viernes, 15 de abril de 2016

LOS COLONOS DEL CAUDILLO (Dietmar Post, Lucía Palacios, 2013)





LOS COLONOS DEL CAUDILLO (Dietmar Post, Lucía Palacios, 2013)


Esto del cine invisible alcanza una longitud de onda que ríase usted de los rayos gamma más allá de las Puertas de Tanhausser, y esa invisibilidad en España puede alcanzar a personalidades del cine reconocidas mundialmente como Bruno Dumont o Bela Tarr o a cineastas mucho menos conocidos como los del presente documental, en eso somos igualitarios, en despreciar la cultura y lo que representa no tenemos rival. Y si además, a la invisibilidad le añadimos la autocensura de un país dispuesto a no enfrentarse nunca con su pasado, negándose a superar los periodos históricos dictatoriales mediante el reconocimiento de lo que fueron y que lo fueron, la infamia se acrecienta. Porque infamante es que se mantengan situaciones ilegales sin que los poderes públicos las enmienden, infamante es un país donde se permite mantener a decenas de miles de víctimas enterradas en los campos, infamante es que se siga honrando la memoria de un dictador.

Objetivamente el documental no enseña nada que el interesado no conozca ya. Que existieron colonias fundadas por la dictadura de Franco, en la que recalaron desde desheredados de la fortuna, hasta elementos incómodos para el régimen, era sabido. Otra cosa es la casuística concreta de cada localidad creada, y en este documental el eje narrativo se centra en la villa manchega de Llanos del caudillo (me cuesta horrores escribir el nombre entero, como si uno tuviera que decir Frankfurt del Führer o Bolonia del Duce) y en su desarrollo, su evolución, la vida diaria de los colonos, su régimen de dependencia de los ingenieros del Ministerio, su obligación de entrega del 51 % de la cosecha cada año sin poder controlar lo que realmente era ese 51 %, su lucha por obtener los títulos de propiedad de las tierras concedidas, algo que no se consigue hasta bien entrado el régimen que se dice democrático, las anécdotas de la vida cotidiana, las visitas de personajes ilustres, la desaparición de regalos comprados para Franco… Es decir, un retrato, entre amable y costumbrista de la realidad de ese pueblo. 


Pero los directores ni quieren, ni tienen porqué ser neutrales, a la dictadura la llaman dictadura y al 18 de julio de 1936, golpe de estado contra el régimen legalmente establecido, y con gran acierto consiguen provocar un vuelco en la historia, aunque un primer esbozo nos entregan al inicio del documental. El joven tendero que, con una ignorancia supina, afirma que Franco haría cosas buenas, que él no lo sabe a ciencia cierta, pero lo supone. La película crece sobremanera, y nos enfrenta con la realidad actual de este país, cuando el alcalde del pueblo, socialista reelegido una y otra vez, dispone celebrar una consulta en el pueblo para cambiar el nombre y eliminar el apellido de “el caudillo” en tanto supone un homenaje a un dictador. Aquí resurgen los viejos odios, las viejas historias de represaliados y vencedores, el enorme vicio de la transición donde quien se acostó franquista se levantó demócrata, dando lo mismo si se había sido un simple funcionario de oficina o un policía torturador, un juez afín al Movimiento o alto cargo de un Ministerio. Es penoso tener que decir que la consulta fue contraria a la eliminación del nombre superfluo del pueblo. La tabula rasa dejó, por un lado, a los perdedores en el lugar de la derrota permanente, y a los vencedores de la guerra y represores tras la misma, en una situación de irresponsabilidad que, difícilmente, podría conllevar el reconocimiento y la asunción de cualquier error. Ahora nos resulta fácil advertir los errores de aquella transición. Me duele más que no se admita el gris como resultado de consenso que tener que acudir una y otra vez a la frase manoseada, y falsa, de la reconciliación. Con el tiempo hemos sabido quién y cómo se pagaron aquellas formaciones políticas, qué se trataba de evitar (el recuerdo de Portugal estaba muy cercano), qué hubo detrás de aquellas concesiones de la izquierda y ninguna, lo mantengo, ninguna del régimen. Ahora bebemos a diario aquellos lodos emponzoñados, un sistema político que procede de un sistema corrupto y no se depura, lleva el germen de la infección consigo. 

Que un exministro franquista diga que no puede considerar a Franco un dictador no deja de ser anécdota, que gente de 80 años defienda la figura bajo la que vivieron y prosperaron tampoco es importante. Lo doloroso, incómodo y anormal es que, jóvenes estudiantes en la preadolescencia defiendan la figura del dictador por haber sido quien creó el pueblo, sin pararse a pensar en el sufrimiento, pérdida de derechos y libertades y miedo que los ciudadanos sufrieron durante casi 40 años, y muchos de ellos incluso terminado el régimen y asentado este actual al que la palabra democracia le viene muy grande, manteniendo estos escolares, que aunque la Ley de Memoria Histórica diga lo que diga, si el pueblo no quiere la ley no puede obligarles, ¿qué estamos enseñando a estos chavales para el futuro?. 


Es en este punto, en el del debate de los habitantes sobre eliminar o no la coda de “el caudillo” en el nombre de su pueblo, donde el documental crece, ya no es tanto un relato histórico de una localidad, por mayor y extensa que haya sido la documentación, sino la constatación de la ignorancia colectiva y la falta de espíritu crítico de este país, centralizado en una localidad concreta, pero extensible a cualquier otro lugar. Esto es lo que revoluciona la película, presentando la situación sin desviacionismos, dejando hablar a cada vecino para que éste se retrate y demuestre lo poco que valoramos la libertad, lo poco que valoramos el sufrimiento ajeno, lo poco que nos importa aplaudir a sinverguenzas. Es en ese punto donde las deficiencias educativas del país quedan en evidencia, la ausencia de formación en valores democráticos y constitucionales, el predominio  de dogmas, tradiciones, costumbres, populismo, en perjuicio de la cultura y el análisis riguroso y sin prejuicios….. y como colofón el retrato de la bestia en estado puro, la filmación de una concentración de ultraderecha en la plaza de Las Salesas en Madrid, enfrente del Tribunal Supremo, arengando al uso de la violencia, al uso de las armas abiertamente, sin responsabilidades, amenazando abiertamente al equipo de rodaje… todo esto en el país que investigó a un juez por intentar investigar delitos contra la humanidad en su propio país acogiéndose a tratados internacionales firmados por el Estado, y que soporta la vergüenza ajena de ser investigado desde Argentina en aplicación de los principios de jurisdicción universal por su propia desidia a la hora de enfrentarse con su pasado reciente y sangriento, continuando en la denegación de auxilio judicial internacional porque para eso los investigados de Argentina son de los nuestros, de aquellos ciudadanos honorables de los que Marco Antonio hablaba en la tragedia de Shakespeare. 
 

Cine necesario y cine expulsado de los circuitos comerciales, cine del que hace pensar y produce una enorme incomodidad, cine que debería ser exhibido en colegios e institutos para formar espíritus críticos y enfrentados al poder establecido y a las versiones oficiales. Sin  ciudadanos cultos los gobiernos no temen, sin ciudadanos formados la manipulación triunfa con mayor facilidad, sin memoria no hay futuro.