martes, 28 de junio de 2016

KOLLEKTIVET (The comune, La comuna, Thomas Vinterberg, 2016)





KOLLEKTIVET (The comune, La comuna, Thomas Vinterberg, 2016)

Bajo la aparente intención de mostrar una concepción de la vida en comunidad, compartiendo propiedad, gastos, pero sin caer en el tópico del amor libre, Vinterberg, el artista más completo de los cineastas Dogma para mi gusto, realiza una película sobre sentimientos, sobre amores, enamoramientos y desastres sentimentales en un pretendido espacio de progresía  liberada, que encierra mayor conservadurismo que el de la pose de los protagonistas, reflejando la verdad de lo que duele perder un amor, comprobar cómo ese sentimiento se agota sin posibilidades de recuperarlo, incluso cómo para buscar una última oportunidad se está dispuesto a aceptar hirientes soluciones que no hacen más que ahondar el peso del fracaso. Planteando una especie de renuncia a la propiedad privada exclusiva, ésta se refugia en el ejercicio de los sentimientos, donde compartir resulta complicado, si no imposible. Vinterberg demuestra que, por más racional que se pretenda ser, el amor duele, el amor daña, pero más duele perderlo, con el añadido de asistir en primera persona para ver cómo eres sustituida por alguien más joven, más atractiva, más segura, incluso hasta más inteligente, una rival contra la que no puedes competir.



Como si estuviéramos contemplando a alguna de las parejas de la excelsa «Celebración», digamos alguno de aquellos matrimonios hipócritas llenos de odio, envidias, secretos de alcoba, Vinterberg adelanta el tiempo, a finales de los 60 principios de los 70, la pareja formada por Ulrich Thomsen y Trine Dyrholm (Erik y Anna) regresa a casa del abuelo paterno con la disyuntiva de desprenderse de una herencia imposible de mantener, o pasar a vivir en la misma, una vivienda que resume a la perfección los orígenes burgueses y adinerados del hombre. Con el tiempo las cosas han cambiado, 22 años sin verse padre e hijo, una esposa reconocida socialmente por el simple hecho de presentar un telediario y que ve la mansión como una doble opción, por un lado tener una vivienda que representa su status social, aunque no económico, y por otro lado la casa como posibilidad de aportar a su vida matrimonial un nuevo aliciente, transformar la misma en un centro de amistad, ofrecer a varios de los amigos la posibilidad de vivir y compartir el espacio, cambiar la vida familiar en una especie de comuna con unas reglas asumidas por todos, un cambio para que Anna, en el fondo, tenga cerca a alguien que, en el pasado, le importó mucho.


Para esa generación que ya no es joven, que se sitúa en esa edad intermedia y de balance que oscila entre los 40 y los 50, con más miedo al futuro y añoranza del pasado que ganas de centrarse en el presente, el compartir vivencias, recibir apoyos múltiples, contar con ayuda emocional parece un sustitutivo de otras pérdidas, entre ellas la del amor que hace tiempo que se transformó en costumbre marchita. Ese matrimonio es escrutado, vigilado, analizado por una hija de 14 años (debutante prometedora Martha Sofie Wallstrøm Hansen, en el papel de Freja) que representa la página en blanco, el futuro por llegar, la mujer por terminar de hacer que va a ir descubriendo las mentiras, los miedos, los fracasos de sus progenitores, imprudencias e inseguridades que proporcionan, al mismo tiempo, el material suficiente para perder el miedo a vivir, para lanzarse a conseguir lo que se piensa idóneo, el riesgo al fracaso, si, pero también la enorme posibilidad de acertar. Mientras este grupo de adultos socializa sus inseguridades, la joven incrementa su necesidad de madurar, de evitar experiencias como las que observa en sus compañeros de casa y probar las propias dispuesta a equivocarse. Como última posibilidad de mantenerse a flote, este arquitecto que, íntimamente se siente fracasado, obligado a ir a su trabajo en transporte público mientras a su esposa la recoge diariamente un taxi que la lleva a los estudios, y que desahoga sus miedos ridiculizando a sus alumnos, el declive del tiempo lo combate con una nueva compañera, una de sus alumnas (Helene Reingaard Neumann).



