miércoles, 15 de junio de 2016

EL FUTURO (Luis López Carrasco, 2013)



 
EL FUTURO (Luis López Carrasco, 2013)

Futuro nos sobra, aunque el futuro de 1982 es nuestro presente, y ese futuro se nos ha hurtado. Con ocasión de su estreno en Filmin, casi tres años después de que la película empezara a funcionar, hago este breve comentario sobre la película de López Carrasco, uno de los integrantes de “Los hijos”, y que aún mantiene esa necesaria dosis de iconoclastia y rebeldía formal para contar algo muy sencillo de manera complicada, y de manera poco complaciente para el espectador común. Es “El futuro” un experimento, un puñetazo visual de muy escaso, por no decir nulo, recorrido comercial. No puede ser de otra manera ni resultará importante para sus creadores, conscientes de que este tipo de cine está diseñado para circuitos muy minoritarios y que su rendimiento económico, ausente el poder político a la hora de fomentar la creación independiente, será nulo. La película comienza con un largo plano en negro sobre el que se inserta una voz, la voz del triunfo de aquel 1982, la voz de un presidente de gobierno abrumado por una victoria rotunda y aplastante y también por el encargo recibido, modernizar el país.


Sobre esa losa histórica del pasado se construye una noche, una larga madrugada de aquel Madrid que era una fiesta en el 82, aunque no sepamos si estamos en el mismo año o no, las conversaciones fragmentadas y, sobre todo, la música, nos remiten a esa época, al menos a los que la hemos vivido, como el tratamiento visual, con imágenes deliberadamente similares a las de un super 8 maltratado por el paso del tiempo. Visto desde el futuro de aquel 82, es evidente que han fallado muchas cosas, que aquel 1982 fue la última vez que la ilusión se adueñó de la ciudadanía de este país por la llegada de alguien al poder en la creencia de un cambio profundo. El cambio existió, pero con la pervivencia de todo aquello que nos ha hecho como somos durante siglos de oscurantismo, cesiones, dogmas, represión. Y al final, 30 años después, el control del país permanece en manos de los que ya no eran jóvenes en los 80 y procedían de las superestructuras de la dictadura, a quienes se han ido incorporando los herederos de las mismas, sea por sangre o por afinidad, perpetuando la desilusión, el hastío y la desconfianza hacia los representantes, agotando y consumiendo nuestro futuro hasta que éste se ha convertido en un nuevo pasado.



¿Hay realidad en esa larga fiesta que contemplamos durante una hora? ¿era libertad o simple diversión? En esas fiestas se idealizó, como tantas otras cosas, lo que se llamó la “movida madrileña”, el correlato “festivo” a otros hechos idealizados como “la transición” o “los pactos de la Moncloa”. En medio, desde esos 80 hasta la actualidad, el relato generacional queda en blanco, ¿qué ha existido en este país para dotar de una base común a los que aparecen y a las generaciones posteriores? ¿qué nos une, qué mantiene en común un relato identificable para millones de españoles si echan la mirada hacia atrás y piensan en sus perspectivas de futuro arruinadas durante décadas?  Ser modernos desde la incultura, la banalidad, fiestas donde la conversación no puede oírse por la música de fondo, pero donde a nadie le importa no entender o no oir, porque lo fundamental es estar y parecer que es divertido, o conversar desde la posición inamovible. Pocas diferencias entre esta fiesta de los 80 y una fiesta de los 90, o posteriores, música, alcohol, drogas y flirteo, nada nuevo ni nada diferente, ¿por qué entonces su mitificación? Por el puro capricho de proporcionar una excusa moral e intelectual a un periodo que no se lo merece, porque la importancia del tiempo la marca el transcurrir del mismo, ¿qué hemos hecho de importante para merecer ser reconocidos desde esos principios de los 80?



La ciclotimia histórica nos hace pasar de la euforia deportiva al encumbramiento de aquellos políticos que en su momento fueron denostados. Ante la falta de referentes morales en nuestra clase dirigente, hay que apropiarse de los del pasado para erigirse en sus herederos intelectuales cuando ellos ya no pueden contradecirnos. Usurpar la memoria para justificar el presente, teñirse de herederos de una época reivindicable que no lo fue tanto. Contemplando esa vacía fiesta juvenil, con sus conversaciones entrecortadas e ininteligibles, nuestra percepción del pasado se amplia de la misma manera que los protagonistas no pensaban en su futuro. Da lo mismo si la fiesta respondía a un país mejor o no, a un proyecto de convivencia armónico y envidiable, después de la fiesta lo que queda es la resaca, el frío del invierno, las calles desiertas, los pisos en venta, la gente empobrecida. Tras la fiesta, el futuro se volvió gris, silencioso, sin perspectivas. Si hubo un momento de posible mejora colectiva el poder supo maniobrar para que ese futuro fuera desapareciendo transformándose en el mantenimiento de las viejas estructuras. La película es difícil y árida, dura 60 minutos pero podía durar 30 o 90, resulta fácil imaginar que, proyectada de improviso en un cine, los espectadores no sepan qué es lo que ven, el inicio les ha dado la pista, sólo cabe que durante el resto del metraje se piense en lo que se prometió en 1982 y lo que se ha cumplido hasta ahora, entonces llegaremos a la respuesta de que el futuro no era esto.