domingo, 15 de mayo de 2016

SPARROWS (Prestir, Rúnar Rúnarsson, 2015)

SPARROWS (Prestir, Rúnar Rúnarsson, 2015)
El plano inicial comienza en las alturas, en la bóveda de arcos góticos de una iglesia moderna donde los nervios se entrecruzan y dan a entender que la vida no es más que una suerte de encrucijadas a sortear con mejor o peor fortuna. Mientras la cámara desciende, las voces, hasta podría decirse angélicales, de los miembros de un coro crean un clima que no nos va  abandonar a lo largo de la película, el clima de fragilidad y esperanza de su protagonista, Ari, en un futuro deseable. La cámara se para en la cabeza del joven para posteriormente abrir el plano, Ari canta, pero su voz sola no es suficiente para dar grandeza al momento, se precisa al conjunto. Ari intuye que, en la vida, actuar en solitario no permitirá llevar a cabo ningún proyecto, a sus dieciseis años queda todo por delante, incluso queda la enorme capacidad de llegar a la frustración y al desencanto antes de tiempo, pero también queda la esperanza en ser ayudado, en no ser abandonado por quienes han asumido obliugaciones no pedidas. En «Sparrows», vencedora del pasado festival de San Sebastián, se corre el riesgo de pedir más de lo que ofrece. 2015 fue el año del cine islandés, de las tres producciones exhibidas es probable que la más compacta y ambiciosa sea la que menos trayectoria crítica haya tenido, «Fusi», y la que más relumbrón obtuvo la que menos recorrido merece en comparación entre las tres, ya se sabe que no se puede competir con el marketing procedente de Cannes, como fue el caso de «Hrutar».

Si tendemos a juzgar «Sparrows» como una de las mejores películas de 2015 nos equivocaremos, el hecho de haber ganado uno de los cuatro grandes festivales mundiales no significa que estemos ante una de las cuatro mejores películas del pasado año. Probablemente ni entrara en una lista de las 50, o al menos no en la mía. Eso significa lo erróneo de valorar el arte por los premios que recibe, y la costumbre que tenemos de hacer caso a las secciones oficiales de festivales como reclamo de calidad. Y pese a ello, calidad tiene «Sparrows», pero el hecho de ganar un festival de la pretendida talla de San Sebastián produce la inmediata reflexión de pensar en cómo tuvo que ser la calidad media de sus competidoras, situación que no es nueva en éste y en otros muchos festivales, porque la calidad la da más la forma que al fondo de un relato iniciático muy conocido, y donde ciertas situaciones absurdas o esperpénticas se salvan por el tono comedido y bien conjuntado de lo que se quiere contar.
Hay gente muy sabia que reivindica cualquier obra de arte porque en su interior, por muy mezquino que sea el resultado final, siempre puede haber, o habrá, en el caso de la película, una interpretación, una escena, un fotograma, que sea sublime, que embriague los sentidos y te haga olvidar del conjunto, para centrarte en ese momento especial. «Sparrows» cuenta con varios de esos momentos, y ya por ello merece la pena recomendar su visión, bien es cierto que durante su desarrollo mucho de lo que vamos a ver y a oir nos suena a mil veces visto, a mil y una películas, pero un joven cantante de coro, obligado a trabajar durante las vacaciones de verano en una piscifactoría, que, buscando alguna respuesta a lo que le está sucediendo, canta un hinmo religioso en el interior de un depósito abandonado, iluminado por el círculo de luz que procede de la altura y que semeja un sol en un cielo negro, proporciona uno de esos momentos de belleza del arte necesarios para seguir adelante entre la miseria que nos rodea, un momento que hasta para un viejo pescador jubilado que oye la melodía desde la lejanía, implica el reconocimiento de un don emocionante en el joven. O como ese otro momento de intimidad con la vieja amiga del colegio, a quien no habías vuelto a ver en seis años, y que, al enterarse de la muerte de la abuela aparece para abrazarte, transformando ese abrazo, más que en un consuelo del momento, en una esperanza de futuro,  otro instante de lirismo y ternura dentro del caos presente y futuro del joven Ari.
Adolescente desplazado, obligado a abandonar su ciudad y su casa porque su madre, divorciada y con nueva pareja, opta por irse a trabajar a África con ella durante una temporada, dejando el cuidado y educación del menor al padre, una persona que en seis años no se ha preocupado de su hijo, que no lo ha visitado, que se ha encerrado en el alcohol y las borracheras para justificar su autocompasión de ser derrotado mientras perdía casa, barco y familia. Esta minisinopsis augura una historia ya conocida, ese relato nórdico tan atraído por las relaciones familiares desestructuradas, por padres e hijos enfrentados por la incomunicación, en los que se advierte un deseo de recuperar un tiempo que no va a volver y la incomodidad latente de no saber cómo comportarse con quien no deja de ser un extraño. Un ambiente hostil del que hace mucho tiempo que te fuiste y que no te está esperando para acogerte, sino al que tienes que asimilarte cuanto antes para no correr los mismos riesgos que tu padre, aunque para ello tengas que emborracharte con alcohol puro o tomar drogas que ni hubieras soñado en la comodidad de tu vida urbana en Reijkiavik. La vida de Ari da un giro de 180 grados sin estar preparado, asumiendo como inevitable el cambio forzado pero creciendo en su interior la rabia y la decepción de ser tratado como una carga por una madre y como alguien inexistente por un padre ausente, que se fía del buen criterio de una abuela más inteligente que el resto de adultos que rodean al joven.

