viernes, 17 de junio de 2016

NO COW ON THE ICE (Ingen ko på isen, Eloy Domínguez Serén, 2015)


NO COW ON THE ICE (Ingen ko på isen, Eloy Domínguez Serén, 2015)

“Nosotros no sabemos mucho sobre el franquismo, pero ¿cuánto saben los españoles?”
Esta autobiografía sentimental del propio director es perfecta para ilustrar la realidad del país en el que vivimos. Médic@s, ingenier@s, filólog@s, arquitect@s…….una generación que ronda los 30 años y que vienen siendo menospreciados e insultados por sus gobernantes con eufemismos tales como “movilidad exterior”, o poniéndoles como ejemplo de lo bien formados que están nuestros universitarios que encuentran trabajo en cualquier país de Europa. Lo que esos mismos políticos ocultan, o son incapaces de pensar, es  lo que cuesta formar un  profesional de esa categoría para que los rendimientos los aproveche otro que  no ha invertido ni un solo euro en su educación, o incluso ni eso, porque ese millón cercano de españoles que ha abandonado el país desde 2008 no puede ni vanagloriarse de estar trabajando para lo que se han preparado, sino que se encargan de hacer aquello que los nacionales no quieren hacer. ¿Les suena?, durante la década prodigiosa aquí se hizo lo mismo, se despreciaron trabajos que se dejaban para los inmigrantes, se abandonaron estudios porque era más sencillo ganar 3000 € al mes poniendo ladrillos que 1200 € trabajando como licenciado en una carrera. 
El diario filmado de este largo periodo de extrañeza interior termina dejando el inevitable poso de melancolía y frustración que siente su realizador, el entorno incomprensible, el frío invierno, la limitación en sus relaciones, esperar a que el interlocutor pueda expresarse en inglés dado que desconoce el sueco. Lanzarse a una especie de aventura de resultado incierto sin mayor aliciente que el de saber que en su Galicia natal está condenado a trabajar en el campo como mal menor, que su doctorado no le abre ninguna puerta profesional y ha de buscar esa independencia necesaria trabajando cómo y donde sea, y ese cómo y dónde lo va a encontrar en Suecia, primero como peón de albañil, desescombrando, limpiando, recogiendo, después en un autoservicio con horarios infernales. Rodeado de rudos obreros de diversas nacionalidades con los que la comunicación resulta casi imposible, sintiendo esa soledad habitual del que se encuentra fuera de su hogar que queda perfectamente reflejada en imágenes, se establece la paradoja de esos abuelos emigrantes que regresan a su tierra para comprobar cómo sus nietos emprenden caminos similares a los de ellos en los 60, un emigrante es un parado menos y un éxito en el falseamiento de las estadísticas, abramos las puertas para eliminar la presión interior.
Palabra y paisaje constituyen el núcleo esencial de la obra, inicialmente el paisaje, y no entendido como algo lejano o decorativo, sino incluso desde la misma inmediatez física de ser tocado, un mar y un pescador, la nieve cayendo sobre un fondo negro, el crepúsculo, la luna, el agua y su reflejo. Momentos de enorme intimidad y soledad en los que el director nos sitúa físicamente en un entorno donde se desarrolla su vida, un entorno al que acuden mensualmente 600 españoles, y no para descansar o hacer turismo, sino buscando un futuro para el que la barrera lingüística se transforma en un impedimento añadido a la distancia y el extrañamiento. 2637 kilómetros de distancia que transforman España en una entidad mezquina con sus nacionales, un país retratado por los medios de comunicación suecos como el amparo de la corrupción, un país de paro, de gente que abandona a sus familias y sus lugares buscando subsistir. Serén coloca perfectamente a su personaje en un entorno y en una situación. El director ha sido el primero de su familia en ir a la universidad, pero también es el primero que, con estudios, ha vuelto al trabajo de sus mayores; la obra, el pico, la pala, un graduado en el país equivocado en el tiempo equivocado.

