viernes, 11 de marzo de 2016

TODO COMENZÓ POR EL FÍN (Luis Ospina, 2015)


TODO COMENZÓ POR EL FIN (Luis Ospina, 2015)

WEB DE LUIS OSPINA

“Así es como termina el mundo”

Luis Ospina, Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, Óscar Campo, Hernando Guerrero, Patricia Restrepo, Clarisol Lemos…….y muchos más nombres de la cultura alternativa colombiana, o mejor dicho, calieña, porque Cali es el eje que articula este relato, una ciudad que suplanta e implanta, una ciudad usada por el grupo que se inventó la suya propia, su propio refugio creativo, “La ciudad solar” y, que al tiempo marcó el carácter de sus componentes. Ciudad Solar se convirtió en una alternativa cultural no oficial para la ciudad de Cali y comprendió dos etapas: la primera –de 1971 a 1973- en la casa del barrio La Merced, propiedad de la Familia Guerrero, en la misma manzana del Teatro Municipal de Cali. La segunda –de 1973 a 1977-, en el primer piso de la casa ubicada en la colina del barrio El Peñón. Se inauguró el 26 de julio de 1971, aunque desde noviembre del año anterior vivían allí Guerrero y “Pakiko” quienes la adecuaron artesanalmente para los  propósitos del proyecto. En esta “casa vieja, destartalada y coja”, como lo anunció la prensa local, residieron el fotógrafo, diseñador y editor Hernando Guerrero, la ecuatoriana Mirta García, el fotógrafo “Pakiko” Ordóñez, Pilar Villamizar, actriz de la película Angelita y Miguel Angel, Andrés Caicedo y Miguel González. Allí mismo nacieron dos niñas: Verónica, hija de Mirta y Hernando, y Satiana, hija de Pilar y Pakiko. Mucha otra gente pasó, mucha otra gente se instaló y se marchó, pero el espíritu libertario de este grupo de artistas transformó el espacio cultural en una especie de comuna, de ciudad-estado sin ley ni orden, más que el del compañerismo, el amor libre, la creación, la solidaridad. Un mayo del 68 que, como dicen los protagonistas de la historia, llegó a Cali en mayo de 1971, pero mucho mejor, porque el tiempo hizo que la experiencia perdiera lo agresivo y se centrara en lo placentero, contando lo plástico desde su lado cinematográfico. 40 años en tres horas y media, ese es el reto de Luis Ospina al contar su historia y la historia de su gente, de cómo la Ciudad Solar terminó cerrando, o el cineclub de Cali, situado en el teatro San Fernando, ha terminado convirtiéndose en una iglesia evangélica.


La película la divide Ospina en cinco capítulos, precedidos de un prólogo y un epílogo donde él asume el protagonismo. Con una salud frágil, Ospina sitúa la necesidad de la película en la detección de un tumor extraño y poco frecuente que afecta a su aparato digestivo, en el largo proceso de tratamiento, Ospina registra sus estancias hospitalarias, su diagnóstico, las prescripciones, las operaciones y tratamientos, y lo hace sin pudor, situándose en primer plano y no ocultando al espectador lo incómodo y duro de la vida de un enfermo de cáncer durante el largo año hasta su operación, y después cuando continúa en tratamiento. En esa antesala de incertidumbre entre la supervivencia y la muerte, sin aparentar perder la calma, pero con la permanente duda de si ésta se convertirá en su última obra, Ospina entra de lleno en el retrato de una generación  o de un grupo de amigos que se transformaron en una pandilla generacional por compartir su amor por el cine, la literatura, la pintura y la fotografía. El hipotético testamento de Ospina lo utiliza para dejar testimonio de una época y de sus personas. Los escenarios de Ospina, excluyendo ese prólogo y epílogo, oscilan entre el recuerdo de las viejas películas del grupo, los recuerdos de los que fueron jóvenes y ahora sufren y ríen con los recuerdos en la reunión que organizan en casa de Luis, en ese exorcismo final de celebración de la vida, de intentar comprender lo que pasó y porqué pasó en esa ciudad y en ese momento. Toda esa explosión creativa en un país que se iba a pique, si alguna vez estuvo a flote, cuando la guerra civil y la muerte segaba vidas por todas partes, cuando la política no tuvo escrúpulos en coquetear con el narco. Una creatividad enorme que coincidió con el auge y dominio absoluto del cartel, en Cali el suyo, pero que fue exportándose a otras ciudades hasta agusanar el sistema.

