martes, 3 de mayo de 2016

NO HOME MOVIE (Chantal Ackerman, 2015)

NO HOME MOVIE (Chantal Ackerman, 2015)

El largo plano inicial, cercano a los 8 minutos, estático, árido, desangelado, ese árbol casi despoblado de hojas, azotado por un viento que aporta aún mayor zozobra a la imagen, con la tierra desértica del fondo, es imposible deslindarlo de hechos extracinematográficos ocurridos posteriormente. La mayor dificultad para hablar de esta película se encuentra en lo que sabemos que pasó poco después de terminarse, más que en lo críptico o no de su propuesta. ¿Cómo hablar de una película que se encamina hacia la muerte cuando la propia directora decidió quitarse la suya poco después? Todo aquello de lo que se hable vendrá dificultado por un conocimiento externo. Ese árbol batido por el viento ofrece una imagen de soledad, pero también de resistencia. ¿Es la propia resistencia de una directora dispuesta a no dejarse rendir, o son los últimos ejemplos de una vida a punto de expirar? La resistencia de la directora es la de un árbol que pierde poco a poco su sujección, sus raíces, en definitiva, una persona que ve cómo su madre va deteriorándose, física y mentalmente, poco a poco, y de manera evidente a lo largo de la película. Entre viaje y viaje de la realizadora, asistimos a ese deterioro. Con un solvente y delicado paso atrás, la directora apenas participa activamente de la propuesta, pero sabemos que está ahí, junto a nosotros y tras la cámara, una cámara de múltiples formatos y que, también, es cómplice de la deformación visual. Todo aparenta lo que es, pero también puede ser otra cosa.

«No home movie» puede ser una película casera o una película sin casa, puede ser el retrato tardío de una madre en sus últimos años, o el grito desesperado de alguien que ve llegar el fín de sí misma, y con ello, de la última raíz que le proporciona un lugar seguro y un referente al que volver. Las idas y venidas de Ackerman al domicilio de su madre, en Bélgica, no terminan de ser una vuelta a casa, sino una etapa de paso. Los viajes te extrañan de tu ambiente, siempre habrá algo cotidiano, algo reconocible, un poso de tranquilidad y de confianza. Los recuerdos se agolparán una y otra vez en una cascada de emociones surcada por el tiempo, pero definitivamente no es tu casa, no son tus espacios, no es tu intimidad, sino una intimidad parcial compartida con otra, u otras personas, es la casa de tu madre, pero no es tu propio refugio. Retornando al hogar materno no se termina de crecer ni de independizarse, no es el vínculo inacabable de la familia la que une, sino la sensación de volver una y otra vez a un refugio ajeno que no se nos va a cerrar nunca. El simultanear los escenarios, ese espacio cerrado cada vez menos abandonado por la madre anciana, con los paisajes de los paises por los que viaja la directora, en su mayoría el tercer mundo, paisajes desérticos y llenos de polvo y tierra, ofrecen al espectador la dura realidad de una vida en soledad. Reflejando la vida de su madre, la directora parece ofrecer el contrapunto de lo que es la suya cuando no comparte tiempo y lugar con aquélla en Bélgica.

