miércoles, 18 de mayo de 2016

TRIPLE 9 (John Hillcoat, 2016)





TRIPLE 9 (John Hillcoat, 2016)
 



El cine de Hillcoat va creando una filmografía a tener muy en cuenta. Siempre girando alrededor de la maldad humana, recreó, aun con un toque final en demasía optimista e innecesario respecto al original, la brutal novela de McCarthy con «La carretera», consiguiendo el necesario efecto desasogante tras el apocalipsis de exterminio y canibalismo que ideó el novelista, y en su anterior largo reflejó con excelencia la vida destinada a la separación y a la huida, de una joven pareja asediada por las deudas, el amor y el crimen en «Sin ley». Con «Triple 9« no rehuye de sus retratos criminales, pero en este caso apenas es capaz de conceder un mínimo respiro, no hay margen para la esperanza ni posibilidad de redención. El golpe inicial a un banco puede situarnos en el preámbulo de un cine negro con banda organizada, sin embargo pronto sabremos que, tras esos encapuchados, no se esconden simples ladrones especializados, sino productos de la sociedad de mercado, auténticos personajes entrenados para nuestra seguridad que, abandonados a su suerte, o ávidos de tocar un poco de la riqueza que tienen que preservar, no dudan en intentar conseguir una parte del botín.



Cuando Marcus (Anthony Mackie) se mira al espejo, su reflejo es más negro que el ambiente sórdido que envuelve a toda la película, el espejo no puede devolverle el reflejo de lo que realmente es porque su cartera está colocada de forma que el cristal no proyecte su contenido. El espejo devuelve el alma negra y criminal de un policía corrupto, pero no el reflejo de su placa, sino la misma placa. No hay posibilidad de cambiar la realidad de lo que esa placa significa, Marcus puede simular ser un policía expeditivo con contactos más o menos comprometedores, lo que no puede conseguir es engañarse a si mismo construyendo una idea diferente de lo que esa placa significa, la placa le recuerda lo que está destrozando, cuál era su verdadera identidad cuando la recibió. Ley y orden dejan de estar al servicio del bien, sea esto lo que sea que signifique, y abiertamente quedan a merced de aquellos contra quienes tienen que luchar y perseguir. Hillcoat, con la ayuda del director de fotografía Nikolas Karasatsanis, envuelven en tinieblas, luces opacas, interiores asfixiantes, a todos los protagonistas de esta historia. Como vampiros alérgicos a la luz, cualquier contacto con la legalidad de este grupo de cuatro criminales maquillados como servidores del orden, ha de ser rehusado. Cuanto menos estén en contacto con los miembros sanos de la central de Atlanta, menos posibilidades de ser detectados existen. Pero así y todo, venderse a un postor sin escrúpulos tiene, como consecuencia, que cualquier concesión se entenderá debilidad, cualquier favor como el preámbulo del siguiente, cualquier delito cometido para el traficante en una amenaza constante de chantaje, y en definitiva, poco vale la vida del honrado y mucho menos la del que ha demostrado venderse por un precio.



