miércoles, 1 de junio de 2016

LA TIERRA Y LA SOMBRA (César Augusto Acevedo, 2015)




LA TIERRA Y LA SOMBRA (César Augusto Acevedo, 2015)

Las cañas de azúcar dominan la escena, los espacios limitados por el cerco verde, la visión impedida más allá de las primeras filas de la plantación, una casa de jornaleros rodeada por el trabajo pendiente. El entorno hace que la película sea endogámica, de casa al trabajo, del trabajo a casa. El plano inicial marca una carretera polvorienta con plantaciones a ambos lados, una silueta se nos va acercando desde la lejanía, un hombre mayor con su equipaje, mientras, desde el fondo, un camión va acercándose también. El hombre y la máquina, el polvo en los zapatos y la máquina que nos desplaza. Llegado el momento, el hombre desaparece, se refugia entre las cañas y espera a que el tráiler con seis remolques termine de pasar y la nube de polvo, tierra, piedras, desaparezca. Hay, por tanto, un deliberado intento de mostrar al hombre como un ser vulnerable, insignificante frente a su entorno, limitado frente a las magnitudes de las empresas que le rodean, sobre todo si falta humanidad en quien impone las condiciones. 



Nunca llegaremos a saber, ni nos importa, por qué ese hombre abandonó casa, familia y trabajo. Este Alfonso que regresa a su casa como Ulises volvió a Ítaca, no busca a una mujer abandonada, sino que vuelve para cumplir con una obligación. Su hijo está enfermo y a punto de morir. Es la última obligación como padre estar presente en esos momentos. En esa vuelta, Alfonso actúa como un ser resignado, consciente de haber desaparecido, asume que pueda ser tratado con desprecio, como si fuera un usurpador en espacio ajeno. La confianza con la que es recibido por hijo, nuera y nieto, como si nada hubiera pasado, es correspondida con la frialdad absoluta de la esposa abandonada. El desarrollo fílmico de la historia enlazará lo familiar con lo laboral. Hay una enfermedad que planea constantemente sobre esa familia, pero es una enfermedad provocada por la quema de los restos de la caña durante 12 años, un trabajo peligroso y nocivo. La enfermedad del hijo es consecuencia de la ambición de los de siempre y la resignación del que no puede exigir. Esa enfermedad pulmonar que impide el trabajo, supone el relevo del trabajador, a quien por consideración, se le permite que su madre y su esposa le sustituyan, dos por el precio de uno y además como un favor. El mal termina contaminando a la familia entera en una cascada de consecuencias injustas a las que nadie pone coto.


Durante la historia no hay poder presente, sino ausencia de control. El poder lo ejercen capataces que deciden lo que se trabaja, cuánto y lo que se cobra, quién sirve y quién no, quién produce y quién no es apto. En escasas ocasiones, cuando la asfixia es insoportable, la masa de trabajadores se rebela. Es la respuesta del que ya no puede más y sólo pide que el pie apriete, pero no que ahogue. En ese contexto, la vida de esta familia, y por elevación la de todos los recolectores, es una reproducción del infierno en la tierra. Esta familia, retratada con breves planos precisos que informan lo suficiente sobre cada personaje, parece ir recomponiendo las piezas que se rompieron en su momento al mismo tiempo que la salud del enfermo empeora. Como en un ciclo inevitable de la vida, hay cosas que se arreglan y otras que no tienen solución. 



La puesta en escena es modélica para llegar a crear la sensación de asfixia, tanto física, como vital, de esta familia. Unos se ahogan por insuficiencia pulmonar, pero los demás lo hacen por falta de vida propia. Las escenas en espacios cerrados arrinconan a los personajes en lugares reducidos, con apenas luz. Esa amenaza de la caña de azúcar y cómo el incendio periódico envuelve a la casa en un manto de humo coincidente con la llegada de la ambulancia que hace de servicio fúnebre es uno de los momentos excepcionales de la película en su concepción visual. La enfermedad del hijo ha condenado al silencio y a la oscuridad al resto. Evitando la exposición a un aire viciado, toda la familia termina sufriendo las consecuencias físicas de un encierro. En ese sentido, las veces que una ventana puede abrirse, o una persiana recogerse, insuflan un mínimo de optimismo y vitalidad al conjunto. Pero no nos engañemos, el primer viaje del enfermo al hospital es un anticipo del incendio, del infierno final, el regreso tapado por una sábana en la caja de una camioneta para evitar el contacto con gérmenes o alergias, transforma el enfermo en un cadáver anticipado. La película consigue, mediante esta presentación de la enfermedad y la afectación familiar, la crítica social. Un país que no se ocupa de las condiciones laborales, un país que no se ocupa de sus enfermos, un sistema que hace dejación de las obligaciones mínimas exigibles para cuidar a sus ciudadanos y que termina imponiendo a sus campesinos abandonar el campo por la ciudad. Por eso las razones por las que Alfonso abandonó a su familia pueden ser múltiples, pero no cabe reprochar a quien se ve obligado a permanecer y morir que decida abandonar ese rumbo. Un abrazo de reconciliación significa reconocer que cada uno ha hecho lo que debía, aunque se haya causado dolor, porque se ha optado por intentar reparar lo inevitable. Lo malo es cuando quien puede optar, y decidir, hace dejación de sus funciones y escoge no arreglar nada.