Esa videocámara que retrata lugares y espacios cerrados, pasillos, habitaciones, dependencias donde hacemos la vida diaria, no deja de hacer una pregunta implícita y, al tiempo, dolorosa, ¿cuándo nos pasará a nosotros lo que las imágenes muestran? ¿cuándo sentiremos el zarpazo de la muerte que se acerca y que hace que un sillón adquiera un nuevo significado ocupado o vacío?, ¿que sensaciones nos ofrecerá esa tumbona abandonada en un patio interior de un edificio antes y despues de que nos quedemos definitivamente solos? ¿qué nos removerá por dentro cuando veamos las imágenes de los seres que se fueron, con, o sin tiempo, para despedirse?. Ackerman rueda la historia de su madre con la sencillez de quien habla con quien no va a ocultarse, y al tiempo va desgranando episodios que afectan al origen de la familia, a su propia intimidad expuesta ante el público. Una familia judía de origen alemán, un pasado europeo lleno de odio y muerte que, expuesto ahora, no nos puede resultar extraño ni tan lejano. El éxodo al que se acogió la familia Ackerman les permitió abandonar, a tiempo, la Alemania nazi, refugiándose en un país que consideraban seguro, Bélgica. ¿Hasta donde puede alcanzar nuestra imaginación para representarse el mal ajeno? Quienes se quedaron en Alemania no sobrevivieron, quienes se fueron, muchos de ellos, tampoco consiguieron la paz y la tranquilidad que buscaban. Esos recuerdos anteriores a la propia Chantal, desgranados por una madre que, perdida la timidez inicial, acepta y asume la presencia constante de una cámara entre madre e hija, contando hechos reales o imaginarios, precisos o aumentados, los del amante de la madre, el padre que les abandonó y no marchó a Bélgica porque no se fiaba de los belgas y que se negó a portar la infamante estrella amarilla......... recuerdos de un tiempo horrible que se cierra con un lacónico «somos los únicos que quedamos».

Usar las nuevas tecnologías no deja de ser un sinónimo de los tiempos, usarlas con sentido demuestra inteligencia. Esta especie de diarios fragmentarios filmados, perderían continuidad si, durante los viajes de la directora, o entre cada viaje a Bélgica, madre e hija no se comunicaran. Las videoconferencias a través de Skype, el doble juego de las cámaras de ordenador, móvil, tabletas, ver a la madre y verse a la directora mediante el uso del reflejo de la pantalla que las une, pero las separa, implica un reconocimiento de que las nuevas tecnologías pueden acercarnos. Besar a una pantalla no puede ser nunca lo mismo que besar a una persona, acariciar un rostro, fijarse en una mirada, son sucedáneos, pero son copias de un original que, si no, estaría impedido durante largos periodos. Ackerman lo sabe, y para que el espectador no sienta la extrañeza de muchos meses o semanas entre una escena y otra, necesita irnos proporcionando información, que asistamos al inevitable deterioro como la propia hija lo siente en si misma. Esos viajes que compartimos y sentimos como obligaciones pesarosas, un nuevo desierto con un oasis al fondo, como aquellas pocas hojas verdes del árbol azotado al principio y por el que sentimos un afán de resistencia, un mar poco atrayente, rodado más como amenaza que como un ofrecimiento de descanso y placer, nos ayudan a formar la idea de una personalidad azotada por la desesperanza, por el ruin efecto del paso del tiempo. Son viajes que, si no se han hecho en soledad, se muestran solitarios, en los que no se comparten experiencias y la única conexión con el mundo son las conversaciones con la madre distanciada.

En la conclusión parecería surgir la metamorfosis del agotamiento. La ausencia de la madre la sentimos, y sabemos valorarla, pero el arrastrar de pies de la directora nos hace surgir la duda, la fatiga vital de la madre parece haberse transmitido a la hija. Esa ventana que se cierra, esa persiana que se deja caer, esas habitaciones vacías de vida, esa madre que cuando llega la hija ya no se mueve ni habla, desnudan en toda su plenitud una intimidad que Ackerman ha querido compartirnos, una intimidad dolorosa y que conduce a una soledad absoluta. Si Ackerman sabía lo que iba a hacer meses después o no, resulta poco importante, lo que si reconozco es que esta película no se puede valorar igual habiéndola visto antes o después de su suicidio. Quizás sea poco honesto hablar de ella sabiendo lo que ha pasado, es verdad que uno siente que las interpretaciones de las imágenes no pueden olvidar lo ajeno a la propia película, pero entonces siempre surge la duda ¿realmente lo que sucedió no estaba anunciado en la película? ¿me equivoco, o quiero ser indulgente conmigo mismo? Este es un ejemplo de cómo el arte puede extenderse más allá de sus propósitos iniciales y convertirse en un enigma vital que nos deja un testamento visual que nos afecta a todos.