domingo, 29 de mayo de 2016

LE SAPHIR DE SAINT LOUIS (Jose Luis Guerín, 2015)

LE SAPHIR DE SAINT LOUIS (José Luis Guerín, 2015)
Una obra que nace de un encargo y un artista que acepta el encargo. Hacer una película ambientada en la ciudad de cuyo festival de cine surge la iniciativa, en concreto, el objeto es la catedral de Saint Louis. Una catedral indefinida e indefinible, un edificio inarmónico, anodino, resultado de muchas acciones y destrucciones, con poco alma, nada «fambloyant» como dice la película. Un reto para el artista que, desde siempre en la historia de la humanidad, se ha enfrentado al encargo para dejar su impronta y, al tiempo, agradar a quien paga. El ojo del artista, en este caso José Luis Guerín, debe construir su historia partiendo de un material nada maleable. Es su mirada la que, antes que las piedras, tiene que encontrar el objeto que le permita envolver, en misterio y sentido, la historia de un edificio muy relacionado con la historia de Francia, y cómo no, con la muerte.

No nos extraña entonces, que el mar esté presente desde el principio de este documental, desde el lugar más insólito que no es otro que la veleta que corona una torre, una veleta en forma de barco. La Rochelle, uno de esos enclaves históricos, una ciudad estratégica para el abrigo de naves y el comercio del mar del Norte, encrucijada para las batallas entre franceses e ingleses, ciudad protestante, uno de los últimos reductos hugonotes del ejército de Coligny, las resonancias de la noche de San Bartolomé, la huida a Quebec, a las Antillas, las tropas católicas sometiendo a la ciudad a un asedio que mató de hambre y epidemias a 23000 habitantes. Y al final, la destrucción de los símbolos protestantes o su reconversión en templos católicos. Destruir para construir, o construir a medias, como esta catedral obligada a conservar una torre de estilo diferente al resto de su cuerpo arquitectónico, una torre que recuerda más a un edificio militar que a un templo, pero que así, por falta de recursos y por la llegada de la revolución francesa, que transformó la catedral en templo de la razón , mantuvo su estética singular e incompatible y salvó su vestigio más antiguo. Una fealdad externa que debió obligar al cineasta a centrar su mirada en el interior en busca de una historia que de sentido al encargo.
Y saber mirar ha de producir su fruto. Entre las naves cargadas de simbología, elementos que reconducen a un dogmatismo indemostrable, la cámara surca dependencias, obras, personas, actividades. Por un momento podría ser un grupo de estudiantes, o la historia de las piedras que formaron esa torre que vamos recorriendo de arriba a abajo en un largo plano que muestra las muescas del pasado, el corte nada limpio de una piedra que nos habla de la reutilización, o ese órgano que deja patente la circulación del aire y del sonido entre las naves del templo. Cuando el cineasta puede estar a punto de desfallecer abrumado por la imposibilidad de encontrar un tema sugerente para su historia, aparece en la percepción del acostumbrado a mirar, lo anormal, lo excepcional, lo que sobresale por encontrarse fuera de lugar cuando se enfoca la mirada sobre un cuadro. Un cuadro de calidad más que discutible, pero que no llamaría la atención por encontrarse en una capilla dedicada a los exvotos, a esos actos de acción de gracias tan frecuentes en los templos y que, en ciudades marineres, suelen recordar tragedias, desgracias y también salvamentos milagrosos.

Guerín, después de mostrarnos la densidad de la luz en el interior del templo, ese polvo suspendido y atravesado por la luz del exterior, centra el foco de atención en el cuadro, en ese «Saphir», que es el nombre del barco capitaneado por el capitán Rossal en su primera expedición, su primer encargo para un rico de La Rochelle, llevar sal a las costas africanas, allí comprar esclavos, trasportar esos esclavos a St. Domengue, venderlos y volver a La Rochelle con dinero y azúcar. El viaje de la sal para traer azúcar, pero en medio, el comercio del hombre, y en ese cuadro dedicado al San Luis de la catedral, el chocante reconocimiento del tráfico de esclavos en el seno de un templo. 271 esclavos y 30 tripulantes que en la travesía del Atlántico, permanecieron varados por falta de viento, una detención que genera enfermedades y epidemias, que se ceba con las personas hacinadas en la bodega pero cuya muerte se termina extendiendo entre todos. El fín de esa situación sólo puede concederse por la intercesión divina, por la aparición del viento salvador cuando parte de los esclavos empiezan a amotinarse, y otros han optado por rogar a esos dioses de los esclavistas que el viaje pueda proseguir para no morir antes de tiempo, el milagro oportuno de la conversión religiosa salvadora. Al final del viaje, 10 tripulantes y 54 esclavos murieron, pero ese cuadro, que no se hace para recoger un episodio del pasado, sino para dar gracias de la salvación a un ser superior indemostrable, permite al cineasta crear su película, dotar de movimiento a una acción basada en la pintura, relatarnos un episodio de aventuras que esconde la crueldad en su propio punto de partida. Luz y sombras para recordarnos un segundo florecimiento de la ciudad gracias al comercio del azúcar, un azúcar que llegaba envenenado por la brutalidad del comercio de personas, algo que no podía valorarse por falta de distancia en aquel momento, pero que ahora introduce un elemento de contraste brutal en la historia que contiene ese cuadro colgado en las paredes de una catedral. Guerín así crea una película sobre las dos dimensiones del lienzo, demostrando que cine y pintura son artes capaces de dialogar sin aristas y sin roces.
En este camino histórico, Guerín volverá a jugar con la luz, elemento fundamental en su cine, con la sombra, con el velo de una cortina, con una cubierta de madera de un edificio que bien simula el interior de ese barco varado en mitad del océano, con el cabeceo de la cámara simulando el juego de las olas. La primera visión en este documental ha sido esa imponente y hasta desproporcionada torre, la misma visión que tuvieron miles de marinos cuando volvían a La Rochelle, una ciudad que volvió a vivir una segunda decadencia y éxodo cuando se perdió la colonia azucarera y el comercio volvió a interrumpirse, pero para despedirnos, en un largo plano fijo, el director nos ofrece la visión menos espectacular, la más anodina de ese templo dentro de la ciudad, la de su fachada principal, imagen desde la que no llegamos a ver la torre omnipresente hasta ese momento. Que lo excepcional de la historia no nos oculte la realidad de un edificio poco atractivo, ahí lo tenemos, desnudo y sin artificios, tal y como es para que nuestro sentido de la estético lo catalogue. En 1791 concluye el periplo, coinciden la revolución de los esclavos de las plantaciones con el asentamiento de la primera república, los dos hechos se dan la mano en ese final, con ese cuadro que hace permanecer la memoria de la esclavitud y esa torre salvada por la carencia de presupuesto para derruirla.
País: España. Año: 2015. Duración: 35'. Dirección: José Luis Guerin. Guion: José Luis Guerin. Fotografía: Nicolas Contant. Montaje: Nuria Esquerra. Sonido: Benoît Perraud, Marisol Nievas Producción: Festival International du Film de La Rochelle, Perspective Films