martes, 31 de mayo de 2016

MI AMIGA DEL PARQUE (Ana Katz, 2015)




MI AMIGA DEL PARQUE (Ana Katz, 2015)


“Es tanto que no sé cómo nombrarlo”, es lo que dice la protagonista de esta película al referirse a su maternidad. De los miedos insuperables a las fidelidades necesarias, los personajes de Ana Katz se mueven entre la economía de supervivencia y los afectos inencontrables, buscando una seguridad en el apoyo externo antes que en el convencimiento interior. Necesitadas de ayuda, estas mujeres que desfilan en el día a día de Buenos Aires, se sienten incompletas, casadas o en pareja, o simplemente desparejadas, la presencia masculina es anecdótica para muchas de ellas. Tener un hijo es cosa de dos, pero criarlo parece misión exclusiva de ellas. No en vano, las relaciones de Liz (Julieta Zylberberg) con su compañero Gustavo (Daniel Hendler), necesitan de una pantalla de ordenador y una conexión inalámbrica estable. Las llamadas a deshora, las conexiones interrumpidas, la comunicación entrecortada, termina suponiendo que el hombre diga un discurso que no puede ser refutado, no hay conversación donde la interactividad de la pareja resulta imposible por las circunstancias, porque a Liz sólo le queda consentir o confirmar aquello que Gustavo cuenta rápidamente desde su expedición andina.


Esa distancia física insalvable revela una distancia emocional que refuerza los lazos de la mujer con su bebé, pero al tiempo acrecienta los miedos de quien se siente superada por la situación, incapaz de compatibilizar una vida personal con una vida profesional, absorbida completamente por la maternidad hasta el punto de intuir y creer que todo le amenaza, y que lo que empieza pareciendo una amistad se convierte en el temor de perder a un hijo en manos de una desconocida. Con el personaje de Liz, la película se construye también con el de Rosa (la propia directora Ana Katz). Para Liz, Rosa representa lo que ella no puede controlar, a cargo de un bebe igualmente, ésta es capaz de ocuparse con naturalidad de su vida personal y profesional, cuidar a la niña y presentarse tranquila y con todo controlado. Quien no sufre estrecheces económicas las sufre mentales, y quien tiene que buscarse la vida a salto de mata, trampeando aquí y allá, acepta la maternidad como algo natural y sin agobios.


Esa solidaridad que empieza en la naturalidad de una relación ocasional en un parque, tiene la primera reacción de empatizar con quien crees que está en la misma situación que tú y de la que puedes aprender los recursos para superar la situación nueva que te abruma y te oprime, pero sufre el primer choque cuando te ves obligada a irte de un bar sin pagar, y empieza la sospecha cuando parece que sólo te quieren para conseguir dinero u otros favores. Por eso, esa relación que Julieta imagina como un sustitutivo, sufre un cortocircuito cuando descubre que el bebé de Rosa no es de ella, sino de una hermana que se desentiende de su propia hija. No fue una mentira, sino una composición de lugar de la propia Liz, necesitada de encontrar una madre en la que reflejarse. La sombra de la sospecha, las dudas sobre el propio instinto maternal, las verdaderas intenciones de Rosa, planean a partir de entonces sobre la madre primeriza y asustada, incapaz de romper el vínculo con la conocida pero, al tiempo, incapaz de confiar en ella. La película se mantiene en la distancia de la frialdad de relaciones que no terminan de cuajar, de sospechar que sólo son descartadas momentáneamente para resurgir con mayor desesperación en cualquier momento, entre el deseo de lo imposible y el peligro de lo improbable, fruto de una mente en estado de desequilibrio transitorio mientras se ordena interiormente.


La película parece una comedia urbana teñida de drama existencial, un toque irónico a punto de derivar hacia la película de suspense como consecuencia de la mente confusa del personaje de Liz. Las dudas, los miedos, las paranoias son obra y gracia de su intérprete, y de la imagen creada por la directora. Un enfoque demasiado cercano, un espacio abierto como amenaza, un cielo gris o una calle en la que nadie tiene interés en saber por qué esa mujer joven llora y se desespera, consiguen la sensación de duda, de intriga, nos acercan a la personalidad de un personaje incapaz de asumir la maternidad nada más que como una carga insuperable, una prueba que no va a soportar ante la magnitud de la apuesta. Una prueba permanente ante la que no se considera preparada, y creyendo haber encontrado a alguien en su misma situación, resulta que Rosa, y su hermana Renata, viven la experiencia de un modo absolutamente incomprensible para la protagonista, lo que no hace sino incrementar sus malas sensaciones y su propia autocrítica negativa como madre y como persona. Una película sobre la maternidad donde Liz no sabe encontrar el grupo en el que mejor acomodarse, el de las madres que sólo saben hablar de ser madres y sus hijos, o el de las madres que, además de cuidar a sus hijos, son capaces de tener una vida personal, o al menos de intentarlo, una historia de una mujer desubicada personalmente.


Arg./Uruguay. 2015. Duración: 86’. Dirección: De Ana Katz. Guión: Ana Katz, Inés Bortagaray. Productoras: El Campo Cine, 23-24 Audiovisual, Mutante Cine. Intérpretes: Julieta Zylberberg, Ana Katz, Maricel Alvarez, Daniel Hendler.