lunes, 21 de marzo de 2016

TRIBUNAL (Court, Chaitanya Tamhane, 2014)


TRIBUNAL (Court, Chaitanya Tamhane, 2014)

Narayan Kamble es un cantautor y poeta, como tal, comprometido contra las injusticias de su país, contra las desigualdades promovidas por el sistema de castas, la religión, la lengua, el poder omnímodo, una democracia de esas imperfectas que tanto nos gustan porque se ha transformado en un país emergente que nos compra productos y exporta barato. El país es la India, Narayan cuenta con antecedentes por ser “subversivo”, algo que para países de nivel laxo en el respeto a los derechos humanos engloba tanto al terrorista confeso como al disidente político o, simplemente, al activista. Tamhane en su opera prima, ganadora de Orizzonti en Venecia, desnuda, con precisión casi quirúrgica, las miserias de un sistema judicial inoperante, absurdo, corroído por la corrupción, y por elevación, retrata a toda una sociedad que acepta el estado de las cosas, por más miserable que sea. “Tribunal” es una de las grandes películas de inicios de 2016 en cartelera, más grande cuanto que ofreciendo una cosa muy simple, termina extendiendo tanto su mensaje, sus imágenes, su crítica, una película que partiendo del género judicial, se convierte en una auténtica denuncia social.


Con la distancia del documentalista, casi como el entomólogo que analiza la vida de una colmena o de un hormiguero, la cámara del director se sitúa en el punto medio entre la lejanía que no molesta, y el plano medio que no interfiere en la acción. Si en algún momento se nos dijera que asistimos a unos hechos reales, grabados en un verdadero tribunal y que lo que presenciamos es reflejo de la realidad, pensaríamos en la existencia de una cámara oculta que recogiera nuestra credulidad. No es así, estamos en el mundo de la ficción, en escenarios que son los reales, pero con actores que parecen personas de la calle. Por cantar en un festival que recuerda una matanza gubernamental contra una minoría, Narayan termina en prisión sin fianza acusado de incitar al suicidio a un empleado de los servicios de limpieza de alcantarillado. El cantante podría haber llegado a cantar (fíjese el condicional, ni es seguro que lo hiciera) una canción en la que una estrofa invitaba a los alcantarilleros a suicidarse, y ese mismo día, uno de ellos aparece muerto en una de las fosas. Parece irreal ¿verdad?, estas cosas solo pasan en India, ¿seguro?. Pensemos en titiriteros, en películas secuestradas (A serbian film fue secuestrada en un festival español y el director del festival imputado por delito de “pederastia”, confundiendo ficción con realidad), en cantantes juzgados penalmente por cocinar un cristo de madera, en activistas condenadas por protestar contra la presencia de espacios religiosos, católicos claro, en espacios de todos, enseñando, o cielos, unos sujetadores……esto es en España, así que no nos riamos tanto de las miserias ajenas si no somos capaces de limpiar las propias.


Tamhane compone la película desde el absurdo pero sin caer en el ridículo, sin gracias, ni chistes fáciles, con la seriedad que merece una petición de condena de más de 10 años para una persona que supera los 60, con la salud maltrecha por anteriores temporadas en prisión, por el simple hecho de cantar una canción, o no, y por la realidad de estar permanentemente en el punto de mira policial para ser apartado de la calle. La risa puede proceder de la impotencia y de la absoluta maquinación burocrática para perjudicar a una persona que no levanta la voz en toda la película. Es la consecuencia de conocer las cloacas del sistema y lo que le espera. Tamhane así, puede reírse, desde la seriedad, de un sistema judicial obsoleto donde el juez es amo y señor sin tener que rendir cuentas a nadie de sus decisiones, asistimos a un proceso de investigación con vistas públicas donde el acusado permanece ausente continuamente, donde la presunción de inocencia se transforma en presunción de culpabilidad, donde el pasado del acusado juega como prueba en su contra, donde el abogado defensor choca contra un muro irrazonable y contra el que es mejor no protestar para no perjudicar a su cliente. Jueces y fiscales, que viven de manera muy modesta, que tras largas jornadas de interrogatorios, llegan a su casa para seguir trabajando ellas, como auténticas siervas, mientras el machismo de la sociedad india queda en entredicho una vez tras otra.

