viernes, 29 de abril de 2016

KISHIBE NO TABI (Journey to the shore, Kiyoshi Kurosawa, 2015)


KISHIBE NO TABI (Journey to the shore, Kiyoshi Kurosawa, 2015)

YUSUKE RECUERDA SUS VIDAS PASADAS.
Uno piensa en lo complicado que tiene que ser dedicarse a una profesión como la de cineasta en Japón con un apellido como Kurosawa, en primer lugar hay que vencer la natural tendencia a pensar que es hijo del gigante de la dirección japonesa, y cuando queda aclarado que no, después hay que conseguir que tu cine alcance una personalidad propia que permita presentarte como un creador con un discurso reconocible. K.Kurosawa no llega  a las pantallas españolas, pero se estrena en medio mundo, sobre todo en el mundo que se puede permitir pensar en el arte y en el ocio, y el cine de este segundo Kurosawa ha evolucionado de tal manera que, manteniendo conexiones con lo fantástico y lo sobrenatural, ha pasado de cineasta del género de terror de calidad, a cineasta con mayúsculas sin añadidos. “Kishibe no tabi”, “Cruzar a la otra orilla”, más o menos sería la traducción, es un viaje fantástico y sentimental hacia la muerte, hacia la idea de aceptar como irremisible la muerte, ayudados los vivos por los propios fallecidos, asumir la muerte propia pero también aceptar la de los que os rodean.

La sinopsis se puede resumir muy fácilmente, Mizuki estaba casada con Yusuke, quien, un día cualquiera de hace tres años, desapareció sin dejar rastro. Durante esos tres años, Mizuki no ha dejado ni un solo día, de buscar a Yusuke, en ese empeño se ha esmerado y ha indagado en facetas ocultas de la vida de su marido que la han dañado profundamente. En el esfuerzo ha perdido alegría, horizontes, esperanzas. Sintiéndose abandonada mantiene una inercia vital que la hace parecer una muerta viviente. Por eso la irrupción sorpresiva del marido, su vuelta a casa para saborear unos shiratama recién cocinados, confunde a Mizuki, que no sabe reaccionar, su paralización es la duda sobre si el marido ha vuelto porque su aventura terminó, porque quiere una nueva oportunidad, porque viene a recuperar lo perdido, y es que lo que no imagina es que Yusuke regresa muerto. Tres años vagando después de poner fin a su vida de manera voluntaria, asfixiado por el estrés del trabajo y de su vida personal, el marido ha vuelto para seguir buscando su camino, ése que le permita cruzar al otro lado. Siendo consciente de que su lugar no es el del mundo de los vivos, sabe que ha dejado, antes de morir, muchas puertas abiertas que impiden su paso al otro lado, puertas que, muchas de ellas, necesitan de la colaboración o presencia de su esposa.


La película se estructura entonces como un viaje, un viaje sin prisas y con un objetivo, en ese objetivo está convencer a la esposa que ha llegado el momento de dejarle marchar, de asumir el fín de una vida que no va a volver, atado a este mundo por unas oraciones budistas escritas conn muy mala letra, Yusuke no puede abandonar así como así a su esposa. Para lograr ese propósito se necesita viajar, moverse recordando momentos del pasado que marcaron el presente y el futuro de Yusuke, una forma de que Mizuki conozca aquello que permanecía oculto por no haber hablado nunca antes. El viaje se forma a través de cuatro lugares, cuatro lugares a los que la pareja se desplaza usando el transporte público, retratando el modo de vida japonés alejado del bullicio y la magnitud de Tokyo, las pequeñas ciudades, el ritmo tranquilo, las relaciones humanas más directas llevan a Yusuke y Mizuki a visitar a viejos conocidos del marido muerto, personas dignas muy cercanas a la muerte y que tienen un hilo aún no roto con una realidad que no se acepta. EL repartidor de prensa sr. Shimakage, el cocinero Jinnai y su mujer, la amante de Yusuke, Tonoko, un viaje que Mizuki emprende en solitario para ahondar en la intimidad del marido, un viaje del que expulsa al espíritu del muerto para poder ser libre en sus preguntas y en sus sensaciones, y el capítulo final en el campo, en una aldea donde Yusuke dio clases para adultos y donde todo el mundo sigue queriéndole, viviendo en casa del sr. Hoshitani y de su nuera Kaoru, Mizuki siempre dudará si esas visitas se hacen a personas vivas que lamentan una pérdida o a muertos que se niegan a seguir el camino que les corresponde.

