jueves, 23 de junio de 2016

COSMOS (Andrzej Zulawski, 2015)



 
COSMOS (Andrzej Zulawski, 2015)
“Algo absurdo. Un pájaro ahorcado. Un gorrión ahorcado. Era algo que proclamaba a gritos su excentricidad y señalaba acusadoramente una mano humana que había penetrado en la maleza… ¿la mano de quién? ¿Quién había sido el ahorcador? ¿Y para qué? ¿Cuál podía ser la causa?” Cosmos, de Witold Gombrowicz.

Llevar al cine las obras de Gombrovicz y salir airoso no puede resultar fácil. Se necesita valor, y la unión de dinero francés, la producción de Paulo Branco y el mito de un director como Zulawski para intentar sobrevivir al intento. Convertir situaciones de absurdo surrealista, emociones interiores, contrasentidos conductuales, en imágenes asumibles para el espectador no deja de ser un reto soberano del que Zulawski sale bien parado en ocasiones pero en otras se advierte que pierde pie y el castillo está a punto de derrumbarse. Dotar de armonía un relato de difícil comprensión a través de las imágenes, se transforma, así, en un grave problema. Conseguir una unidad orgánica en el conjunto para que no parezca un deslavazado transvase de lo escrito a lo visual se antoja casi imposible. Que la representación del exceso sea natural y no impostada una entelequia, porque el leitmotiv de la película no admite términos medios, el absurdo está reñido con la naturalidad, lo fantasioso con la credibilidad, la enfermedad mental de este cosmos reducido a la esfera de media docena de personajes conviviendo en un hotel familiar casa muy mal con la credibilidad. Y seguro que el director no lo ha pretendido, porque el punto de partida procede de quien procede, y lo cotidiano no forma parte del sentido de la obra del escritor polaco. Por eso el aspecto formal y hasta coreográfico de muchos pasajes intenta aportar el necesario goce artístico a una creación de enorme complejidad, a veces ininteligible.


Los personajes, en esa reclusión voluntaria de un hotel, donde misteriosamente aparecen animales y objetos colgados por no se sabe muy bien quién, van introduciéndose en una locura colectiva provocada por el deseo de amar, de ser amados y por la imposibilidad de recuperar el amor perdido. Marcados por la rebeldía y la ausencia paterna, los protagonistas Witold y Fuchs huyen de su entorno habitual para refugiarse en una localidad costera, huyendo de un desamor y de un padre autoritario, Witold intenta preparar un examen de derecho angustiado por el referente paterno, un abogado de prestigio incapaz de asumir el fracaso de su hijo, mientras Fuchs huye de un mundo banal y pedante como el de la moda, abandona a dos modistos de prestigio y se toma el retiro como la oportunidad de unas vacaciones, en su bagaje el recuerdo de unos padres ausentes, el exceso de uno y la falta en el otro, han marcado su existencia y la llegada al hotel termina de desequilibrar a Witold, un ser lleno de miedos irracionales, el fundamental, el miedo a vivir, justo lo contrario que Fuchs, a quien le pesa no vivir todo lo suficiente. 

El furibundo arranque inicial de Witold resulta estremecedor y atractivo, pero esa locura arrebatada dura sólo ese inicio apabullante. La película va configurándose con momentos excelentes y otros en los que el poso narrativo y el visual no consiguen encajar. Los movimientos involuntarios entre personajes que se mueven espasmódica y simétricamente, las ausencias prolongadas de otros, inmovilizados tras un arranque de ira o contradicción, el deseo aparente frente a la realidad que lo impide, constituyen fogonazos de evidente resolución en la traslación de lo que es casi imposible; pero al armazón no termina de unírsele el convincente relleno que lo sustente, los arranques atrabiliarios, las idas y venidas, la transformación de personajes sin aparente lógica, colocan a este espectador ante una creación simulada, un avance de unas palabras escritas en las que las referencias contemporáneas  aún chirrían más que el comportamiento enajenado de seres abrumados por el amor.