Si el hombre tiene la edad de la mujer a la que besa, ¿qué edad tiene la mujer que se queda sin ese beso, sin ese abrazo, sin el calor del contacto físico? A raíz del reconocimiento franco de Erik a su esposa Anna de su relación con Emma, la poca estabilidad que mantenía a flote a la periodista se viene abajo. Sus miradas a los espejos devuelven una realidad poco atractiva, consciente de que su tiempo ante las cámaras se está agotando, siente el dolor de una pérdida lacerante acrecentada por la imposibilidad de competir con la joven compañera de su marido. En ese momento, la comuna se representa para la mujer como la única posibilidad de mantener cerca a un hombre que ya no la toca, que ya no la siente, que ya no la necesita, por mucho afecto que perdure entre ambos. Cuando Emma es aceptada en la casa para integrarse como compañera de Erik, Anna comete el error de acercar la fuente del dolor a su experiencia diaria. Convirtiéndose en un ser irracional incapacitado de dar un paso adelante y asumir la pérdida, se sumerge en la experiencia de incrementar conscientemente su sufrimiento, una experiencia que, paralelamente hace aflorar el sentimiento de propiedad de Erik y la necesidad de reivindicar su título frente a los demás.



La comuna, por lo tanto, se resiente cuando queda en evidencia que su origen no fue la razón primera de su existencia, sino que tan sólo fue una fórmula desesperada de intentar amarrar aquello que estaba saltando por los aires. Vivir en la comuna no significa vivir en compañía para este grupo que mantiene su personal intimidad intacta. Vinterberg hace de la casa un espacio que oprime por su volumen, por sus infinitas puertas que proporcionan visiones diagonales llenas de reflejos y también de espacios muertos que nunca se van a llenar, o adoptando una posición de la cámara muy baja cuando alguno de los personajes se derrumba. Ese derrumbe que suele producirse alrededor de una mesa y de una comida compartida, es el momento de la expiación, de contar los secretos, de exponerse sin posibilidad de éxito alguno porque nadie puede ayudar a cumplir lo que no dejan de ser sueños humillantes de una mujer que, lo que necesita, es el empujón definitivo para romper con una vida que está acortando la propia. El director sutilmente va mostrando la progresiva desaparición de esa familia mediante su alejamiento, siempre juntos al principio, y poco a poco separados por la interposición de algún otro miembro del grupo, la idea definitiva de la puesta en escena llega en esa última cena en la que antes de que aparezcan el resto de comensales para abstenerse de dar una opinión que no les atañe, padre, madre e hija ya están sentados dejando espacios libres entre ellos. Esos huecos de comunicación se llenan, ficticiamente, con la presencia de terceros, pero lo que se mantiene es esa progresiva separación, no emocional, pero si afectiva, que necesita una ruptura total para reinventarse.



Para unos será tiempo de decepciones, para otros de descubrimientos, otros habrán visto pasar el tiempo sin posibilidad de recuperarse, otros oirán aquello que nunca imaginarían y de la persona menos pensada, «tu destruiste este lugar, tienes que marcharte». El amor va desapareciendo del mundo al tiempo que se transmite de unas personas que lo pierden a otras que lo van descubriendo, unos mueren abrazados y otros morirán solos, algunos serán llorados y otros llorarán por sí mismos, pero a quien no podremos engañar es a nuestra propia mirada enfrentada con el tiempo, con las largas noches de cama sin compañía, con el dolor de los celos, es la constatación del fracaso personal. Una comunidad se rige por asambleas, pero cuando los sentimientos deben conseguir unanimidades, las comunas saltan por los aires porque la libertad era relativa, sobre todo si el punto de partida era un autoengaño.