sábado, 4 de junio de 2016

COMOARA (The treasure, El tesoro, Corneliu Poromboiu, 2015)

COMOARA (The treasure, El tesoro, Corneliu Poromboiu, 2015)
Robin Hood robaba a los ricos para repartirlo entre los pobres. El personaje se incrusta en la mente de un niño que no cree en la realidad de los cuentos pero es capaz de ilusionarse con la aparición de un tesoro. Comohace tiempo que dejó de creer en cuentos este padre que soporta la reprimenda del chaval en el primer plano de la película. Mantiene Poromboiu el mismo estilo formal de sus obras precedentes, la estrenada en España, «12:08 al este de Bucarest» y la más cruda «Politist, adjetivist», y siendo la primera la crónica de la caída del régimen de Ceaucescu desde un punto de vista irónico y mordaz pero no exento del dramatismo de lo que la revolución popular supuso para derrocar al tirano, y la segunda un muestreo obsesivo de cómo las viejas estructuras de la dictadura resultaban incapaces de ajustarse a un estado democrático en las actuaciones de la nueva policía, una película exenta de humor y cercana al autismo emocional, en «Comoara», se puede dudar inicialmente si nos encontramos ante una comedia o ante la inminencia de una tragedia, en un discurrir al filo en el que la imagen y los personajes nos hacen dudar sobre si no ocurrirá una desgracia teñida de una aparente comicidad sobrevenida de las situaciones, porque en el choque continuo con el sistema legal que regula hasta el extremo cualquier actividad, es el mismo exceso de legalidad y reglamentación la que permite a Costi conseguir un tesoro real.

Si no perdemos de vista el punto de partida, ese recurso al personaje de Hood, mantendremos la calma para dejarnos envolver en la comedia costumbrista plena de crítica política, pero si nos sumergimos en la aparente amenaza de la violencia que puede llegar en cualquier momento, el giro cómico del final sin duda alguna, por contra, podría provocar la desubicación del espectador. En la búsqueda de este tesoro asistimos a las consecuencias de dos sistemas económicos y políticos que no han hecho sino minar la fe del ciudadanos en sus instituciones y en la propia gente. La llegada del régimen comunista como paradigma del fín de la posibilidad de enriquecerse y la llegada del capitalismo como ejemplo de cómo en el nuevo régimen ni tan siquiera lo básico como vivienda y comida están garantizados. Para el personaje de Costi, el funcionario que vive al día en un pequeño apartamento con su mujer e hijo (ambos también lo son en la vida real), la petición que le hace su vecino Adrian de un préstamo para paralizar un inminente desahucio hipotecario sirve para explicar cómo en un país recién llegado al capitalismo, la voracidad bancaria con los tipos de interés se acerca a lo que pasó en España hace alrededor de 30 años, unos intereses de un 15% que asfixian a cualquiera. Esos 800 € de préstamo ocultan otra realidad, realmente no son para pagar la hipoteca sino para alquilar un equipo de detector de metales que sirva para buscar un antiguo tesoro familiar. La película, de corta duración, se va a ir construyendo sobre largos planos, como la conversación de los vecinos, o largas situaciones, como la búsqueda efectiva del tesoro, planos en los que la repetición juega como elemento de comicidad.


La codicia llega a Costi, y posteriormente a su esposa, por una relativamente pequeña cantidad, las posibilidades de enriquecerse son muy elevadas. Poromboiu aprovecha para reflejar el grado de corrupción personal de la ciudadanía, no de las instituciones, a la hora de alquilar el equipo. En el fondo el director señala el camino correcto al germen de la corrupción, la propia naturaleza humana sin necesidad de grandes botines. El equivalente rumano al «con iva o sin iva» español es el propio trabajador de la empresa que se ofrece a hacerlo en negro por la mitad de la cantidad que el empresario, dentro de la absoluta legalidad, ha presupuestado. Triunfa la corrupción de los actos pequeños, la de quien oculta, actúa clandestinamente, intenta no llamar la atención por si aparece el tesoro para no tener que avisar a la policía, quien, por ley, recogería esos bienes históricos y sólo compensaría al propietario con 1/3 del total de lo recuperado, y ello porque Adrian está convencido de que si aparece el tesoro éste contendrá objetos, oro, joyas, procedentes de la revolución liberal en la Valaquia de 1848. En el largo segmento central, en el que se repasa la historia de Rumanía y los efectos del comunismo, la recuperación de la propiedad privada mediante la devolución de inmuebles abandonados, es cuando esa sensación de desencadenante trágico está más presente. Cuanto más tiempo pasa de ese largo sábado, localizando y cavando, mayor es la frustración de quien ve perdido el capital invertido y mayor la suspicacia del propietario de la finca creyendo que quien está usando el aparato, en realidad, no tiene ni idea de lo que está haciendo.


