lunes, 13 de junio de 2016

UNDER ELECTRIC CLOUDS (Pod elektricheskimi oblakami, Alexei German jr, 2015)


UNDER ELECTRIC CLOUDS (Pod elektricheskimi oblakami, Alexei German jr, 2015)

“¿Y quién me dice a mí que tu futuro será mejor que mi pasado?”
La puesta en escena es esencial en el arte cinematográfico. Una deslumbrante puesta en escena puede evitar que nos fijemos en fallos clamorosos de otros apartados y que nos quedemos enganchados con una propuesta, que como es este caso, resulta sumamente compleja y hasta contradictoria. El cine ruso más representativo, el que a cuentagotas se exporta, maneja de manera ejemplar esa puesta en escena aprovechando al máximo los espacios constructivos y los naturales, situando a los personajes en un entramado de sensaciones provocadas por la colocación en el espacio sin necesidad de diálogos explicativos. German jr. debe intuir que su propuesta circula en un alambre permanente y tiene que utilizar recursos formales para sustentar el atractivo. En un mundo sin futuro, pero con mucha historia por delante, una sucesión de personajes, que deambulan entre el recuerdo y añoranza del stalinismo y su condena, pero también de la época zarista, retoman los más reiterados temas del cine ruso reciente, abuso de poder, desprotección, inmigración, violencia, urbanismo descontrolado, manipulación, utilizando una especie de mapa del tiempo que parece doblarse para que los personajes entren y salgan, se mezclen y nos confundan.
Viajes al futuro y viajes al pasado, sueños que duelen y presencias escultóricas, en movimiento permanente pero en movimiento circular. 7 episodios aparentemente inconexos pero de grandiosa composición visual, desde ese paisaje helado surcado con torres con fluorescentes a una exposición de estatuas megalómanas abandonadas, como si reviviéramos aquella escena final del planeta de los simios, o la mirada de Ulises de Angelopoulos. Una puesta en escena deliberadamente fría, congelada, de emociones asépticas donde un rapto fugaz de humanismo se cuela entre tanto desconcierto e infortunio, donde el pasado es tratado de manera gratuita e irritante por los nuevos jóvenes rusos adinerados para quienes es lo mismo Hitler que Stalin, que dudan de la realidad del holocausto nazi o soviético, y para quienes lo importante es simular riqueza y belleza, siendo indiferente si viven en libertad o no. El desolador panorama trazado por la película circula desde la indiferencia y odio al diferente (el inmigrante kazajo sería un claro ejemplo del aislamiento social), al judío, a la cultura, a la pobreza, al medio ambiente, a la ley, a los inevitables raptos de honradez de ciudadanos anónimos para quienes es más importante la dignidad del acto correcto que la tranquilidad de mantener un trabajo embrutecedor y no valorado. El dinero compra, como compró una vida regalada para los dos hermanos de la historia «Los herederos», una joven fuerte y comprometida a conservar el legado de un padre cuestionado tras su muerte por el poder, junto con un hermano débil y más pendiente de parecerse a aquellos que despilfarran y aparentan, el hijo idiota y la hija lista, la sublimación de un padre que, una vez muerto, desaparece del imaginario colectivo y cuyo legado se transforma en ambición para muchos, una posibilidad de enriquecerse para un puñado de burócratas empeñados en hacer desaparecer la mole arquitectónica inacabada que marca el horizonte de la ciudad y que el patriarca no pudo concluir.

