantas en el suelo sirven para sentarse, charlar, debatir, compartir, esas mantas, por efecto de las corrientes de aire, cuando las personas no están encima, se convierten en alfombras voladoras. Sólo mediante el juego de la imaginación y la ilusión es posible escapar de la realidad. Se necesita algo incontrolable para escapar de las prisiones con puertas abiertas. No hay derecho internacional que valga cuando no hay voluntad real de cumplirlo. Pero no deberíamos ser tan simples y olvidar que hace 70 años millones de desplazados europeos buscaron refugio en países que, muchas veces, les acogieron, o que hace apenas 20 Yugoslavia saltó hecha pedazos de manera insospechada. Así que olvidar, si es que se ha sabido, lo que nos ha pasado, nos acerca, peligrosamente, a todos los -ismos del siglo XX