domingo, 8 de mayo de 2016

MIDNIGHT SPECIAL (Jeff Nichols, 2016)

MIDNIGHT SPECIAL (Jeff Nichols, 2016)
El momento de inflexión de esta película se produce muy poco antes de su desenlace final, cuando Alton, este niño extraño, con poderes inexplicables, al que todo el mundo quiere retener y estudiar, y a quien unos pocos intentan liberar, se encuentra en poder de las organizaciones de inteligencia norteamericanas. Cuando se va a proceder al interrogatorio, en una sala aséptica, enorme, un espacio blanco en el que el niño aparece diminuto y en un plano inferior al de sus interrogadores, que observan la escena desde una sala de mando acristalada, el contraplano revela la realidad de la situación. Todos esos mandos de inteligencia, militares, psicólogos…..que creen dominada la situación,  no advierten que el reflejo de Alton, sentado en una silla con sus casi permanentes gafas de natación puestas, se proyecta por encima de ellos. De manera excepcional, Nichols muestra quien es el que domina realmente la situación, quién es el superior de todos ellos, porqué ha querido ser interceptado por las fuerzas de seguridad y qué espera a cambio.


Nichols plantea la película como un encadenamiento de suspense sin aportar información expresa desde su inicio, es una solución acertada para mantener la atención del espectador, iniciada la acción como un aparente secuestro de un niño, donde hay violencia extrema y riesgo absoluto, rápidamente se advierte que entre secuestradores y secuestrado hay demasiada colaboración, demasiada confianza, demasiado buen trato como para ser cierta la noticia de los medios de comunicación. Las reacciones extremas de esos secuestradores van acompañadas de reacciones humanas, muy alejadas de lo que parecen ser personas sin piedad. Paralelamente, el FBI realiza una operación de asalto en la sede de una secta que piensa que el fín del mundo está próximo, un 6 de marzo muy cercano, para ser precisos. La historia de persecución se plantea como un camino hacia un lugar que sólo el niño conoce y durante el que Nichols irá desgranando la información precisa para situarnos. Cuando queramos reaccionar y plantearnos las dudas, será demasiado tarde porque la historia habrá concluido. Siendo la historia más apropiada para un director de lo más comercial, con guiños permanentes a múltiples películas de consumo masivo, desde el Kevin Costner fugado con un niño vestido de fantasma al ET de Spielberg, desde Encuentros en la tercera fase a Origen…….Nichols sabe dotar al conjunto del punto de intimismo necesario para hacer un producto personal sin renunciar al “mainstream”. Estamos ante la ciencia ficción con toque de autor, no hay reflexiones profundas ni dudas metafísicas grandilocuentes, pero la fotografía excepcional de Adam Stone, y la banda sonora ajustada para crear esa mezcla de tensión y extrañamiento surrealista de David Wingo ayudan a Nichols a crear un producto de extremada belleza y de amenaza permanente.

De la mano de su actor fetiche, Michael Shannon, con un correcto Joel Edgerton, y una actriz que sigue creciendo a fuerza de aceptar papeles en películas importantes, Kirsten Dunst, el relato progresa  para dar a la humanidad un mensaje de humildad, de reconocimiento que ni somos los mejores ni los únicos, ni los más poderosos ni los más omniscientes, aunque difuminado el efecto de confluencia entre dos mundos paralelos (en este sentido podría hacerse el paralelismo con la película de Hosoda, “El niño y el monstruo”) parecería que el mundo no se ha creído lo que ha visto, ni las autoridades están dispuestas a admitirlo, quedando como único reducto de creencia cierta el del trío que acompaña a ese niño misterioso, para quienes su futuro ha cambiado de manera radical en su interior, es decir, somos ciegos pese a haber visto cuando lo que se nos muestra no cuadra en nuestras mentes llenas de prejuicios. Cuando nos enfrentemos al análisis de lo visto es inevitable pensar en el porqué de ese ser en el mundo de los humanos, ¿nació así o se hizo así? ¿cuál era su propósito pasando a permanecer unos años con nosotros? ¿qué significan sus poderes? ¿para qué ha servido la aventura? ¿porqué aceptó cambiar de manos, ser abandonado por su madre, ver a su padre en la distancia impuesta por un líder mesiánico? Todas las preguntas son legítimas y razonables, y en otro producto podrían suponer un lastre para el conjunto de la película, pero en este caso no, y no lo es por el pulso narrativo propio del director, por su manejo de la imagen, de la forma, del sonido. 


