martes, 5 de abril de 2016

IRANIEN (Mehran Tamadon, 2014)


IRANIEN (Mehran Tamadon, 2014)


En la sociedad ideal de Mehran Tamadon se propone un espacio común de convivencia en el que los individuos, cualquiera que sea su religión o su falta de ella, puedan sentirse libres, respetados, admitidos. La sociedad ideal secular del director parte de su propia inexistencia. Realmente cualquier país tiene sus límites y hasta sus desigualdades, hasta los países expresamente laicos sufren la presión de los grupos religiosos; incluso la republicana Francia asiste a sus contradicciones diarias, más fuertes desde que la religión islámica ha crecido exponencialmente en número de adeptos en las últimas décadas, haciendo surgir la contrarreforma. La palabra “adepto” la uso con predeterminación, el adepto es inamovible, el adepto termina fanatizándose, el adepto religioso se convierte en un  peligro para la convivencia porque la  historia de las religiones mayoritarias, a excepción de la budista, ha terminado tratando de imponer su predominio por el uso y el ejercicio de las armas, el adepto es excluyente y puestos a excluir, considera más peligroso al no creyente que al creyente de otras religiones.


El documental de Mehran Tamadon, con financiación francesa como no podía ser de otra manera, parte de un intento desesperado de hacerse oír, de visibilizar su presencia en Irán, de hacer notar la diferencia y su discriminación. Los primeros cinco minutos retratan somera, pero muy eficazmente, la realidad de un país dominado absolutamente por la religión, un control político, cultural y social férreo por una corriente islámica que, ahora, nos parece el menor de los males del mundo en comparación con la evolución sufrida por grupos armados y terroristas salvajes. Un plano fijo de gente que, andando por la calle se paran y muestran su respeto por algo que ellos ven y nosotros no, y que no va a ser la propia cámara del cineasta, para dar paso al interior de una mezquita donde sólo vemos a hombres, hombres que rezan pero al mismo tiempo lanzan consignas de muerte, de adulación de Jomeini y a Jamenei, de odio al infiel sea éste quien sea. Con ese contexto el director pretende mantener una conversación durante dos días con cuantos islamistas estén dispuestos a compartir su casa y su espacio, un rodaje dificultado por el régimen pero al que se prestan cuatro personas, quizás meros señuelos del régimen para saber de primera mano cuál es el objetivo del cineasta.


Desde la superioridad moral de quien se cree mejor por ser creyente, la facilidad de estos estudiosos del Corán para dar la vuelta a los argumentos del laico y terminar acusándole de secular fascista hacen sonrojar de verguenza si no fuera porque contienen un elemento de convicción personal que provoca un miedo interno pensando en aquellas personas que se ven obligadas a vivir bajo ese yugo inflexible. Tamadon ya no vive en Irán, obviamente sus pensamientos son incompatibles con la línea oficial del régimen, y su manifestación pública provocaría su persecución, su enjuiciamiento, su condena. Su negativa expresa a creer en cualquier dios choca de lleno con una teocracia como la iraní, sus alegatos por la igualdad de género, por la libertad de expresión, de conciencia, pueden ser aceptados como hipótesis por sus interlocutores, como algo admisible en una sociedad ideal de absoluto respeto, pero no como marco de convivencia para un país que votó la instauración de una república islámica y en la que la autoridad religiosa tiene el mandato popular, otorgado hace 35 años por el pueblo, para actuar como lo hace.


Los razonamientos por los que consideran adecuado que las mujeres se tapen con el velo, o con algo más que el velo son tan medievales que ni el director consigue hacerles dudar. Su opinión de la inferioridad femenina, de la idea de la mujer como un veneno que se inocula en los hombres por la debilidad de estos (hablan de la facilidad de excitación científica del hombre como argumento para demostrar la necesidad de que la mujer no se muestre públicamente para mantener el orden público) y corrompe a la sociedad entera, no merecen ser rebatidos por absurdos, pero bajo esa idea viven millones de mujeres iraníes sin posibilidad de rebelarse ante esa opresión constante. La idea del director es brillante, crear un espacio público donde se permita la libertad individual con respeto mutuo, un espacio, representado por el salón donde conviven y hablan durante dos días, en el que cada uno colocará la representación de su biblioteca, intentarán llegar a un acuerdo sobre la presencia de fotografías de iraníes célebres (sintomática la exclusión de la poetisa Farrough por el simple hecho  de ser mujer y negarse a llevar velo), discutirán sobre si cabe o no escuchar música, de qué tipo y nunca cantada por mujeres, pero al final, vencerá, sin convencer, la idea de opinión mayoritaria inmutable, Irán es islámica y ha de respetarse la opinión de la mayoría.


Al cabo de dos días Tamadon se queda solo en la casa familiar, ha aguantado bromas tras las que no deja de sentirse una velada amenaza por mantener su disidencia. Si pretendía convencer o hacer dudar a alguno de los asistentes a la reunión de lo injusto de la situación en la que vive la mayoría del país, no lo ha conseguido, pero si lo que buscaba era permitir al occidental conocer ante qué tipo de pensamiento y argumentación retorcida se encontraba, eso si lo ha conseguido con creces. El simple hecho de plantear la idea y rodar el material produjo una consecuencia, que durante unas semanas el régimen le impidiera salir de Irán y le retirara el pasaporte. Separado de su mujer y sus hijos, el director vive en carne propia la imposibilidad de crear esa sociedad de tolerancia y de respeto mutuo. La devolución del pasaporte y su regreso a Francia viene precedida de una advertencia, si vuelve a Irán, no volverá a salir. Un ejemplo claro de lo que es una dictadura por mucho que se le vista de régimen querido por el pueblo. Un sobresaliente ejercicio de estilo que vuelve a demostrar que es más fácil atacar a un régimen despótico desde el ingenio que desde el enfrentamiento frontal, una película que recuerda en su concepción a “Esto no es una película” de Panahi. Una película que aboga por la libertad desde la absoluta falta de la misma.