“Nuestro error más grande es confundir belleza con bondad” dijo Tolstoi en voz del personaje de Witold, un Tolstoi desconocido para Fuchs porque “soy de París y esclavo del mundo de la moda”, y al que las referencias literarias de Witold le sobrepasan, como a éste las cinematográficas de Fuchs, entre Tolstoi, Sthendal y Pasolini, las referencias culturales no encuentran con quien ser compartidas, se lanzan y rebotan sobre un auditorio profano para el que sólo cabe responder con otra referencia igualmente desconocida procedente de otra arte, salvo que lleguemos a lo mundano de un “Star Wars” o “Tintín”, donde todo el auditorio es capaz de participar. La huida al campo y al mar se transforma en una especie de relato policíaco en busca del significado de esos animales que aparecen muertos, y en busca de quien lo hace. El espectador cuenta con más información que los ocupantes de ese hotel, pero se encuentra igual de desorientado que los protagonistas, este Sherlock y Watson de raíz psicoanalítica buscan pistas y señales, intentando averiguar el sentido y las proporciones de las flechas sin advertir la evidencia de la significación sexual de unas manchas de humedad. Sexo como movimiento y germen de la locura hasta el desenlace final, aunque en ese desenlace se encierra uno de los mejores momentos de la película, porque el desenlace se desdobla y asistimos a dos finales simultáneos y mezclados, con un colofón extraordinario sobre los títulos de crédito. Ese desdoblamiento que perfila toda la película, el rostro perfecto de Lena y el rostro desfigurado de Catherette, el desequilibrio de Witold y la calma y compostura de Fuchs, la aparente locura del padre con la aparente sensatez de la madre que, en cualquier momento, puede variar y mutarse en ambos.


“Tengo miedo del bosque” pero me sumerjo en el bosque, “me asusta el agua” pero me introduzco en el mar, “me asusta la noche” pero paseo mientras la luna me ilumina, miedos irracionales de quien teme vivir y sentir pero, al tiempo, lo desea. Witold no rehúye el miedo porque quiere construir su historia a base de creación, en un amor inventado necesita la recreación de lo que quiere que suceda para olvidar a esa amante que le ha despreciado, reemplazándola por la perfección del rostro de Lena, imaginando lo que se quiere para transformarlo en realidad, de ahí el doble final, de ahí la profunda disociación entre persona y personaje. León, el marido de Lena, a los acordes de “Noche transfigurada” de Schonberg, asiste a la amenaza de pérdida de su mujer atraída por la creación artística de Witold, como si la palabra escrita y declamada tuviera el poder de cambiar comportamientos y afectos, y en su renuncia avanzada podrá decir que “ he conocido el milagro entre la gracia y la maldición, he amado”, expresando el hecho incontestable de que su amor, frente al de Witold, ha sido completo, porque él también fue amado, mientras a Witold la locura le bloquea porque precisamente es esa duda sobre el comportamiento de Lena la que le consume.


Si Gombrowicz asume que pensar tiene un futuro inmenso, Witold asume que su pensamiento es imperfecto porque, como las novelas que leía su madre, no sabía cómo terminarlas. Zulawsky opta por el final abierto, tanto redentor como desolador, la novela no la puede acabar porque desconoce qué va a ocurrir después, a la muerte le puede venir la resurrección o demostrarnos que el cine no es más que una mentira en la que no se sufre realmente. El cineasta ha de proclamar, en boca de su actor más anciano, “no hay nada más que ver”, broche y cierre para la última película, irregular, compleja, anarcoide, imperfecta y a veces, sublime, del director polaco. Punto y final a una carrera como consecuencia de su muerte, una realidad muy presente en su cine, y sobre todo en este ejercicio de locura múltiple que deriva de “Cosmos”.

FRANCIA / PORTUGAL, 2015. Dirección: Andrzej Zulawski. Producción: Paulo Branco. Guión: Andrzej Zulawski. Fotografía: André Szankowski. Intérpretes: Sabine Azéma, Jean-François Balmer, Jonathan Genet, Johan Libéreau, Victória Guerra, Clémentine Pons. Música: Andrzej Korzynski. Productoras: Alfama Films Production y  Leopardo Filmes. Duración:105 minutos.