Trabajar sin comunicación, encerrado en si mismo por la barrera de un idioma que hay que aprender para poder integrarse y soportar todas esas distancias. En el mecanismo de aprendizaje, las relaciones personales no se olvidan, incluso la distancia no impide los enamoramientos, diferentes culturas en un mismo país comunicadas por un idioma neutral, el omnipresente inglés que acerca a una sueca de origen árabe con un español de origen gallego, emigrantes en sus genes, emigrantes que no cuentan para las estadísticas oficiales como desempleados. Una vida de trabajo y estudio en la que existe la esperanza de que cada mañana pase algo bonito, pero donde la desesperación y los deseos de desaparecer aumentan día tras día. El lenguaje va apoderándose poco a poco de relato, cuanto más se aprende más se integra uno en la realidad social de su entorno. Hay transiciones muy bellas en la historia, del arduo trabajo en un tejado a un paseo en barca por un lago en el que el reflejo del sol, las texturas del agua, las sombras….pueden hacer olvidar a estos jóvenes españoles, puntualmente, el desarraigo obligado, o ese paso visual de pisar hojas a pisar nieve, la llegada del duro invierno, de un verano corto y fugaz poco esperanzador a las inclemencias de un clima que te obliga a refugiarte en una casa modesta y pequeña, sin contacto, aislado del mundo y aprendiendo un idioma que se convierte en un Himalaya particular y con la sola perspectiva de conseguir pertenecer, un poco, a un país que no es el tuyo.
El relato se va puntuando con breves estancias en su Galicia natal o imágenes de los que quedaron, ese abandono que no puede ser tal, esos recuerdos de unos familiares que se echan de menos incluso cuanto menos extraño te sientes en Suecia. Progresivamente el lenguaje va tomando más importancia en la película, de una primera parte casi silente, con la voz en off de Serén, o sus incursiones radiofónicas en inglés, a la progresiva aceptación del sueco como su segundo idioma, la posibilidad de relacionarse poco a poco con los vecinos, contemplar un ritmo de vida muy diferente, más relajado en un entorno de difícil supervivencia, en el que aclimatarse a la nieve y al hielo es una forma más de reflejar las diferencias culturales, aprender un idioma como aprender a caminar sobre el hielo, abandonar la bicicleta para moverse sobre esquíes o patines. Una dificultad tras otra, y largas horas a través de ventanas que nos mantienen cálidos de temperatura, pero inmensamente fríos en el interior de nuestro cuerpo, el frío de la inadaptación permanente, una cárcel con vistas, del trabajo a casa, de casa al trabajo sin calor humano que reconforte.

Identificarse con las realidades vitales de los compañeros de trabajo tampoco te beneficia, solamente compartes experiencias repetidas, la de miles de inmigrantes que, ya sea en un autoservicio o en una obra, hablan de sus carreras desperdiciadas, de su viaje como una etapa de la que habrán obtenido madurez, pero también desencanto y, en el mejor de los casos, el dominio de un idioma poco conocido. Una aventura en la que algunos terminarán afincándose en tierra extraña pero donde no terminarán de dejar de sentir el aguijón de la distancia, aunque para la mayoría es un tiempo muerto, un periodo con final programado sin fecha cierta de regreso, donde el objetivo es volver y reanudar una vida abandonada. Una transición de imágenes desde los espejos, desde los cristales, un largo año difícil, sus primeras navidades en Suecia pero no el último invierno en Suecia, y se entiende la necesidad de este diario fílmico, sin exhibicionismos ni raptos sentimentales, la imagen desnuda de un sobreviviente de una crisis que no acaba, de un joven como tantos que abandona su país para oir en los medios de comunicación suecos la pregunta, “¿qué es la democracia en España?”, una pregunta dura, una pregunta que duele incluso a quienes no sabemos, ni podemos defender, nuestro sistema como una democracia, oir a periodistas extranjeros situar en el centro del debate la putrefacción de un sistema imperfecto pero considerar que de esa crisis puede venir la catarsis colectiva que permita afrontar una autocrítica positiva y un cambio real de las estructuras. Una visión un tanto idelizada de un país sin base cultural como para permitir cambios profundos sin cambiar a las personas previamente.
Y su epílogo es tan entusiasmante como su desarrollo precedente, ese viaje de despedida de un país, y de unas gentes conocidas durante la estancia que, pese a limar el recuerdo previo de un periodo doloroso, no va a poder borrar esa idea de extranjero permanente, incluso cuando el idioma ha dejado de ser una barrera. Un sentirse en paz sin sentirse admitido, una relajación última, ayudada por la partida, pero sin que por ello se elimine la brusquedad de una experiencia desasosegante, superada la limitación del lenguaje, esa barrera invisible que impide una verdadera unión europea al funcionar como elemento de disgregación, el recuerdo negativo se extiende al conjunto y se comprende que el problema no ha sido solo el lenguaje, aunque también. El rodaje final en una especie de super 8 nos permite comprobar que el director ha aprendido a caminar sobre el hielo, pero ello no le transforma en sueco. Sería interesante comprobar cómo ha sido la vuelta a su casa tras el viaje exterior, quizás ahora siga siendo un extraño en tierra conocida.