sábado, 26 de marzo de 2016

UN DÍA VI 10000 ELEFANTES (Alex Guimerá, Juan Pajares, 2015)


UN DÍA VI 10000 ELEFANTES (Alex Guimerá, Juan Pajares, 2015)


Cuando en 2002 vi “El chico que conquistó Hollywood” asistí por primera vez a un tratamiento visual del documental que me impactó. Fotografías dinámicas, fondos que se movían con proyecciones de personajes inmóviles, siluetas recortadas que parecían cobrar vida para contar la vida de un productor de Hollywood, su nacimiento, auge y caída. Fue la primera vez que vi algo similar, ahora ya no me sorprende, no deja de ser frecuente en el mundo del documental este uso del material de archivo en ausencia de imágenes reales. Ahora bien, en “Un día vi 10000 elefantes”, el uso de esta técnica se acompaña de imágenes reales obtenidas de los documentales que rodó el equipo que llega a Guinea Ecuatorial en 1944, de dibujos, de tratamiento de personajes reales como seres de stop motion, o lo que sería una versión avanzada y sugerente del mundo de Vera Chytilova. Todo ello con un propósito, reflejar un momento, una expedición, una aventura de un cineasta en plena dictadura franquista. Sin hacer referencias históricas, dejándonos llevar por un choque entre dos culturas, por la imposibilidad de saber mirar más allá de lo ya aprendido y sin liberarnos del prejuicio, Guimerá y Pajares se adentran en la recreación ficticia, pero con mucho de real, de un viaje, el del equipo de Hermic Films por Guinea Ecuatorial a partir de diciembre de 1944 y durante dos años, por la colonia africana.



Los documentales encargados por el gobierno franquista buscaban retratar la forma de vida africana, contraponiéndola a la española, y mostrar los aparentes avances del país gracias a la intervención española. Obviamente la mentalidad española del momento queda reflejada por los apuntes de viaje del propio director, los guineanos son “los morenos”, el documental cuenta con el problema añadido de que las mujeres suelen ir con los pechos al aire, porque la naturaleza no se esconde para la mentalidad africana, con lo que la exhibición posterior iba a ser un problema para salvar la censura, militares y religiosos trataban de imponer su punto de vista sobre lo que había que exhibir del lugar. Los expedicionarios eran recibidos con cordialidad por todos los lugares que visitaban filmando las costumbres de un país que la metrópoli considera como un lugar perfecto para la explotación y, por qué no, el enriquecimiento de unos cuantos. Frente a las reflexiones del director Manuel Hernández Sanjuan, el contrapunto lo ofrecen las grabaciones en estilo stop motion, mezclando las imágenes reales con el atrezzo superpuesto de dibujo y simulación artificial del decorado, del guineano que más contacto tuvo con él, Angono, bautizado sin preguntar como Manuel, un hombre lleno de las heridas del progreso, que cuenta sus recuerdos desde una residencia de ancianos en la provincia de Barcelona, y donde explica por qué Sanjuan no podía encontrar, ni ver, el mito que andaba buscando, aquel lago en el que cuenta la leyenda que se podían ver 10000 elefantes juntos, un Manuel a quien nunca nadie volvió a llamar Manuel desde el día de su bautizo.



Los españoles, como cualquier invasor, no se planteaban adoptar las costumbres del lugar, sino cambiar a las personas y al entorno, para hacerlas parecer a la metrópoli lejana, comidas, vestidos, educación, religión, lengua…. se fueron imponiendo sobre las costumbres nativas, aceptadas con una docilidad extrema por los habitantes del país, quienes aparentaban entender para satisfacer al hombre blanco, aunque en su interior mantenían su esencia africana y no alcanzaban a comprender el significado de esas nuevas costumbres. Esa docilidad y cobardía con la que asumieron tener que talar árboles inmensos para abrir carreteras por las que circularían coches en los que solo viajarían hombres blancos mientras los guineanos lo seguirían haciendo a pie. La película enseña la dificultad para poder mirar e interpretar cuando se parte de culturas diferentes y no existe guía alguna que ayude a comprender lo diferente. Desde la llegada del equipo español éste es incapaz de comprender la forma de ser del nativo, se exasperan con su falta de respuestas, con su fabulación, con su facilidad para narrar historias interminables que, aparentemente, no tienen nada que ver con lo que se les pregunta, remontándose a generaciones que no han conocido pero de  las que han heredado una cultura oral desconocida para los europeos.


Es esa ceguera la que impide al expedicionario avanzar en su anhelo, encontrar ese lago a cuya ribera pastan los elefantes del título. Aunque los tenga delante de sus ojos será incapaz de ver, porque su mente sólo identifica elefante con animal, cualquier otra opción que se salga de la literalidad será imposible de asumirse y contemplarse. Por eso cuando Angono compruebe que los 10000 elefantes existen de verdad, en un viaje provocado por la diferencia cultural y el abuso del indígena por el hombre blanco, pero esos elefantes no se parecen a los que el español querría ver, opta por callar, en sus propias palabras, “ faltó el sabio para enseñar a imaginar”. Del mismo modo que para el guineano resultaba incomprensible ver barcos de hierro o pájaros de metal que flotaban o volaban, el español no podía imaginar en un paisaje la existencia de esos elefantes porque carecía del sentido de imaginación necesario. Son tus prejuicios, tu cultura, las que te impiden pensar como el originario de un lugar, da lo mismo dónde estés y con quien te relaciones, si no estás dispuesto a convertirte en guineano, no vayas a Guinea pensando que todo es igual y todo lo puedes transformar.


Bella película, visualmente perfecta, originalmente expuesta la historia de unos pioneros españoles del mundo del cine. Dos culturas impermeables, una dominante y otra que se deja dominar pero que no interactúan, dos modos de entender su relación con el entorno, y un legado cinematográfico que existe, aunque fuera escasamente difundido en su momento. Una sola proyección pública de los documentales fue el legado guineano que dejó Manuel Hernández Sanjuan para su país, porque ni aquí, ni allí, podíamos imaginar lo que no nos pertenece.