domingo, 1 de mayo de 2016

LOS CLARINES DEL MIEDO (Antonio Román, 1958)

LOS CLARINES DEL MIEDO (Antonio Román, 1958)

España es un país donde abundan los Caínes y se echan de menos muchos Abeles. En España se ríen las desgracias del más necesitado y se aplauden las desfachateces del poderoso, en España se creó el género picaresco y se dilapidó una fortuna usurpada de otros países sin quedar apenas recuerdo de la misma entre nosotros. En España hay una cultura de la violencia, de la sangre, del martirio, que se aplaude y se acepta con muy poca autocrítica. España es un país en el que cuando el rico se emborracha se dice «le ha sentado mal algo que ha tomado», pero si es un pobre el que duerme tirado en un banco, se le espeta rápidamente el epíteto «borrachuzo», porque hasta para la desgracia somos clasistas. «Los clarines del miedo» no es una gran película pese a contar con un actor enorme, es una película de propaganda de un régimen que intentaba  empezar a vender una cierta idea de apertura y modernidad, reflejar la evolución de una sociedad dispuesta a vender que perdonaba a los perdedores. No en vano España es un país que soportó con más silencio que oposición, 40 años de tiranía que aun hoy muchos honran y muchos más no quieren condenar, ni tan siquiera mediante el acto simbólico de rechazar expresamente una dictadura de inspiración fascista. Para aligerar el peso de una losa tan pesada, qué mejor idea que rodar una película basada en la novela de un escritor de origen nada sospechoso, Angel María de Lera, combatiente republicano, encarcelado y depurado convenientemente tras la guerra, uno de tantos que tuvo que soportar eso que se llamó «el exilio interior».

Lo que no pudo maquillar ni hasta un director entusiasta del régimen franquista como Antonio Román (Escuadrilla, Boda en el infierno, Lola Montes, Los últimos de Filipinas) es el subtexto de la novela, esos dos toreros de aluvión, más entusiasmo que profesionalidad uno, más un superviviente acabado que otra cosa el otro, son los ejemplos de las dos españas, el entusiasmo y arrojo del Filigrana (Manuel Luna) frente a la desesperanza y apatía de Aceituno (Francisco Rabal), en el medio la joven que ambos quisieran, innacesible por pertenecer a una clase social dominante que, en el fondo, sólo ama el toreo para divertirse, pero que no respeta a quienes lo practican desde la miseria de no tener ni para comer. Esa España troceada y de la que ambos tiran para ambos lados dispuestos a romperla por la mitad en vez de compartirla. La irreflexión de la juventud de quien cree que todo está por descubrir y hacer, la temeridad de enfrentarse con enemigos mucho más poderosos y crueles de lo que nadie pudo imaginar persiguiendo un sueño imposible, frente al realismo amargado y derrotado del que sabe que se haga lo que se haga, no hay solución para salir de la miseria y la desesperanza, que cada uno ocupa un lugar del que no se puede salir y sólo, cuando llega el momento de mostrarse heroico, se puede vencer el miedo y demostrar que, pese a las diferencias económicas, de formación, de clase, se puede ser más honesto y profesional que aquellos que nunca bajarán la cabeza aunque sean pillados en todo tipo de fraudes.

Aceituno y Filigrana son perdedores, aunque uno no lo sepa y el otro hace tiempo que cambió la derrota por el miedo.  Serán siempre perdedores aunque algún día consiguieran torear en plazas de primera, serán perdedores porque en su incultura siempre serán dominados por élites cuya educación puede no ser mejor, pero que cuentan con un poder patrimonializado por siglos de dominio generación tras generación, el mismo poder que mantiene incólume una tradición sangrienta que se quiere convertir, por efecto de una repetición orquestada como un mantra, en arte. Una cosa es el arte y otra el objeto del arte. El rapto de valentía de Aceituno es otro rasgo del español indefenso que, en ocasiones, cuando carece de salida, opta por la violenta, aunque sea para arrojarse en brazos del oscurantismo de sotanas y coronas para expulsar a quien podía traer luz e ilustración. Aceituno y Filigrana son dos personajes dignos de los Caprichos de Goya, hermanados en el sufrimiento, aceptando su mala suerte apostando todo a un golpe de fortuna al que su origen no les da derecho. Aceituno y Filigrana pueden abrazarse emocionados, pero también pueden luchar uno contra el otro a garrotazos al instante siguiente mientras quienes mandan, y han mandado siempre, aplauden desde una barrera, real o figurada. Esta España polvorienta y miserable ha cambiado en su estética, pero en su ética mantiene muchas de sus señas de identidad más miserables. Incluso en el triunfo del perdedor termina ganando la derrota.