martes, 26 de abril de 2016

LA HELADA NEGRA (Maximiliano Schonfeld, 2016)





LA HELADA NEGRA (Maximiliano Schonfeld, 2016)

¿Qué hacer para deshelar el corazón de las personas? Cuando Alejandra, tras el primer plano misterioso con el que se inicia la película, de reminiscencias telúricas, universos en formación o vidas gestándose a la luz de un microscopio, nos mira insistentemente, al tiempo que forma una unidad con el lugar en el que aparece, se crea la intriga de esa aparición. ¿De dónde viene, quién es, por qué en ese lugar? ¿Porqué nos prepara y nos introduce en una historia como sujetos de la misma en vez de espectadores?. Estamos en un lugar afectado por una enfermedad que estropea los frutos y enferma a los animales, aunque realmente los enfermos son las personas, esa helada negra que estropea la fruta desde el interior hace tiempo que ha helado el espíritu de una comunidad que, necesitando ayudarse, se encierra en el individualismo y en la superstición, viviendo unos de espaldas a los otros.


La presencia de Alejandra provoca la doble conmoción, la del extraño y al tiempo la de la mujer joven en una comunidad reducida, compuesta por 4 hombres que trabajan en la finca. Cuando los árboles y los animales de esta familia empiezan a regenerarse, la suspicacia inicial con la que la joven es recibida se transforma en acogida envidiosa, rápidamente en la comunidad se transmite la existencia de esa curandera providencial, una persona que no es consciente de poseer poderes especiales ni remedios desconocidos, simplemente escucha y deja hablar, algo que las personas de ese lugar hacía tiempo que habían dejado de hacer. La falta es motivo de queja, pero el exceso también, la finca que no era querida por los vecinos, pasa a ser lugar de peregrinación  y acampada, no se puede tener todo. 


A la paradoja de una situación encontrada y sobrevenida, los personajes no reaccionan con empatía. El recelo y la desconfianza es permanente, incluso en aquel que podría sentirse atraído por la chica, que opta por un papel igualmente estático y contemplativo mientras descarga la frustración disparando perdigones a sus propios perros, o prefiere no mirar cuando la presencia les abandona. Esas imágenes que se superponen, la luz fría y gris del campo argentino, las miradas concentradas en un punto impreciso del que parecería provenir la mujer, nos indican que, como llegó, desaparecerá. El relato es hermético y poco complaciente, ni sabremos si se trata de una fugitiva o de un espectro que anda reparando males pasados, si la que llegó expulsa a la muerte o la deja en estado latente, pero la desconfianza con que fue recibida va a permanecer después de alejarse, de marcharse tal y como llegó, sin querer amasar fortuna alguna y sin llevarse más que un pequeño recuerdo.


Intuición femenina o presencia de otra dimensión, Alejandra sabe leer las reacciones de la gente, sabe predecir sus comportamientos y sus ansias, sabe cuáles son sus flaquezas y sus celos. Sabe que la gente de aquel lugar se olvidó de las tradiciones y de los espíritus pero que mantiene intacto su recuerdo, y ante la más mínima posibilidad de encomendarse a lo inmaterial, recaen en errores del pasado, asumiendo como curación inexplicable lo que nadie se molesta en comprobar. Como una reina de una colmena autista, aislada del mundo y protegida del contacto que pueda eliminar sus poderes, Alejandra permanecerá en el lugar hasta erradicar la helada negra, pero la última mirada de esos tres adultos refleja que nada ha cambiado porque su corazón permanece ennegrecido y no hay quien reavive su espíritu.