Nichols debe ser consciente de la fragilidad del guión dejando en el aire tanta cuestión necesaria para entender lo que los personajes muestran, y para ello utiliza su particular forma de mostrar las relaciones padre-hijo tan suyas. Si la película no alcanza las cotas de maestría de “Take sheltter” o “Mud” no es por culpa del aspecto técnico, ni del formal, es simplemente porque la historia hace aguas en algunos elementos trascendentales, y pese a ello el conjunto obtenido es notable. Para ello Nichols utiliza la progresión de confianza absoluta entre un padre y un hijo biológico, el acercamiento entre ambos tras llevar el niño dos años completamente adoctrinado por un gurú de una secta apocalíptica (Sam Shephard), el convencimiento de ese padre de que tiene que cumplir a rajatabla las indicaciones del niño para conseguir que éste pueda escapar de un mundo que no le pertenece aunque desconocemos porqué ha venido a parar al mismo, aunque esas órdenes del niño pongan en peligro a todos, o el estado de salud del menor empeore preocupantemente (cómo no recordar los desvelos de Elliot intentando salvar a ET). Esa preocupación absoluta del padre, que se va a mantener de por vida, reforzando los lazos de unión invisibles entre generaciones, no impiden que el afecto más cercano, el contacto caluroso de la fisicidad consoladora, no corresponda a la madre, personaje que, aun teniendo un papel menos relevante porque, en su momento, se negó a participar en las prácticas sectarias, a la hora de la verdad, sea la testigo escogida por el niño para contemplar la metamorfosis y el agradecimiento de ese ser, así como la visión de ese mundo ideal que no podremos alcanzar jamás.



La pregunta que planea sobre toda la película es quien es Alton, y la única respuesta que no niega ese personaje es la de que sea un extraterrestre. No es un niño, aunque haya nacido de una mujer y tenga menos de 10 años, no es un arma, aunque tiene poderes que producen, si quiere, el caos y la destrucción, tampoco es un salvador, porque entre su misión no se encuentra la de dar lecciones aunque quienes han visto la dualidad de mundos desde Texas a Florida podrían haber aprendido algo, simplemente es un fugitivo que, por razones desconocidas, ha terminado en una dimensión que no le pertenece y cuya meta es la de conseguir volver a su lugar. Un lugar que unos pocos privilegiados han conseguido ver mediante el haz de luz que los ojos de Alton proyecta, y que, como una droga que crea dependencia a los que son escogidos, debe evitarse ese fogonazo que el niño en ocasiones no puede controlar y que le obliga a ir con unas gafas de natación permanentemente puestas, así como a ocultarse de la luz del sol. Ese lugar que la NSA, el FBI, la secta «el Rancho» anhelan conseguir y controlar, una información que Alton oculta y hace todo lo posible para que no se conozca por su propio futuro y por el de la humanidad que no debe interferir. Frente a la revelación de esos seres de luz incorpóreos, la vida de los humanos no va a sufrir cambios, lo cotidiano no se va a alterar y todo va a ser ocultado como una alucinación colectiva, salvo para tres personas que tienen motivos para sonreir aunque su libertad se vea restringida. En el fondo Nichols también plantea el control de la información, la facilidad para ser manipulados, para no ver lo que tenemos delante de los ojos aunque todo indique lo contrario. Cada vez que salga el sol Roy podrá mirar con confianza a su hijo, sea éste quien quiera que sea.