Lo que empieza siendo una crónica judicial, una crítica feroz que se asemeja al retrato judicial iraní de “Historia de una separación”, empieza a ramificarse, a trascender, para retratar a la totalidad de la sociedad india, desde las relaciones entre padres e hijos, la influencia religiosa, no sólo de la religión oficial sino de cualquier secta a la que no conviene ofender para no exaltar los ánimos incendiarios de sus seguidores, la corrupción policial presentando testigos falsos o haciendo registros sin orden judicial porque una niña les permite la entrada en el domicilio del acusado, la corruptela de la fiscal que quiere ganar ese caso para seguir sumando puntos en su carrera a la judicatura sea cuál sea la consecuencia final de su exacerbada acusación, el racismo de la sociedad india, magistralmente retratado en una escena de una representación teatral que debería ponernos los pelos de punta porque hay declaraciones políticas en nuestro país que se han acercado muy mucho a esos contenidos.


La película no admite concesión ni respiro, a modo de escenas de una obra teatral, se mezclan los momentos de instrucción judicial, modélicos en cuanto a la representación kafkiana del “proceso”, con los intermedios que nos muestran la vida diaria del abogado, del juez, de la fiscal, la familia del fallecido trabajador. Para todos y cada uno de los intervinientes, el proceso penal es lo de menos, todos están preocupados por situaciones más acuciantes, personales, familiares, económicas………sólo el abogado defensor se lleva el caso a su casa, dedica más tiempo del que, honestamente, cualquiera dedicaría a su trabajo convencido de la inocencia de su defendido. Que el proceso demuestre que el trabajador bajaba a las alcantarillas sin medidas de seguridad, que para saber si había oxígeno o no, lanzaba una piedra a la entrada para ver si salían cucarachas y ratas que le mostraran la existencia de vida, que acudía a trabajar completamente embriagado, resulta irrelevante. Cuando el sistema va a por Joseph K. no hay quien lo pare. En una vuelta de tuerca desconcertante, y sin revelar su contenido al lector, todo es susceptible de empeorar inventándose una calificación penal sorpresiva para el acusado. Mientras, a nadie le preocupará el inicio de las vacaciones estivales y el cierre de los juzgados, ese plano de cierre del tribunal estremece imaginando cuantas personas como Narayan quedan en un limbo temporal a la espera del retorno. El juez se marchará a un “resort” (es el nombre del hotel, pero completamente alejado de nuestro concepto) y olvidará el día a día lamentable de su trabajo, el abogado tendrá que esperar la reanudación del año judicial para plantear nuevas intentonas de liberar a su cliente, la fiscal seguirá pensando en prosperar para poder dejar de ocuparse en exclusiva del trabajo y del trabajo doméstico, y mientras, nuestro cantante protesta se seguirá pudriendo en una cárcel india, resignado porque sabe que el sistema le declaró culpable incluso antes de cantar, que lo que el sistema quiere es retirarle de la circulación de manera definitiva, con o sin pruebas, con o sin motivo, con un sentido de la justicia muy alejado del real porque mientras el sistema se ceba con este eslabón débil, olvida que el poderoso se lucra explotando a millones de personas, nadie persigue a quien obliga a trabajar poniendo en riesgo su vida, nadie se ocupa de la viuda o los hijos del fallecido mientras trabajaba. Desde su estrado, el juez mira con suficiencia y con la mal llamada autoridad del déspota, todo un catálogo de conductas que considera reprobables sin pararse a pensar, ni un solo momento, en las razones de los hechos, ni en la situación de las personas. Para él lo lamentable es que cualquier licenciado en empresariales gana mucho más que él recién salido de la universidad, o que un grupo de niños perturba su siesta en el hotel.