En 2017 estallará la guerra, anuncia German, 100 años después de la revolución, así que lo que pasa en la actualidad viene condicionado por ese miedo imperante que nos paraliza. Rusia invadida por millones de turistas y por millones de inmigrantes que debilitan la conciencia del país o la reducen a mero espectáculo, incluso a costa de eliminar el patrimonio cultural riéndose de personajes como Malevich en el episodio «Sitio de desarrollo 2011«, un intervalo de la acción donde el nuevo régimen demuestra su absoluta voracidad primando la posibilidad de construcción sobre la conservación de un museo del siglo XIX, un personaje, doctor en historia y políglota, que se ve confinado a hacer de guía turístico representando un papel de un personaje clásico que le va modificando su punto de vista hasta  convertirse en el héroe desdichado antes que en la marioneta complaciente del nuevo orden. Resulta imposible vencer frente al dinero, este personaje, y otros muchos de la película, se observan a si mismos y se ven cada vez más pequeños, cada vez más insignificantes en sueños donde se observan a si mismos recogidos en las palmas de su propia mano, cada vez más reducidos, más prescindibles.
Una película obsesionada por presentar los efectos del dinero, del exceso, mediante planos lentos y de extraordinarios movimientos de cámara con travellings laterales que no abandonan a los personajes, y si lo hacen es porque el testigo lo recoge, temporalmente, cualquiera que deambula por la escena. El arquitecto como figura relevante de la nueva Rusia preapocalíptica, tentado para que sea más fácil hacer dinero, ofrecido como quien puede recuperar ese edificio inacabado de otra época, de un  pasado que no conviene recordar como ejemplo de nada. Manipular la historia para que sea más fácil hacer creer que se inicia una nueva época, aun sobre la miseria de un fascismo que sobrevive como un peso muerto. Vivir en la indefinición permanente, el día a día, colgados de unos cables invisibles como el holograma del equilibrista que se nos acerca y se nos aleja mientras tomamos una copa en un local de moda rodeados de una exposición de arte, porque el arte, como las construcciones, ha de ser espectáculo, o no será nada, en un mundo encaminado a que todo sea igual, todo se globalice, incluídas las bioestructuras de los edificios representativos. En la reivindicación personal, frente al nerviosismo de alcanzar una edad dificil, una edad en la que todo cuesta más tiempo y esfuerzo conseguirlo, donde todo se quiere para ahora mismo, hay que conseguir parar, caminar entre la niebla para no ver nada más que a uno mismo, y reflexionar para aprender como mejorar. 

Ese final en la playa, en medio de la niebla, los restos de la nieve, en una especie de permanente glaciación, rodeados de un sin fín de personajes, me remite al final de 8 1/2, o de La dolce vita, pero mucho más amargo y menos atrayente, todos los personajes se van reuniendo e interactuando de manera episódica, todos los personajes sangran por la nariz o tienen una herida en el rostro que recuerda su pasado, su error o su resistencia. En un mundo a medio construir, las estatuas recuperadas y expuestas se presentan incompletas, como los seres humanos, todos ellos inacabados. En la obsesión por construir, se esconde la necesidad de dotar de apariencia de acabado aquello que no deja de ser un boceto sin intención de perfección, construye nuevo sin acabar lo dejado a medias, destruye lo anterior para creerte más moderno, más renovador. Y sin embargo, cada vez que eliminas, el poso de lo anterior no desaparece, sino que va incorporándose, mezclándose, hasta el punto de no saber si eres hijo de los totalitarismos o reivindicas el imperio, si la culpa fue de Yeltsin o de Gorbachov, si las mafias son inatacables o el poder es la mafia, y en  medio, el ciudadano se limita a deambular perdido, triste, abandonado, como otra obra más a medio construir en un mundo cada vez más hostil. La forma, en este caso, supera al fondo, y esto desequilibra el resultado final, como el personaje de la hija coleccionista de estatuas, que queda colgada del brazo de un Lenin gigantesco, el presente y futuro del país se detuvo en 1991, un año que se repite a lo largo de la película, el año en que una aparente democracia parecía abrirse paso en Rusia, una apariencia eliminada 25 años después.

Rusia, Ucrania, Polonia, 2015. Título original: Pod elektricheskimi oblakami. Dirección y Guión: Alexey German Jr. Música: Andrew Surotdinov. Fotografía: Sergey Mikhalchuk, Evgeniy Privin. Productoras: Metrafilms / Linked Films / Apple Film Productions / Tor Film Studio. Productores: Dariusz Jablonski, Violetta Kaminska, Rushan Nasibulin, Egor Olesov, Andrey Savelyev, Artyom Vasilev, Izabela Wójcik, Sergey Yahontov, Krzysztof Zanussi. Montaje: Sergey Ivanov. Dirección artística y Vestuario: Elena Okopnaya. Reparto: Lui Frank, Merab Ninidze, Viktoria Korotkova, Chulpan Khamatova, Piotr Gasowski.