domingo, 3 de abril de 2016

C,EST L,AMOUR (Paul Vecchiali, 2015)


C,EST L,AMOUR (Paul Vecchiali, 2015)

Los títulos de crédito se nos presentan como un tren, en el camino de entrada al pueblo en el que los personajes van a mostrarnos su vida, sus desgracias, sus deseos, sus insatisfacciones, las letras se nos acercan como si fuéramos dejando atrás raíles. Simultáneamente, un hombre se acerca, el mismo camino y las mismas vías, Daniel Tonnaire (Pascal Cervo) entra en el pueblo como un tren que lo va a poner todo patas arriba. Su llegada subvertirá todo un orden preestablecido de amor burgués y de escenografía teatral donde la verdad se encuentra de puertas para dentro. El amor es necesario, porque trasciende al cuerpo, pero el desamor, como su consecuencia, erosiona el alma, en el fondo, las dos caras del mismo sentimiento terminan dañando, o por exceso o por defecto.


En su anterior película (desconozco el resto de su filmografía y no sé si ya será algo marca del autor o una experimentación anunciada y ahora materializada en su plenitud) hay un momento en que el tiempo se detiene, rebobina, y vuelve a empezar desde el rostro de un personaje diferente, aquí Vecchiali vuelve a experimentar, son dos escenas completas, cuatro o cinco minutos de diálogo que se repiten, en diferentes momentos y con distintos personajes, en las dos escenas repetidas oiremos lo mismo, pero el punto de vista cambia, primero vemos a uno de los actores y al otro sólo le oímos, permanece en fuera de campo mientras los reproches van aumentando y van siendo más hirientes, lo que parece un juego, una ironía un tanto molesta, termina dañando, erosionando el alma. Poco después se cambia el punto de vista, a quien veíamos sólo le oímos, y a quien oíamos ahora le vemos. El significante es el mismo, el significado cambia, la voz desnuda no aporta la misma información que ver a quien la pronuncia. El dolor se multiplica, la sinrazón también.


Vecchiali destroza a dos parejas mientras compone a otra, la estabilidad, la monotonía, la seguridad de la vida en común salta por los aires producto del aburrimiento, de la falta de libertad autoimpuesta, de las jornadas de trabajo eternas que quitan tiempo para quererse, para hablarse, para mirarse. En esa alienación nada de lo que se diga será entendido de la manera más sencilla y honesta, sino por el significado más retorcido y, como el ácido que corroe, lo malsano de una relación en crisis evidente estalla, “me lo has explicado tantas veces que he terminado por no creerlo”, “te amo infinito, tanto como para que pueda engañarme, pero no mentirme”. En el anuncio de la infidelidad, el cambio de escenario se compone como contrapunto. Si el personaje de Astrid Adverbe ha tenido que renunciar hasta a su nombre verdadero por amor, convirtiéndose en trasunto de otra mujer, renunciando a su individualidad para agradar a quien amaba, la otra pareja, en este caso de dos hombres que se conocieron rodando una película (el cine dentro del cine), uno actor, famoso, reconocido, iconoclasta y maleducado, bebedor, el otro maduro, cojo como consecuencia de un disparo de otro amante (las heridas del amor, las físicas y las emocionales) bodeguero, la crisis la marca la distancia y el silencio. Otra pareja en crisis, en la monotonía que sigue al fin de la pasión inicial, al enfriamiento de lo que no es sólido ni con futuro. Angelique-Odile (Astrid Adverbe) y Daniel (Pascal Cervo), la mitad de cada una de las parejas, se conocen a través de la televisión, en ese momento advertimos que será Daniel el amante de Odile, pero ¿sólo el amante?


El color rojo de un pañuelo o el rojo de un vestido une a dos personajes que no se conocen entre sí, en los extremos quedan los otros componentes de sus parejas, que lucharán por no perder lo que tienen aunque sea insuficiente, al marido de Odile, un personaje que siempre corre pero nunca llega a tiempo a ningún sitio, le ayudará su propio padre (Paul Vecchiali, en otro papel mefistofélico de breve aparición pero sintomática presencia argumental), al amante de Daniel le ayudará el regreso del amante ocasional que le disparó, ahora con problemas de alcoholismo, como el propio personaje de Daniel. En este vodevil donde el drama se compone en el exceso de los personajes, pero al tiempo en la contención gestual de los mismos, no deja de haber un toque de humor, de ironía plagada de negrura en la que la lucha por retener a una persona no es sino el ejemplo máximo de la derrota de los sentimientos. Aquello que proyectamos no se parece a lo que pasa en la realidad, las percepciones de lo que se ve cambia en función de quien lo siente y cómo lo siente, para el marido de Odile, ese contable pluriempleado y fatigado, la simple acusación de infidelidad le parece increíble, tanto como que en plena calle una joven desconocida le diga que todo el pueblo sabe de sus problemas familiares, a él, que hasta la noche anterior creía que su vida era estable y, aunque llena de estrecheces económicas, al menos era fuerte en lo emocional.


Vecchiali usa la palabra para mostrarnos la evolución de la insatisfacción humana, cómo de una anécdota se puede pasar a una categoría que distorsiona todo y a todos. Lo que para unos es tranquilidad por el simple hecho de contar con una presencia al lado, aunque sea muda, reservada, como la de un cautivo anhelante de escapar y descubrir nuevas cosas, para otros es desasosiego, es el efecto inexplicable de no entender dónde se produjo la fractura, el alejamiento, la imposibilidad de amar hasta con quien te has acostado la noche anterior. La aparición de personajes como la madre de Odile, la representante de Daniel, el padre de Jean…….no son sino ejemplos del absurdo de la vida, cómo lo que para unos es tragedia para otros es recuerdo de mejores tiempos, lo que para unos es inevitable para otros es ocasión de mejorar. Nada es seguro y nada es tranquilo en la vida, un pañuelo, un baile, un comentario que hace reír a una mujer cambia la perspectiva, y donde viste amor ahora sólo sientes desprecio y angustia, el pueblo que te asfixiaba de repente cobra nueva vida por una nueva persona. Tan es así que si esa persona muere, o muere como Odile para permanecer como Angelique, el tren parte, toma el camino de vuelta hacia el descarrilamiento definitivo. Cuando el tren comience su camino de vuelta, nada volverá a ser parecido y a nadie le importará ese ruido de frenos y ese impacto en la lejanía. Como llegó, el visitante se fue, y dejó un reguero de incertidumbre y preguntas sin respuesta.



Título original: C’est l’amour; Nacionalidad: Francia; Año: 2015; Director: Paul Vecchiali; Guión: Paul Vecchiali; Fotografía: Philippe Bottiglione; Música: Catherine Vincent; Productores: Thomas Ordonneau, Paul Vecchiali; Productora: Dialectik; Intérpretes: Astrid Adverbe (Odile Raffali), Pascal Cervo (Daniel Tonnaire), Julien Lucq (Jean Raffali), Fred Karakozian (Albert Rédiguian), Manuel Lanzenberg (Manu), Mireille Roussel (Isabelle Vaufin), Simone Tassimot (Esther, la mère); Duración: 97 minutos