martes, 22 de marzo de 2016

SPECTRE (Sam Mendes, 2015)


SPECTRE (Sam Mendes, 2015)




Vamos a jugar con la muerte y la psicología fragmentada, el largo y espectacular preámbulo nos ofrece las sabrosas pistas con las que hemos de jugar durante toda la representación, excesiva, espectacularmente alargada, ese preámbulo que concluye con unos títulos de crédito donde los rostros de la serie “Daniel Craig” se rompen en mil pedazos. Una cabalgata de muerte por las calles del D.F. hasta la plaza de las Tres Culturas, y al unísono un tsunami de destrucción y caos al paso de 007. El agente secreto con licencia para matar está cumpliendo los deseos de la fallecida M, Judi Dench, ajeno a normas y directrices, no hay como una madre para saberse imponer. Como el profesor que pone tareas, el testamento secreto de M dejó a Bond una serie de encargos para después de su muerte, con la clara consigna de matar primero y preguntar después. El desfile de muertos no es más que la resurrección de los que se creían enterrados desde hace mucho. Si a cada victoria de Bond le seguía una pérdida dolorosa personal, “Spectre” es el carnaval definitivo en el que el héroe se enfrenta a su redención definitiva o a su aniquilación.



En “Spectre” se juega con la vida, y también con la muerte, el espectro del título, lleno de brazos y ramificaciones, no es más que el doble en el espejo, el lado más oscuro del más oscuro Bond. Mendes ha conseguido elevar la calidad del mito cinematográfico para dotarle de personalidad y oscuridad. Le ha entregado una psicología que estaba ausente en la saga, centrada en lo espectacular de muerte y persecuciones, pero con personajes planos y reiterativos que abocaban a la serie a desaparecer por inanición y falta de interés. Por eso la principal baza del director, como podría decirse de la serie Batman tras la incorporación de Nolan, o la de Bourne con Greengrass, es la de crear un personaje y, posteriormente, una historia al lado del mismo. Manteniendo las notas identificativas de un icono pop, Bond ha sido rehecho y convertido en personaje de drama existencial sin perder un ápice de su caricatura como seductor e implacable ejecutor. Skyfall y Spectre conforman una única película gloriosa, sólo que, por separado, la segunda parte no alcanza los niveles de excelencia de la primera, pero esto es mero juicio personal. Aquello que aparecía balbuceado y como esbozo en Casino Royale y Quantum of solace, alcanza plenitud y magnificencia en Skyfall y en su culminación. El camino hasta la resolución ¿definitiva? se alarga demasiado una vez desveladas las cartas, esa persecución y eliminación sigue dos caminos paralelos, eliminar al espectro de la propia imagen de Bond y seguir creyendo en el mundo libre, algo para lo que Bond no está preparado, pero ahí entra la labor del nuevo M, Ralph Fiennes, y la inestimable ayuda para ambos de Q (Ben Whishaw). Bond, James Bond, nos enfrenta con la realidad del mundo actual, la manipulación de pruebas, las conexiones interesadas y difusas entre poder político y poder corporativo, el fín último del control absoluto de la información y la aniquilación de la democracia hasta sus últimos residuos, sea lo que sea lo que es la democracia, como dice el nuevo C, el intérprete y el personaje más blandito e insustancial de la película, cuya doblez es muy rápidamente advertida sin necesidad de ser especialmente hábil.



A diferencia de otros productos previos de la serie, o de películas de acción unánimemente aclamadas, en Spectre podemos pararnos, el artefacto no se resiente cuando la alocada persecución se detiene y los personajes hablan, se retan, se aman, se cuestionan. Es más, es en la palabra donde Bond consigue la diferencia frente a otros productos donde la acción enmascara la debilidad de la propuesta, hablando y quieto, Bond ha de enfrentarse con su memoria, con su debilidad extrema al pensar en su pasado, con el reguero de muerte y destrucción que le acompaña, impedido de mantener relaciones personales por la intervención de la muerte. Pero, ¿y si todas esas muertes de sus seres amados no fueran consecuencia del azar o de su profesión? ¿si fuera su doble, su espectro, el que hubiera decidido martirizar al agente secreto y eliminar cualquier posibilidad de tener una vida normal? Si esa mezcla de eros y tánatos que le persigue no se debiera a su profesión sino a su persona y a su pasado, ¿cambiaría su percepción del futuro?. Se supone que en la escala de perversidad, “Spectre” nos desvela la identidad del jefe supremo de esa organización que está a punto de controlar el mundo del crimen y el mundo de la legalidad, acaparando toda la información mundial. La persona a la que debían obediencia Le Chiffre, Quantum, Silva………..reaparece de entre los muertos y, como los esqueletos de la frenética escena del plano secuencia inicial, se inmiscuye totalmente en el mundo de los vivos para recordarles quién y cómo manda, dispuesto a eliminar a sus adversarios borrando su memoria, eliminando su conciencia de persona, modificando sus recuerdos para olvidar hasta su propio nombre. Blofeld no se contenta con eliminar, sino que quiere saber que el eliminado ya no recuerda ni quien fue. Estamos acostumbrados a la salvación in extremis del héroe, al azar milagroso, al despiste redentor, al golpe de fortuna, lo que no estamos acostumbrados es a ver a Bond salvado por el amor (el personaje de Madeleine, Lea Seydoux, es el arquetipo de la chica Bond, pero resulta trascendente en el desarrollo de la historia aunque su definición sea mejorable), y, definitivamente, por la falta de balas. El personaje de Blofeld (Christopher Waltz) se enfrenta a Bond reapareciendo desde las sombras, el fantasma revive. Mientras Jekyll y Hide luchaban en fases sucesivas con un solo cuerpo, Blofeld y Bond lo hacen desde dos seres unidos por el pasado y la muerte, un villano para dominar el mundo que, como culminación, quiere, también, conseguir el poder de destrucción absoluta sobre ese hermano de adopción que fue Bond.