Andrés Caicedo, el poeta maldito, y Carlos Mayolo, el suicida diferido, como ausentes, como muertos cuya presencia sigue viva por su enorme peso sobre los demás. Ambos capitalizan el documental partiendo de su obra y su forma de ser, hasta llegar a ese ascendente que empequeñecía al resto. Ambos muertos prematuros, uno lo consiguió dejando un cadáver joven y bonito, mientras el otro dedicó gran parte de su existencia a matarse poco a poco, a consumir todo tipo de drogas para ir minando su salud, su creatividad, y terminar muriendo en un lento suicidio en diferido. Si Caicedo representa la imagen del romántico para el que, alcanzados los 25 años de edad, cualquier excusa es buena para quitarse la vida, Mayolo asume su vida como una carrera que se puede terminar, pero en la que hay que apurar hasta el último momento disfrutando de lo que gusta, sea el cine o sea el vodka.  En la película “Pharmakon”, de 2012, se hace una radiografía punzante de cómo era la vida de Mayolo y su camino a la muerte, 4 cachos de marihuana diarios, 3 gramos de cocaína, 1 botella y media de vodka, sustancias necesarias para “pasarla bien”, un politoxicómano, dependiente, con síndrome de abstinencia, depresivo, con agitación motora, con alucinaciones permanentes a quien lo que le gusta de la vida “es la droga y la muerte” cuando su compañera le dice “Mayolo, te estás matando”.


La película está llena de enfermedad y de muerte, pero también de cine y arte, de sexo y vida, de celos y rencores, de amistad y de pérdidas. La enfermedad persigue a Ospina desde su infancia, y no lo oculta, a diferencia de las muertes de Caicedo y Mayolo, la suya no va a ser recordada, no va a ser glosada literariamente ni en películas, “Unos pocos buenos amigos” para Caicedo, “Carlos Mayolo, de película” para el segundo, pero va a ser una muerte irrepetible, porque es la amenaza de la propia muerte, una sensación imposible de transmitir, la que inevitablemente se encuentra en el origen de esta última obra. A la necesaria reflexión vital le acompaña un deje de tranquilidad, un hasta aquí hemos llegado, hagamos algo grande para inmortalizar al grupo. Si sus películas se adelantaron a los acontecimientos, como en “Soplo de vida”, donde Ospina colocaba a un personaje enfermo de cáncer, o en “Autorretrato”, donde otro tenía problemas de insomnio, esta película documental va a regresar al pasado para delinear con precisión, tomando la obra y la palabra de los propios protagonistas del momento, reflejando su transgresión, su creatividad, su libérrima concepción de la vida y las relaciones. Si el régimen gastaba dinero en propaganda para vender la imagen de Colombia de cara a unos juegos panamericanos en Cali, el grupo rodaba y proyectaba “Oiga, vea”, un documental donde la presencia de aquellas personas que no podían entrar a ver las competiciones por su exclusión social era el objetivo, si la cultura oficial rodaba en Latinoamérica películas en las que se mostraba la miseria y las condiciones infrahumanas de existencia de millones de personas, el grupo se inventaba la “pornomiseria”, para denunciar esa situación en la que la intimidad y la desgracia ajena se utilizaba para hacer negocio.