Yusuke no es un ángel que acude a salvar a su esposa, al revés, está buscando su propia salvación ayudando a que un rosario de muertos, encadenados a la tierra por el recuerdo de sus familiares, atraviesen y entren en el otro lado. Para ello hay que convencer al que vive de cuál es la realidad, reparar el daño si es posible, y ayudar a otros muertos que se niegan a dejarse ir o a vivos que hacen lo posible por negar la evidencia culpándose de ausencias inevitables. Todo esto se consigue a ritmo de contemplación de pequeños cuadros en los que el paisaje, urbano, rural o de la naturaleza, se concibe como un arte en sí mismo, entornos en los que flotan presencias corporizadas no destinadas a darnos miedo, sino a conversar. Los fantasmas de Kurosawa están para darnos amor, incluso para hacerlo, alejada de cursilerías y llantos inconsolables, el ritmo fluido con el que se suceden los hechos posibilita que Mizuki consiga conocer el pasado no contado de su marido, entre la que se encuentra aquella infidelidad que le hizo tanto daño descubrir durante la búsqueda del desaparecido. Revelaciones que ayudan a la esposa, no a perdonar, porque es Yusuke quien tiene que disculparse, sino a comprender poco a poco el significado de estar vivo. El diálogo mantenido con la amante de su marido es un portento de reivindicación de la vida y la aventura, del riesgo para sentirse vivo. Cuando Mizuki, para justificar su posición y el respeto que merecía su matrimonio, obtiene la respuesta de Tonoko reconociendo que ella también estaba casada, que ahora está embarazada, que va a dejar el trabajo y a partir de entonces le espera una vida banal para el futuro y no puede aspirar a otra cosa, la decisión de Mizuki es volver a cocinar shiratama para conseguir atraer nuevamente al fantasma, necesita más que nunca terminar la aventura del viaje para recuperar una vida que había dado por perdida mucho antes.

Desde luego esta película está más cerca de “El fantasma y la sra. Muir” que de patochadas sensibleras como “Ghost”, el fantasma salva y se salva, y en el camino ayuda se a muchos otros incapaces de asumir realidades dolorosas que no deben interrumpir nuestro camino. Un piano expresa los sentimientos de Mizuki, antes y después de que Yusuke empiece a intervenir, la luz igualmente advierte a Mizuki sobre si su interlocutor pertenece, o no, a este mundo de realidad. El agua, elemento que el cine de terror japonés ha explotado como residencia de los espíritus, vigila la entrada a otro mundo. Sólo los niños son capaces de distinguir entre vivos y muertos, de colocar a cada uno en el mundo que les corresponde y de asumir con naturalidad las presencias. Tocar al muerto, mirarle fijamente, es decir que debe abandonar un mundo que no le corresponde, estos muertos que vagan a la espera de unas manos que se entumezcan reaccionan de maneras diversas ante la adversidad de no estar donde deben y negarse a abandonar una realidad que no les corresponde. Yusuke se convierte en un guía con un objetivo claro, convencer y dejar que todo fluya con naturalidad con el exquisito uso del tiempo que corresponde a los clásicos japoneses, esa mezcla de contemplación y de lasitud que permite reflexionar y llegar a respuestas vitales.


No hay mejor elipsis que la que no necesita explicación, al finalizar la película comprendemos la relación entre un matrimonio que ha necesitado la mediación de la muerte para conocerse. Un piano enfrenta la realidad y el deseo, una playa une vida y muerte y cierra el círculo que con tesón se construye por el director a lo largo de un camino en el que no falta humor, aunque sea negro, en el que no cuesta reconocer la serenidad de un modo de enfrentar la muerte en el que quienes más miedo tienen son aquellos que, precisamente, están ya muertos, pero que no quieren atravesar el umbral que les acerca a una orilla para la que nunca estás preparado. Nadie puede estar contento sin haber llegado donde quiere y sin haber terminado lo que debía hacer, por eso somos capaces de engañarnos manteniendo flores de papel resplandecientes, cuando la realidad te indica que esas flores llevan marchitas y cubiertas de polvo desde hace años, aunque te niegas a verlo. El viaje sirve para lamentarse de esas decisiones equivocadas de la vida, esas en las que prima lo material sobre lo sentimental, para discernir lo incompatible de una vida basada en mantener la muerte con nosotros, como si fuera vida, aunque para ello tengan que intervenir muertos que se niegan a abandonar a sus hijos en peligro. Kurosawa utiliza la presencia del espíritu fantasmal del cine japonés, el espíritu benigno preocupado por el bienestar de aquellos a quien quiso, porque si el universo tuvo un inicio, también ha de tener un fin, pero vivir preocupado por el fín significa que renuncias a vivir. Una película calmada para transmitir paz, serenidad, reflexión y provocar ganas de aprovechar lo que quede, mucho o poco.