Que Bond procedía de una familia desestructurada ya lo sabíamos, que la M encarnada por Judi Dench ejercía de madre edípica también, que Ralph Fiennes pasa a ser el padre adoptivo riguroso, al que tener confianza pero que no nos va a regalar el oído ni nos va a proporcionar consuelo también, que los hogares de Bond terminaron saltando por los aires en la excelsa “Skyfall” borrando recuerdos y anclajes emocionales lo mismo. La orfandad del héroe se hizo absoluta y ahora toca limpiar el mundo y su propia casa, reconstruir lo que parecía imposible, crearse una familia, un hogar y eliminar las ratas de nuestro entorno. Nunca Bond se enfrentó a un rival más poderoso; al poder, al dinero, a la inteligencia, se le suma el rencor más profundo de todos, el que proviene de la envidia que origina la propia familia, el rencor de los afectos compartidos, de los privilegios ciertos o infundados producto de favoritismos sólo sentidos o evidentes. El reto que afecta al orden mundial se personaliza desde el odio y el rencor arrastrado desde la infancia, el poder del anillo espectral desborda el mundo de los negocios, aunque sean sucios, y se infiltra en el mundo de lo personal.




Los muertos……están vivos, reza un rótulo en ese magistral tour de force inicial de la película, un hombre y una mujer, elegantemente vestidos, pasean a contramarcha, por las calles del D.F., llevando máscaras de calaveras. La muerte anda suelta y se viste con el cuerpo de Bond, que nos ha mostrado el espectro de su alma antes de enfrentarse  al espectro de su cuerpo. Separados por un cristal, Bond y Blofeld se superponen y se reflejan, incluso el juego de espejos que se forma hace salir de la silueta de Bond, la silueta de Blofeld, dos y uno, la cara amable y la cara oscura de un personaje desdoblado y en lucha contra ese mal evidente y contra su ser interior formado para no apartarse de un camino. En la frenética búsqueda entre las ruinas de la antigua sede del MI6, Bond corre a contrarreloj por los canales cerebrales de su memoria, en esa búsqueda rememora muertos pasados, presentes y quizás, hasta inminentes, recorriendo las ruinas puede conseguir reconstruir un hogar perdido. Nunca como en esta “Spectre” quedó tan claro que Bond renuncia a sus dos espectros dispuesto a empezar una vida nueva. No seremos tan ingenuos pensando que “Spectre” pone punto y final a la serie, pero ojalá fuera así porque la entrega de Mendes roza la perfección en la definición de un personaje que nunca volverá a ser lo mismo, podrá volver a parecerse a los estereotipos de Connery, Moore o Brosnam, pero “el personaje” se ha visto superado por el individuo, y ese individuo ya optó magistralmente, por deshacerse de las armas lanzando su pistola al Támesis y reivindicando su derecho a conducir el Aston Martin, bien ganado lo tiene James, siempre Bond, siempre James Bond.


  

Ficha técnica

Reino Unido, 2015. Título original: Spectre. Director: Sam Mendes. Guión: John Logan, Neal Purvis, Robert Wade, Jez Butterworth (Novela: Ian Fleming). Fotografía: Hoyte van Hoytema. Música: Thomas Newman. Reparto: Daniel Craig, Christoph Waltz, Monica Bellucci, Léa Seydoux, Ralph Fiennes, Naomie Harris, Rory Kinnear, Ben Whishaw, Dave Bautista, Andrew Scott, Jesper Christensen, Stephanie Sigman. Productoras: MGM / Columbia Pictures / Albert R. Broccoli / Eon Productions. Distribuidora: Sony Pictures Entertainment. Duración: 145 minutos