La vuelta de Ari al campo, al lugar de su infancia, no supone la recuperación de un espacio de libertad, de reencuentros con viejas amistades separadas por la distancia, volver donde estuviste antes no significa recuperar de golpe lo que dejaste por medio. Como el vuelo de ese pequeño avión que traslada al adolescente a la otra punta de la isla, un vuelo envuelto en una música tranquila, que transforma a la máquina en una especie de pequeño pájaro enfrentado a la inmensidad de las moles volcánicas que rodean el entorno de la pequeña comunidad, el ritmo de la vida de Ari a partir de ese momento va a fluctuar entre los intentos de conectar con ese padre que parece no enterarse de que ha asumido una responsabilidad de la que ocuparse, o decidir romper con todo y olvidarse de una familia que, de manera inconsciente, le ha dado la espalda. El tono trágico y amargo del relato viene acompañado de un ritmo reposado y nada grandilocuente que evita los excesos y los pule, así el personaje central nunca parecerá un personaje inventado o de ficción dramática, sino un personaje desubicado, desnortado, a mitad de camino entre joven airado y desesperado romántico, para quien sentarse a contemplar el paisaje de un mundo semidespoblado es una forma de asumir su propia nimiedad. Más cercano a la naturaleza que los acostumbrados a vivir en ella, la ruptura definitiva para aproximarse a un padre de costumbres y tradiciones muy diferentes, se produce ante la imposibilidad de disparar contra un animal por el hecho de serlo. La escena de Ari acariciando una cría de foca define a la perfección la naturaleza del personaje que construimos con la historia, un personaje que, como esa cría, necesita de alguien que le abrace, le acaricie, le de calor y protección, aunque después, cada uno siga su camino individual.

Vivir en un mundo donde las noches veraniegas se llenan de luz, y en las invernales los días se llenan de oscuridad, tiene que afectar al ánimo, tiene que provocar una melancolía cercana a la locura, un extrañamiento de sensaciones donde la cabeza no sabe si tiene que dormir o despertar. Por eso en esta película muchas de las cosas pasan cuando los personajes se acuestan, o se duermen sin terminar de abandonar un estado de vigilia que, medio despiertos, les aporta un momento de irrealidad a todo lo que ven. Ari abandona toda posibilidad de creer en la felicidad justo en el momento en que su historia personal permite aventurar que, por lo menos, ha encontrado quien le escuche. En un mundo donde la droga sustituye a las verdaderas palabras, donde no hay valor para decir de frente lo que se quiere y se intenta aprovechar una ocasión furtiva como desencadenante, la visión que te puede devolver la realidad puede provocarte lágrimas de dolor en un momento en el que tu cuerpo no te permite moverte. Esa impotencia de descubrir cómo lo que deseabas lo disfrutan otros sirve para acercar al padre y al hijo, porque Ari lamentará siempre haber tomado aquella droga, o no haber tomado la suficiente como para haber despertado mucho más tarde. En la cercanía de dos rostros que se quieren siempre va a existir, a partir de ese momento, un abismo inicial insuperable, un recuerdo de dolor e impotencia que ningún abrazo permitirá recomponer, porque, además, ese dolor irá lastrado por la propia culpa que lo ha provocado. Si al cabo de los años Ari termina dormitando encima de una mesa, rodeado de botellas de cerveza vacías, sólo y hundido, no podría extrañarnos esa situación, el modelo es el ejemplo de una sociedad que lo proyecta en sus individuos, y este adolescente en formación ha descubierto en menos de un mes lo poco que puede esperar del modelo, aunque éste sea la propia familia, o por eso.