jueves, 14 de abril de 2016

NAVIDAD (Sebastián Lelio, 2009)






NAVIDAD (Sebastián Lelio, 2009)

Del cine sudamericano me sorprende la naturalidad, espontaneidad y grandes interpretaciones de sus jóvenes actores. Esta “Navidad” se sustenta sobre tres adolescentes, Aurora, Alejandro y Alicia, interpretados respectivamente por Manuela Martelli (“El árbol magnético”), Diego Ruiz y Alicia Rodríguez (“Joven y alocada”), pero interpretados de verdad, sin explosiones impostadas ni enfoques de telenovela para jovencit@s, actores y actrices nada que ver con los héroes televisivos de papel couché, y eso que en su historial predominan las series. Actrices en este caso, que han confirmado después, esa primera aparición en películas de interés como las mencionadas, donde también han asumido el protagonismo de la historia. Parece mentira que estando tan cerca, tan unidos por el idioma, el cine español y el sudamericano estén tan alejados, tan ausentes de nuestra programación, colocados espalda contra espalda e ignorándose en nuestro perjuicio como espectadores. Gracias al premio en Berlín, “Gloria”, la última película del director, tuvo distribución en España, pero el resto de su obra permanece recluida en los cajones del olvido, y “Navidad”, como “La sagrada familia” no lo merecen.


Película de una jornada, a caballo entre el 24 y el 25 de diciembre, habla de jóvenes recién alcanzada la mayoría de edad en el caso de Aurora y Alejandro, que deciden pasar el día de nochebuena alejados de sus padres, o lo que queda de ellos. Puede haber sido la muerte, o el desprecio, o la violencia, o no saber quién es, pero en este caso es la figura del padre la que permanece ausente y es irremplazable. Las madres de los tres protagonistas permanecen, pero son insuficientes, ineficaces, por ahogamiento existencial, por miedo, por superprotección. Ha llegado el momento en que estos tres adolescentes han decidido romper con un mundo falso de adultos para crear el suyo propio, puede que prematuramente, pero decididos a vivir por su cuenta y a equivocarse por si mismos. Ese paso exige una despedida, no de las personas, sino de un pasado, un reencuentro con otro tiempo, con otro momento en el que el recuerdo pudiera ser más agradable. Pero también con un sinceramiento personal, con una aceptación de quién se es, cómo se va a ser y con quién se va a ser.


La pareja inicial, Aurora y Ale, parecen novios en decadencia, aunque sólo lo parecen. Como dicen ellos, ni siquiera han “pololeado”, aunque su relación como amigos no les impide mantener relaciones sexuales sin compromiso. Deducimos ese momento definitivo en el que una pareja se forma o se rompe, las dudas, una última noche decisiva para la que se escoge una casa abandonada, la casa de verano y de la infancia de Aurora, donde quedan los recuerdos de un padre que ha muerto, y los recuerdos de una infancia no muy lejana pero superada. En medio, la sospecha de que Ale va a ser reemplazado. A punto de quebrarse la jornada antes de llegar la noche, aparece Alicia, más joven, más asustada, más frágil. Se ha escapado de casa en busca de un padre al que no conoce y del que su madre no quiere dar información. La pareja acoge y cuida a la más pequeña hasta que consiga encontrar a ese padre, la navidad alcanza su objetivo con la llegada de un nuevo miembro al que cuidar por su debilidad. Alicia ha encontrado, de repente, el país de las maravillas. En plena hipoglucemia, a un paso del coma, no sólo la cuidan sino que la entienden. La aparición de esta tercera persona permite que los otros dos se reencuentren, es como si adoptaran un niño necesitado de más cariño y comprensión que ellos, destinando su esfuerzo a cuidar de Alicia y acompañarla hasta el momento de encuentro con ese padre ausente, el vínculo se refuerza y se extiende a la recién llegada.


Los tres sufren la pérdida de ese padre, uno por muerto, otro por violento, otro por desconocido. Los tres han descubierto que su hogar se ha quedado pequeño, que no hay expectativa posible de sentirse cómodo en un espacio cerrado y asfixiante que les cuestiona y analiza en cada movimiento. Los tres, tras una noche intensa, emotiva y donde todo se comparte, al llegar el amanecer, han descubierto dónde va a ir a parar la siguiente etapa de su vida. De manera insospechada, no programada, Aurora consigue perder el miedo a dar el paso que realmente quiere, una vez que sabe que Ale ha encontrado lo que necesitaba, éste consigue la fuerza suficiente para alejarse de un espacio que le impide ser libre, y Alicia consigue eliminar el fantasma de una persona que nunca existió gracias a ser escuchada. Si el principio de la película crea la tensión con la historia de un beso entre dos mujeres, otro beso apasionado entre Alicia y Aurora da las respuestas necesarias, y sin sufrimiento, a los tres, transforma su presente y libera su futuro. Padres ausentes frente a madres ineficientes con hijos intentando encontrar su identidad. Así, la casa pasa a ser refugio, a proporcionar el calor que el hogar real no da. En el tiempo calmado que el director se toma para que cada personaje coja confianza y se muestre como su interior desea, la luz apagada, el calor de una manta, el silencio y ausencia de más personas, acomoda el entorno con un manto protector necesario para el desenlace. En esta noche de navidad, fuera de resonancias religiosas pero con el inconfundible eco de la mitología cristiana, tres personas forman una nueva familia acogiendo a una especie de recién nacida. La revelación va a llegar a través de la palabra y el sexo, no es poco arriesgado el envite y el director consigue interesarme de principio a fin.

Título: Navidad. Duración: 85. Nacionalidad: Chile, Francia. Dirección: Sebastián Lelio. Guión: Sebastián Lelio y Gonzalo Maza. Fotografía: Benjamín Echazarreta. Intérpretes: Manuela Martelli, Diego Ruiz, Alicia Rodríguez