Si algo puede achacarse a la historia es que rehuye explicar las razones por las que estos cuatro policías y exmercenarios de Black Water (ya saben, esos contratistas tan rentables de la era Rumsfeld, y de la Nixon, Bush, Kisinger..........) terminan enredados en la tela de araña de una mafia rusa judía, dirigida con ese helador carácter de matrioska temible por una actriz de muchos quilates película tras película, Kate Winslet, quien dota a su personaje, con un marcado acento de Europa del Este (algo que sólo podrán apreciar si se animan a ver la película en versión original y si exigen este tipo de visionado en sus cines), de la sinceridad vicarial de una auténtica mater familias dispuesta a todo por sacar de presidio a su marido. Esas razones por las que los personajes de Chiwetel Ejiofor, Anthony Mackie, Aaron Paul, Clifton Collins y Norman Reedus terminan al servicio y bajo amenaza de los poderes oscuros no se intentan explicar, y el director juega con la connivencia del espectador para aceptar el juego desde el principio, con un cuarto de hora fulgurante que nos da respuestas de acción a las preguntas del porqué de su comportamiento. En esa encrucijada el conjunto puede resentirse, o los personajes de la corrupción poco dibujados, pero si se da por hecho que nos encontramos ante la película de la ambición desmedida, del ansia de riqueza, de salir de una vida ajustada aun faltando a los más mínimos deberes que prometiste cumplir, ese vacío de respuestas queda superado por el conflicto entre quienes han de seguir haciendo el mal para poder sobrevivir y recibir la recompensa que ansiaban y aquellos otros, pocos y en peligro igualmente, que deciden arriesgarse para resolver el enigma de los golpes perfectos e imposibles de parar. Esa rueda en la que todos giran y no pueden detenerse para no perder pie y terminar muriendo, mantiene al espectador en permanente tensión a la hora de identificar dónde queda un mínimo de moralidad en un cuerpo de policía éticamente devastado en una ciudad peligrosa y llena de armas, donde es mejor dejarse insultar por un lugarteniente de tres al cuarto de una banda latina que intentar imponer un mínimo de orden, donde siempre se pueden «quemar» pruebas para justificar una ejecución a sangre fría de alguien que no dudaría en acabar contigo, pero con la diferencia de que tu pistola es reglamentaria y tu placa te obliga a ser proporcional en tu comportamiento.



En medio de esta jauría dos personajes intentan actuar con cordura y profesionalidad, los interpretados por Woody Harrelson y Casey Afleck (el Afleck de verdad, el que ha decidido aprender de su cuñado Joaquin Phoenix en vez de dedicarse a blanduras interpretativas y películas para el gusto mayoritario como su hermano Ben), tío y sobrino, policías de los de genética impresa para quien el oficio exige riesgo, compromiso y nunca, nunca, saltarse la ley. ¿Nunca? Ese será también uno de los retos del espectador, averiguar donde lo honrado no es más que camuflaje, aventurar y comprender hasta donde el comportamiento humano es vulnerable y permeable a la corrupción, hasta dónde quien te protege lo hace más por vínculos de sangre que por lealtades profesionales, entroncando así con los relatos criminales de otro director norteamericano como es James Gray y sus dramas griegos en medio de mafias y policías contemporáneos, cómo alrededor de quien se cree protegido por una maraña criminal poderosa se teje otro hilo más que te controla sin que tu lo sepas. Por eso el final apocalíptico funciona como fin de las tinieblas y augurio de un nuevo amanecer, extirpado un tumor hay un momento de respiro hasta que el siguiente da la cara y empieza a corromper el sistema, eso si somos capaces de ir extirpando tumores antes de que el sistema no haya entrado en putrefacción irreversible. Tomemos nota de que cuando la corrupción baje a los niveles medios e inferiores de la administración nada podrá salvarnos. Triple 9 habla de corrupción policial, pero no olvidemos que ese juego sucio, ese comportamiento criminal, esa infección generalizada, se comporta igual a la hora de comprar policías que políticos, empresarios o deportistas, jueces o fiscales. En definitiva es el hombre como especie la susceptible de matarse por dinero, de hundir al prójimo por placer, de disfrutar del poder, aunque éste se adquiera de manera legal para torcerlo a su antojo. Película estimable y recomendable para los amantes del cine de género.


Ficha técnica. Estados Unidos. 2016. Título original: Triple 9. Director: John Hillcoat. Guion: Matt Cook. Productores: Marc Butan, Bard Dorros, Anthony Katagas, Keith Redmon, Christopher Woodrow. Productoras: Worldview Entertainment / Anonymous Content. Fotografía: Nicolas Karakatsanis. Música: Atticus Roos. Montaje: Dylan Tichenor. Reparto: Casey Affleck, Chiwetel Ejiofor, Anthony Mackie, Woody Harrelson, Kate Winslett, Aaron Paul, Clifton Collins Jr., Norman Reedus, Gal Gadot, Michael Kenneth Williams, Teresa Palmer, Michelle Ang.