El sentido del humor no abandona a los supervivientes, como no lo perdieron nunca mientras trabajaban, “no se sabía si estábamos rumbiando o trabajando”, como ante el primer viaje de uno de ellos, Caicedo, a Los Ángeles, de donde volverá diciendo “no angels in L.A.”, o la anécdota del primer “desertor” del grupo de la Ciudad Solar, Hernando Guerrero, que marchó a la RDA a un festival de la juventud “y volvió viejo”. “Conjunto de perdedores que imaginaron que la ruina era lo mejor”, decía Isla Correyero, pero absolutamente insertos en la realidad de su momento, como cuando ruedan “La mansión de la Araucania”, las masacres que aparecen en pantalla empiezan a coincidir con las matanzas campesinas, o las explosiones terroristas en Cali, Medellín, Bogotá. Si el cine ha muerto, como proclamaba Rosellini, ello dio origen a la primera película casera de Ospina, “Murió joven”, si la cultura colombiana se olvidó del cine para centrarse en la rumba y el fútbol, ellos se mudaron al lenguaje televisivo, si la prensa buscaba ejemplares de hombres-vampiro en todos los países de Sudamérica, y retrataba permanentes desapariciones de jóvenes que aparecían desangradas, ellos podían rodar “Pura sangre”. Nada era respetado ni nada era imposible, incluso era necesaria la anarquía para conseguir encontrar una solución genial ante la inminencia de un amanecer, tras toda una noche trabajando sin rodar una sola escena, pasando de seis tomas previstas a un extraordinario plano secuencia improvisado.


“Itinerario de un cinéfilo”, sobre la formación del grupo, sus relaciones iniciales, la creación de la ciudad solar, sus reuniones en el Café del Turco, “Relaciones peligrosas”, centrado en la figura seductora de Andrés Caicedo, su ascendente sobre los demás, su prosa, su suicidio anunciado y su muerte buscando culpar a su compañera, su éxito literario tras su muerte, sus filmaciones con menores haciendo de adultos y hablando de temas de adultos, drogándose en escenas que hoy no podríamos aceptar como asumibles ni imaginables, “Caliwood” situando a la ciudad como meca del cine colombiano, la eclosión de directores, películas, la historia del cine como la historia de amigos que se unen y hacen lo que quieren (Jonas Mekas), la cumbre alcanzada con la presencia de Herzog para rodar “Cobra verde” en Cali y el punto de inflexión que supuso enfrentarse a dos monstruos del cine como Herzog, y, sobre todo, Klaus Kinski, “ese hijo de puta que veía todo lo que pasaba en 360 grados” alrededor, “Celebración”, el capítulo dedicado al declive y camino hacia la ruina física de Mayolo pero, al mismo tiempo, mostrando a un director de “chispazos”, de genialidades dentro de películas aparentemente poco recomendables, en las que terminaba saliendo un momento de genialidad irrepetible y “No puedes regresar a casa-Celebración”, punto final de la historia, un recorrido por los lugares que forjaron al grupo y las personas que lo hicieron posible, la constatación de que nada puede ser repetido, nada puede volver atrás, pero cómo en los lugares permanece, imborrable, el recuerdo, la presencia, el sentido de lo hecho y el porqué de lo que se hizo, son los cinco capítulos que dan lugar a la creación de una gran película, a un documento dedicado a un grupo de amigos que destinaron sus vidas al arte, en el que muchos persisten, y otros quedaron por el camino producto del abuso, de las drogas, de su fragilidad mental. Nombres cuya inmensa mayoría son desconocidos en España, siempre tan lejos y siempre tan cerca de Sudamérica  y todo lo que representa, y en cuya elaboración Ospina tiene la ayuda de José Luis Guerín  para rodar unas breves intervenciones de Miguel Marías hablando sobre ese cine y sobre Caicedo. Un gusto enorme descubrir cine como éste, un mayor gusto saber que Ospina tiene sus películas disponibles para el público en su propia página web, una película que te invita a descubrir libros y más cine, es decir, un producto redondo que consigue generar interés suficiente para seguir ahondando en el camino que te ha mostrado. En definitiva “Todo comenzó por el fín” es un camino hacia la muerte lleno de vida.
“y así llegamos al final de la película, no ha sido más que una película sin ese clásico final feliz, lo que aquí se vió, fue, no más, lo que nos pasó”