miércoles, 22 de junio de 2016

PRÓLOGO AL GRAN DESAPARECIDO (Lav Díaz, 2013)

PRÓLOGO AL GRAN DESAPARECIDO (Lav Díaz, 2013)
Buscar, indagar, no desistir, y al final puedes encontrar. El cine filipino, como el tailandés, el malasio, empiezan a tomar cierto nombre a fuerza de festivales. Plantearse ahora, tal y como está el mercado, que algún distribuidor traiga a España la obra de Lav Díaz o Raya Martin, por nombrar a dos de sus autores, me resulta imposible de imaginar. No está el patio cultural para exquisiteces de diletantes. «Cuanto peor, mejor», parece ser el lema cinematográfico, y dejar la iniciativa a museos, instituciones públicas y grupos de programadores revolucionarios que se atrevan con éstas y otras propuestas parecidas. Lav Díaz habla de su país, y de sus orígenes, de esa circunstancia histórica que pone muy nervioso a muchos y que se trata de silenciar. Que se cuentan con pocos dedos los países que se emancipan si no es a través de la sangre y la muerte es una constante, negarlo no significa que no haya existido, y afirmarlo no es equivalente a aprobarlo. Filipinas no fue diferente, y cuanto más débil sea el usurpador mayores posibilidades de triunfo existen, aunque para ello existan dolorosas pérdidas, más cuando el combate se entabla entre nacionales que sirven a diferentes amos.

Una comitiva circula en fila y atraviesa el plano, a continuación otra diferente, y más breve, atraviesa la escena, dos hombres atados a un caballo, militares filipinos a punto de ajusticiar a dos rebeldes. Filipinos al servicio de España cuando el mermado imperio intenta mantener sus últimas colonias sin necesidad de aplicar un juicio justo. Ese fusilamiento que queda fuera de campo, viene seguido de una mujer que se acerca por un camino, descalza, pisando la tierra húmeda por la que se lucha, mientras por ese mismo lugar, la compañía militar abandona nuestra historia a caballo en pos de nuevas víctimas. Castigo y dolor se acercan y se alejan simultáneamente para quedarnos con esa mujer que busca, sin pistas ni ayuda, los cuerpos de los dos hombres de los que es consciente que no va a volver a ver con vida. La película nos ha situado, año 1897, sabemos que en 1898 todo acabó, pero antes de eso, hubo victorias, derrotas, traiciones, abandonos, febriles resistencias inútiles, absortos oficiales incrédulos del desastre. Pero las primeras escaramuzas fueron más duras para los levantados que para los usurpadores.

Esa mujer que vaga por la selva y se enfanga sobre el suelo húmedo y embarrado, incorporando la esencia del país sobre su propia existencia, mostrando su impotencia ante el uso abusivo de la fuerza y la represión, es el alma de Filipinas que llora por sus muertos, sean rebeldes o partidarios de la colonia. Una mujer que es enmarcada en lugares residuales del plano mostrando su pequeñez ante la inmensidad de la tarea y de la naturaleza hostil en la que la revolución se esconde a la espera de mejores perspectivas. En espera de una batalla decisiva, como tantas en la historia, un mando de los sublevados, el cuerpo del país, escribe a una mujer imaginaria, que puede ser la del principio como cualquier otra, una carta que huele a despedida, pero también a esperanza, un deseo de libertad aún a sabiendas de la inminencia del desastre cuando el ejército oficial es todavía más poderoso, más potente, más organizado aunque menos entusiasta y convencido de porqué lucha. El deseo de este militar rebelde, refugiado en una casa colonial mientras desgrana sus palabras, es resurgir de Cavite y poder unirse a las fuerzas de Aguinaldo, alcanzar un pequeño éxito para unirse al guía de la revolución, aunque para ello hay una dura apuesta por delante.

En esa elipsis que no necesita mostrar la lucha sino sus resultados, el paisaje después de la batalla permite a Díaz hablar con los muertos, reivindicar sus amores, sus pérdidas, sus abandonos, sus despedidas imposibles. ¿Dónde estás Andrés? repetirá la mujer, mientras el fantasma de otra se sitúa detrás de ella y mantiene un silencio acusatorio. Andrés o quien sea es indiferente, porque la guerra trae muerte y silencio, en un maremagnum de cuerpos acribillados y abandonados a la corrupción, esa mujer que se introduce en el bosque y se deja perder a la espera de un nuevo amanecer, no será testigo de la derrota de Emilio, el soldado que ya prevé el resultado de la heroicidad sin sentido, de quien coloca por delante su ideal aún a sabiendas del sacrificio inútil, porque alguien tiene que morir para que otros alcancen la fama y el orgullo de enarbolar banderas. La mujer ya ha sufrido una derrota que ninguna victoria va a hacer olvidar, por eso es mejor introducirse en la espesura, dormir y esperar un nuevo día, la pérdida es irremplazable para ella. Ella se fundió en el barro presa de la desesperación, mientras Emilio lo hace fruto del agotamiento y de las heridas, tirado en medio de un camino en el que las tropas coloniales capturarán una nueva presa. Al tiempo que una mujer busca a un hombre, un hombre busca una patria, al final, como un mal sueño, esa mujer despertará al amanecer, y cuando llegue esa nueva patria seguirá preguntándose dónde está Andrés.
En un primoroso blanco y negro, este «prólogo» de una historia de la Filipinas de la revolución se transforma en un experimento físico del hombre frente a la naturaleza en medio de una vorágine política que poco, o nada, afecta a los ritmos naturales. La lluvia, la tormenta, el rayo, la vegetación, seguirán su evolución con independencia de las acciones de los hombres y mujeres, seres pequeños, ridículos ante la inmensidad de un entorno contra el que no pueden luchar y en el que, sin ayuda, poco tiempo podrían sobrevivir. Cuando la mujer despierte, habrá un nuevo país libre, pero para ella la lucha no ha supuesto más que pérdida.