miércoles, 18 de mayo de 2016

LA FIESTA DE OTROS (Ana Serret, 2014)

LA FIESTA DE OTROS (Ana Serret Ituarte, 2014)
Me siento privilegiado, poder ver estas películas que mensualmente ofrece DOCMA a un sector minoritario del público, donde el riesgo acompaña a la propuesta y cualquier anécdota alcanza trascendencia formal, aportando reflexión a simples actos cotidianos de nuestra vida, es un lujo, y he de decirlo, porque lamentablemente, si ya es difícil conseguir proyectar este tipo de producciones en ciudades como Madrid, qué decir del resto del estado donde cada vez hay menos mohicanos dispuestos a sacrificarse por ofrecer vías de distribución a un cine que, resulta increíble, no puede alcanzar difusión hablando de cosas tan cercanas, y al tiempo tan extraterrestres, como las que, por ejemplo, retrata Ana Serret en su película “La fiesta de otros”, desasosegante retrato íntimo de unos músicos, si, pero también de una España que no podemos olvidar porque, si consideramos atrasado muchas veces nuestro país viviendo en ciudades, los núcleos rurales, pequeños y anclados en tradiciones inmutables, se nos olvidan, y al aparecer frente a frente ante nosotros pueden hacernos retroceder décadas aunque nuestros músicos pudieran parecer “rockers” dispuestos a hacerse una  foto con Zappa en el escenario.

Si un camión con su vistoso remolque rojo y un rótulo de TROTAMUNDOS abren la película a los sones distópicos de una partita de Bach, ese halo un tanto espiritual del arranque rápidamente se transmuta en fisicidad y terreneidad, estamos ante un relato, atípico si se quiere, pero contemporáneo y demoledor, del futuro de la cultura. Un arte, la música, en el punto de mira de otro, el cine. Ambos artes, como toda la cultura de este país, heridos, machacados, olvidados. Son artes que sólo sirven para la foto política de turno si hay rostros conocidos, o para alimentar el alma reseca de muchas personas que necesitamos un soplo de belleza para mantener una esperanza en el día siguiente. Cuando estos músicos, la mayoría con inspiración rock, o blues, terminan viéndose recluídos en el reino decadente del pasodoble y la rumba, hay que ser muy optimista, muy valiente o no tener donde caerse muerto para soportarlo y salir de gira, «si tocas moderno, mal, si tocas rock, mal, si tocas pachanga.....». Entre la ilusión y la necesidad de seguir de Manolo, el Trotamundos, y el resto de la banda, que se le unen desde la formación «Cogollito soul» para las giras de verano, sólo hay una alianza frágil, una comunidad de intereses ficticia y a término, en la que la necesidad de obtener algún ingreso se sobrepone a la escasa satisfacción que produce ir de feria en feria, de pueblo en pueblo, de romería en romería, de silencio en silencio.
No faltan en el documental momentos de verdadero genio, de creación de la imagen y de envolvente baño de realidad, imágenes captadas al vuelo en esos actos sociales donde todo el pueblo está, guste o no guste, se participe o no. Un corro de sillas observando a los músicos, un corro de adolescentes parados y sin mostrar emoción alguna por lo que escuchan, si es que escuchan. ¿En qué se convierten unos músicos actuando a los que no oímos? Ese silencio con el que la directora va puntuando muchos de los pasajes de las actuaciones musicales de la orquesta de feria, señala el camino interior de personas frustradas con lo que están haciendo, y que siendo lo único que saben hacer, carecen de la libertad de interpretar lo que verdaderamente querrían. Ese silencio representa la separación de sus cuerpos y de sus espíritus, pero también la separación de los músicos de ese público, en cierta manera, obligado a estar presente. Una España interior llena de mitos y dogmas, que no es capaz de abandonar una procesión o una romería para mostrar un mínimo de interés por un grupo musical que se sale de la norma, un grupo outsider, de los de pasar la gorra y contentarse con la voluntad, un grupo que asiste respetuoso al paso del cortejo pero que no puede evitar lanzar un acorde de guitarra desgarrado cuando todo el pueblo se concentra ante un baile regional y la típica jota ante la virgen de turno.
La fiesta va con otros, pero no con estos resistentes minados en su fortaleza, y para que el documento no caiga en el reportaje, la imagen juega con las luces y las sombras de esos festejos en los que hay más de representación que de ganas de disfrutar. Ninguna, o casi ninguna queda ya en los que trabajan, a quienes la acumulación de kilómetros y galas agota más mentalmente que físicamente, imágenes donde la sombra proyectada desde las barracas de los feriantes engrandece las siluetas y empequeñece el entorno, donde un mastodonte sobre ruedas recoge y se marcha dirección a otra localidad sin descanso, mientras en la plaza queda el recuerdo de la enésima borrachera y de la infinita paciencia de unos artistas desafortunados. Esa tristeza imperecedera que acompaña a los feriantes solitarios, las tómbolas ruinosas, los juegos pasados de moda, la carabina estropeada, las familias que acompañan un negocio mortecino en localidades donde la vida hace tiempo que se retiró, miradas perdidas y sueños inalcanzables, la mirada melancólica de los personajes de Fellini, tanta juventud derrochada, tanta vida inerte, tanto dolor interno ante la falta de perspectiva. Por eso son más felices los preparativos que las actuaciones, los meses de parón invernal en los que la esperanza de una nueva temporada son más fuertes que la constatación de permanecer en una economía de supervivencia, con una maleta siempre preparada para una llamada, una casa a medio hacer, un repertorio a mitad de camino entre el deseo y la realidad. Cuando Manolo devora un bocadillo como si se le escapara el alma se está comiendo el poco mundo que le queda, cuanto antes acabe ese bocadillo y esa gira, antes podrá dejar vacío el almacén en que guarda y mima su camión escenario. La verbena se termina transformando en un círculo vicioso, devorados por la impotencia de un repertorio caducado y un público nada exigente, pero al tiempo lleno de la insaciable exigencia  que pide, y pide, y pide, y lanza miradas asesinas si lo que oye no es lo que espera de un año al siguiente.
No se merece esta película de Ana Serret el olvido, ni el desprecio del espectador, aunque éste sea por costumbre dócil y sólo vea lo que le dicen que tiene que ver. Hay una oportunidad y en Madrid se puede aprovechar, espero que sea ésta la fiesta de ellos y no la de los otros, esos que ni ven ni escuchan a la creación artística española.