Y aunque ha habido momentos de comedia de altos vuelos previamente (la escena en el despacho del jefe de Costi), es en esa media hora final, desde que la policía aparece por sorpresa, avisada por vecinos poco solidarios y envidiosos, hasta que el cofre se rellena para enseñar al hijo lo que es un verdadero tesoro de cuento, cuando Poromboiu desata una vis cómica desconocida sin necesidad de chistes expresos y mediante el uso de la imagen. La escena de la comisaría, digna de Roy Andersson, la escena en el despacho bancario dispuesto a comprar lo que aparece finalmente en el cofre y la escena de la joyería, en la que de la sospecha inicial sobre el aspecto de ese comprador desaforado se pasa al servilismo y peloteo propio de quien va a dejar una enorme cantidad de dinero en la tienda, funcionan como mecanismos de relojería sin carcajada, pero llenos de ironía. Al final la fábula realza el valor del cuento, sin necesidad de robar, y recibiendo de Alemania, guiño irónico, una parte de todo lo que ella está enriqueciéndose a costa de los países más pobres del Unión Europea, y manteniendo la duda de qué hacen esos tesoros en esa finca y cuál es la explicación ante la desubicación temporal de su localización y su procedencia. Poromboui no transmite empatía hacia sus personajes, nos los coloca y hasta nos los hace incómodos, ayudado por una iluminación en permanentes tonos apagados, espacios cerrados de dimensiones reducidas donde la televisión parece el único escape adormecedor de una vida rutinaria. Encontrado ese hipotético tesoro, Costi no cambia de actitud, ni de vestimenta, ni de forma de mirar la vida, pero eso sí, su última acción trata de mantener ilusión en lo fantástico en la mente de quien aún es demasiado joven para perder la esperanza en cuentos, en su hijo. Con la acción final Costi demuestra que realmente sus apuros económicos eran menores, teniendo garantizado lo básico, lo superfluo puede convertirse en carga y en fuente de conflicto. ¿Cuál será la vida futura de Adrian y Costi? Daría lugar a otra película pero sospechamos que una inesperada riqueza terminará de desquiciar a Adrian y mantendrá con los pies en el suelo a Costi, la acción en la joyería y en el parque infantil nos inducen a pensar que este funcionario mantiene las ideas claras sobre lo importante y lo superfluo, sobre la integridad y la posibilidad de un golpe de fortuna que aligere el futuro pero no obsesione con lo imposible. Al final el fantasma de Robin Hood robó a los ricos para devolver una parte a los pobres.


Rumanía, 2015. Comoara. Director: Corneliu Porumboiu. Guión: Corneliu Porumboiu. Productora: 42 Km Film, Les Films du Worso, Rouge International. Presentación oficial: Festival de Cannes 2015 (Un Certain Regard). Premios: Prix Un Certain Talent (Cannes 2015). Productores: Marcela Ursu; coproductores: Rémi Burah, Julie Gayet, Sylvie Pialat, Olivier Père, Nadia Turnicev. Fotografía: Tudor Mircea. Montaje: Roxana Szel. Vestuario: Monica Florescu. Diseño de producción: Arantxa Etcheverria. Dirección artística: Mihaela Poenaru. Reparto: Toma Cuzin, Adrian Purcarescu, Corneliu Cozmei, Radu Banzaru, Florin Kevorkian, Iulia Ciochina, Dan Chiriac, Cristina Toma, Laurentiu Lazar, Ana Maria Stegaru, Clemence Valleteau, Ciprian Mistreanu. Duración: 89 minutos.