jueves, 7 de abril de 2016

A FOOL (Yi ghe shao zi, Jianbin Chen, 2014)





A FOOL (Yi ghe shao zi, Jianbin Chen, 2014)

Hay películas en las que una simple escena consigue engrandecerlas, en este caso se sitúa al final de la película. Un simple plástico permite comprobar cómo cambia la visión de las cosas. Cuando el idiota que persigue como un perro doméstico a Latiaozi desde el inicio de la película, se coloca una especie de visera sobre los ojos de color rojo, un simple plástico transparente a modo de cortaviento de un casco de moto, identificamos su acción con la discapacidad mental que le impide hablar, entender, recordar su nombre, su domicilio. Cuando al final de la película el propio pastor Latiaozi se coloca la misma visera, la pantalla se tiñe de rojo, la realidad pasa a transformarse bajo el manto de la bandera del país, lo que hasta entonces hemos visto es la realidad de la China actual. Puede ser demasiado aventurado afirmar que ésta es la decisión que ha tomado el director con el riesgo evidente de que su discurso se interprete como una crítica a un país demasiado grande y demasiado corrupto, pero es la idea que me persigue desde que la he visto, que Jianbin Chen adorna la historia del idiota, transformando en idiota al propio Latiaozi, quien solo trata de hacer lo correcto en un país donde quien es bueno, termina siendo llamado idiota, un país que todo lo controla, pero donde la corrupción moral e institucional aparece por todos los resquicios posibles.


Ganadora del festival de Taipei, el país separado, pero que sigue siendo China al fin y al cabo, aunque les separe el régimen político, “A fool” parte de la comedia costumbrista para llegar al absurdo pseudokafkiano, no es una película sobresaliente, aunque no deja de tener su mérito y su importancia por el retrato de un país desestructurado, como si alguno no lo fuera. Sin que ninguna institución se preocupe realmente por la persona de ese vagabundo retrasado que ha aparecido en una ciudad del interior en pleno invierno y muerto de hambre, Chen utiliza el tono amable para denunciar, otra cosa es que consiga penetrar en el sustrato y en el origen de esos comportamientos. El error de Latiaozi es dar un poco de comida en el mercado al vagabundo, desde ese momento ese tonto del título le seguirá, dará lo mismo que reciba una paliza, que se le lancen piedras, como el perro que acepta como amo al primero que le hace una caricia, seguirá al pastor hasta su casa y pasarán las semanas sin poderse desprender de él. Cuando consiga que, tras poner un anuncio en “objetos perdidos” de una revista, aparezca un familiar que lo recoja y se lo lleve, el calvario no termina, sino que se agrava. Al verse obligado a aceptar una propina por los cuidados, el jefe local del partido le acusará de haber vendido al tonto, la policía sospechará de él, empezarán a aparecer nuevos parientes falsos que le acosan y le exigen dinero por vender a su pariente; de esta manera se verá perseguido en su propia casa por amparar a un vagabundo sin recursos, dejándole dormir en el interior de un corral para que no muera de frío y dándole de comer lo que no ha comido en semanas.



Paralelamente, el matrimonio de Latiaozi y Shaozi está pendiente de las gestiones que se realizan en el entorno del tribunal que ha condenado a su hijo a dos años de prisión para que se rebaje esa pena. No hablamos de abogados ni recursos, hablamos de sobornos, de 50.000 yuanes entregados a un conseguidor para “convencer” a los jueces y rebajar la condena, o permitirle salir antes de prisión. En esa vorágine en la que Latiaozi se ve envuelto, recibiendo críticas de todo el mundo, cuestionándole el simple acto de humanidad que tuvo inicialmente, se le planteará dejar abandonado al idiota, pedir a la policía que le meta en prisión, incluso pensar en poder cambiar a su hijo por el deficiente. Todo ello sin  que ni una sola institución pública se plantee recoger o investigar quién es esa persona que ha aparecido de la nada y que parece no tener familia. Esa creciente angustia de Latiaozi, entre la necesidad de desprenderse del aparecido y la desazón que provoca imaginar si lo ha entregado a quien no debía, incapaz de representarse para qué va a querer nadie a un tonto si no es de su familia, endeudarse para que su hijo pueda volver a casa, al tiempo que aumenta sus créditos para calmar las airadas protestas de quienes van apareciendo diciendo que son los verdaderos familiares del idiota, provocan en el matrimonio un miedo irracional, el miedo de las personas simples y sencillas incapaces de dominar situaciones impensables, alterados en la cotidianidad de una vida rutinaria, trabajar, comer, descansar, por unos acontecimientos ante los que el pastor no puede desenvolverse porque confía en la naturaleza buena de la gente, incapaz de comprender que las diferencias sociales  y económicas se cimentan en esa ciudad sobre la base de una desigualdad originada en el abuso del poder. 

 “No pienses en lo que no puedes imaginar”, le dirá un parroquiano a la pregunta que Latiaozi se hace una y otra vez cuando no dejan de aparecer supuestos familiares, ¿para qué sirve un tonto?, a cualquiera se le representan múltiples variantes, ninguna de ellas buena. Por eso, al final, Latiaozi tiene que reconocer que el verdadero idiota es él, idiota por pensar que todos los mecanismos funcionan con humanidad y sin abuso, creyendo que un poco de corrupción es necesaria para que el sistema funcione hasta que aprende que la corrupción, una vez que toca algo lo emponzoña hasta la médula. Para sobrevivir sólo cabe volverse idiota, comportarse como un idiota y hacerse el idiota, recuperados los 50000 yuanes sin necesidad de emplearlos porque su hijo es dejado en libertad, Latiaozi verá su país, a partir de ese momento, bajo el color inconfundible de la bandera, aunque te estén lanzando piedras o bolas de nieve al mismo tiempo, la China del pastor no es la misma que él pensaba antes de encontrarse con el idiota.