domingo, 10 de abril de 2016

36 (Nawapol Thamrongrattanarit, 2012)


36 (Nawapol Thamrongrattanarit, 2012)

Podría definirse esta película como un producto exquisito para paladares nada apresurados. Normalmente el cine asiático, salvo el de acción, está reñido con el ritmo trepidante y la sucesión de acontecimientos. La acumulación de imágenes es la que va proporcionando la información, y el ritmo pausado el que consigue introducirnos en la esencia de la historia. Obviamente el pensar que esta película tuviera una salida comercial en España sería risible, pero si algún festival se atreviera a proyectar un ciclo de cine tailandés sin arrojar la toalla de antemano, Thamrongrattanarit debería aparecer con todos los honores. ¿Cuántas veces con la ausencia de una persona nos damos cuenta de su importancia? ¿Cómo hemos compartido tiempo, espacio, vivencias, conversaciones, sin recaer en ese influjo hasta que ya no ha habido remedio y no se puede volver atrás para decir lo que desde el presente se siente pero en el pasado quedó oculto de manera inconsciente?. Como flashes, como fogonazos visuales de duración muy breve, poco más de dos minutos las escenas más largas, segundos las más breves, el director construye una recreación de algo que podía haber sido muy importante en lo personal mientras nos muestra los preliminares en la concepción de una película. Relaciones personales iniciándose y prolegómenos de un rodaje se interrelacionan.


“36” son las escenas de esta película de poco más de una hora, 36 planos fijos que funcionan como fotografías de unas sensaciones. Fotos fijas donde se mueve el contenido pero no el encuadre, donde los cuerpos y los rostros pueden entrar y salir del objetivo o, directamente, no haber personas y solo objetos de esa pareja que nunca lo fue. Sai trabaja buscando localizaciones para una película ambientada en la guerra de Vietnam, pero que se va a rodar en Tailandia. Oom es, o pretende ser, director artístico y ayuda a Sai a encontrar esos rincones de edificios con pasado, ahora en ruinas y que puedan proporcionar al director esa sensación de destrozo real. Recuperar el pasado a través del presente. El trabajo de Sai es fotografiar, sin descanso, cualquier perspectiva de habitaciones, objetos, ventanas, luces. Cualquier resquicio del que el equipo de rodaje pueda obtener la información necesaria para concretar el trabajo posterior. Paralelamente asistimos a la fotografía del momento de ambos personajes, juntos, separados, mediante la presencia de terceros, el trabajo técnico comienza a dejar paso al conocimiento personal entre ambos, son conversaciones aparentemente intrascendentes donde tras hablar de la ventaja del digital sobre lo analógico, de los píxeles sobre el celuloide, Sai y Oom pueden hablar de su pasado o de los planes para esa misma tarde, abriendo las puertas a una relación incipiente que acaba cuando el rodaje se pospone.


Al borrarse los archivos del año 2008, y con ellos las fotos que Sai sacó a Oom, o éste a Sai, junto con una única foto juntos, en el interior de Sai algo se remueve, convulsiona, y, al tiempo, despierta. Previamente Sai ha dicho que nunca borra los archivos porque nunca se sabe cuándo se van a poder utilizar, como una predicción, al perderse el contacto entre ambos intenta recuperar el recuerdo mediante las fotografías de aquellos días. Es con la pérdida de esas fotografías, de ese disco duro estropeado que hay que recuperar como sea, cuando parecería que sin el recuerdo físico, ese momento del pasado no hubiera existido. En un intento de reconstrucción del pasado para alcanzar un momento que conecte con Oom, Sai reproduce escenas anteriores, verdaderas fotografías donde el director sitúa la cámara en el mismo lugar para capturar el momento presente con la mente puesta en el pasado. El trabajo previo de la fotógrafa, buscando rincones desde el presente que se parezcan al pasado, se traslada a la vida real del personaje intentando rebobinar, volver atrás, encontrarse con el pasado y retomarlo donde se dejó. Así la escena 19 nos devuelve a la número 1, la 20 a la 4, la 36 con el momento culminante de la 10. Pero nada puede volver, ni los espacios permanecen igual, ni existen las mismas personas. El recuerdo de lo perdido duele, y mucho más cuando esa pérdida se debió a la falta de previsión o de arrojo, a dejar para más adelante lo que no era más que la ocasión inesperada de encontrarse con el amor verdadero.


En el montaje paralelo de situaciones, el espectador siente la impotencia de no poder ayudar a la pareja a reencontrarse, esos 4697 archivos desaparecidos funcionan como momentos que no se hubieran vivido porque no queda nada material de ellos; como si lo que no se puede ver ni enseñar hubiera sido un sueño, una ilusión que solo produce frustración. Mientras ella busca al chico en los lugares donde podría encontrarse hace dos años, pero en los que nada queda de él, él, que copió a escondidas las fotos que ella fue haciendo a lo largo de ese trabajo conjunto, y que pudo provocar la desaparición   de los archivos involuntariamente, tiene, como salvapantallas de su ordenador, esa foto, la única, que se tomaron los dos en la azotea. Él, más cobarde, se limitó a vivir del recuerdo mediante una foto, ella, que inicialmente siempre puso excusas a ser fotografiada, a quedar después del trabajo, cuando se decide a actuar es demasiado tarde, es la ironía de dos que se quieren en momentos distintos para los que el recuerdo, la memoria, es lo único que queda como ensoñación de algo que, realmente, no llegó  a ser. La composición y el ritmo pausado ennoblecen el resultado basado en el intimismo y el minimalismo de la historia y de la imagen. A la propia musicalidad del relato ayuda el uso de la banda sonora a ritmo “pop” que va haciéndose más frecuente cuanto más consciente es Sai de que Oom podría haberse convertido en algo más que su compañero temporal de trabajo. Si la música sólo aparece en 4 de las 25 primeras escenas, en las diez últimas casi es constante, lo que ayuda a crear ese clima de ensoñación y melancolía alrededor del tiempo perdido cuando hubo que aprovecharlo.


Hace tiempo que se viene hablando en determinados círculos de la crítica del cine tailandés. Si las ofertas son de la calidad de 36, no les falta razón a los descubridores para recomendar películas como Mary is happy, Mary is happy; Motel Mist; Vanishing point; By the river o Wonderful Town; propuestas de un cine que es algo más que la figura de Weerashetakul, aunque esté condenada al ostracismo y a vagar por festivales
Nacionalidad: Tailandia. Idioma: Tailandés. Año:2012. Director: Guión: Nawapol Thamrongrattanarit . Fotografía: Pairach Khumban. Productores: Aditya Assayat, Soros Sukhum, Nawapol Thamrongrattanarit. Intérpretes: Vajrasthira Koramit, Wanlop Rungkamjad. Edición: Chonlasit Upanigkit. Diseño de producción: Treesanga Itthisak, Shookarn Rasignet. Sonido: Sorayos Prapapan. Duración: 68 minutos
 
 
https://youtu.be/qc32yu6n_1Q