sábado, 19 de marzo de 2016

NUITS BLANCHES SUR LA JETÉE (Paul Vecchiali, 2015)



NUITS BLANCHES SUR LA JETÉE (Paul Vecchiali, 2014)

Imagino que dentro de unos meses seguiremos igual, sin conseguir ver este tipo de cine en nuestras pantallas, a la espera de un dvd marginal, un ciclo en un festival (retrospectiva en Sevilla este pasado año), una apuesta de una plataforma digital, pero sin noticias de otro director en el lugar de donde el cine va siendo expulsado poco a poco, por comodidad, por falta de interés, por falta de espectadores, por ausencia de riesgo. Por eso, para el cinéfilo, la herramienta de internet se ha convertido en imprescindible, en la forma de alcanzar muchas obras que, de otra manera, seguirían en el olvido, en el simple deseo de conseguir verlas. Es mi primera película de Vecchiali, espero que no sea la última, para eso se hace necesario rebuscar y rebuscar, o directamente acudir al mercado extranjero (¿dónde estará en España un sello como Shellac?). Siendo la primera vez que veo algo del director francés resulta imposible que lo compare o pueda hablar sobre su evolución. Este es un comentario sobre una primera obra, alejado del condicionante de la información previa, huérfano de referencias. No es fácil enfrentarse así a una película, esa facilidad que ofrece internet para encontrar cine también supone el bombardeo de información previa. Allá vamos.
 
“Nuits blanches…..” no esconde sus referentes, son explícitos en los créditos de la película, Ophüls, Bresson y Visconti; los dos últimos ya adaptaron la obra de Dostoievski desde su punto de vista estético, incluso Vecchiali se atreve a dar nombre al protagonista, que carece de él en la novela, denominándole como Fiodor, igual que el escritor. Fiodor y Natasha se encuentran, y se conocen, por azar (qué sería de “mi cine francés” sin la intervención del azar), en los muelles de un pequeño puerto del sur de Francia. Previamente Vecchiali nos ha retratado, en un acertado prólogo, la forma de ser, entre mezquina y humillada, prepotente y resignada, retadora pero vulnerable de Fiodor (Pascal Cervo), en un diálogo seco, cortante y manifiestamente nihilista entre el protagonista y un viejo paseante (el propio Vecchiali), en el que reivindica el valor del dolor ajeno para incrementar el dolor propio. Una declaración ausente de optimismo y esperanza en los hombres, de la que se pasa a la primera noche, una transición lumínica en la que Fiodor permanece con la mirada perdida hacia las aguas, hasta que, entre la penumbra, descubre el cuerpo de una mujer sollozante, una mujer en la que se fija y con la que no interactúa hasta que es molestada por el mismo viejo hombre del principio, que la toma por una prostituta. Es ese azar el que pone en contacto a dos personas sin nada en común, salvo el sufrimiento, provocado en uno por la falta de esperanza en el futuro, y en la otra por una espera dolorosa y sin fin, consumida por el deseo insatisfecho del no retorno del amante, citado en ese muelle para cuando su fortuna mejore.



La luz constituye el tercer personaje de la historia. Los primeros encuentros de la pareja ocultan a uno de los dos, apenas perceptible. Esa luz que refleja un rostro deja al otro casi en la oscuridad, son dos extraños que empiezan a conocerse, entre los que no existe más que curiosidad pero escasa confianza, de ahí que entre ambos predomine la oscuridad. Hasta ese momento, a Fiodor hacer daño le producía un remordimiento que, a su vez, le causaba un daño satisfactorio. Con esa presentación, sobre el personaje masculino recae la sospecha, la duda de, si su acercamiento progresivo a Natasha (Astrid Adverbe), no será una excusa para provocar otro episodio de dolor insoportable, tanto para la joven, ya suficientemente dañada, como para él, quien en el fondo, sufriendo ese daño se reafirma como ser sufriente y doliente. A lo largo de esas cinco noches blancas, aquéllas en las que el sol no llega a ocultarse, pero que en este caso son aquellas en las que la luz no aparece, ambos personajes recrean una historia, explícitamente la de Natasha, quien no oculta la razón de su presencia en el muelle como posibilidad de escape, de libertad, mientras que la historia de Fiodor es tímida, a retazos, ocultada, parcial, creándose un ambiente de confianza y de compartir vivencias que coloca a Fiodor en una situación hasta entonces impensable, la del sentimiento amoroso como detonante del dolor, porque si en la primera noche, la regla expresa es que volverán, pero no para el amor, sino para la amistad, excluyendo la posibilidad del sentimiento amoroso entre ambos, la insospechada alianza surgida, por la que Fiodor asume un papel de mensajero con el amante que no retorna, al tiempo que puede alejar a la muchacha de él, acerca más al hombre al filo del enamoramiento.  La presentación de Fiodor como “un tipo” que vive en su mundo, un tipo que vive solo, que está solo, un tipo vulgar que se presenta para ser despreciado, humillado, derrotado, más que rechazo, provoca compasión, la compasión por el débil, por el frágil, la compasión de participar en el dolor y el sufrimiento de otro, sin participar realmente de ellos.



Vecchiali usa una puesta en escena teatralizada, con un escenario muy simple y con muy escasa luz, pero muy importante iluminación, donde los movimientos mecanicistas y hasta automáticos y poco naturales de los actores, nos conducen a su sentido trágico de la vida, hacia un determinismo del sufrimiento del que resulta muy difícil, sino imposible, escapar. La luz va creciendo para permitirnos ver al unísono a ambos protagonistas, una catarata incesante de voz, una palabrería sin fin, tendente a descubrir las razones de cada uno para su comportamiento, que al mismo tiempo, lleva a Fiodor a adivinar cosas del pasado de Natasha como si las hubiera vivido (extraordinaria escena donde el tiempo se detiene para pasar del rostro de uno a otro personaje, rebobinando un diálogo en el que las palabras son sustituidas por el sonido de fondo del mar), donde la emoción surge del recuerdo de un aria de ópera, “je crois entendre encore”, de Los pescadores de perlas, leitmotiv musical que cede cuando la melodía pasa del hombre a la mujer, quien asume el papel liberador con un baile en el que el hombre termina fuera de campo, expulsado por la propia Natasha, convirtiéndonos al mismo tiempo en espectadores y en el propio Fiodor, pues vemos lo mismo que él sigue viendo una vez que deja de bailar, o de intentarlo. Mientras la angustia incrementa el dolor de la joven, en Fiodor aumenta una esperanza, sin que lleguemos a saber si su comportamiento diurno es el que la joven cree que está llevando a cabo, o si todo obedece a un plan de él para hacer creer que ha encontrado alguien en quien confiar pero que, en el fondo, está haciendo todo lo posible para que la mujer termine convenciéndose que debe olvidarse del viejo amante y fijarse en Fiodor, no sabemos si con la última finalidad de terminar sufriendo los dos cuando esa presunta mentira se revele.



Una burla moderna romperá el hechizo de esa última noche, una llamada perdida en un móvil añade el elemento moderno a una historia de hace dos siglos, una última noche en la que asistiremos a la llegada de la luz, donde los personajes volverán a la tiniebla de la separación, una redimida y reencontrada y otro al punto de partida, donde sus rostros ya no volverán a ser iluminados por el fugaz haz de luz del faro, donde la cabellera de la joven dejará de emitir reflejos dorados fruto de esas luces portuarias y de la propia alegría de su rostro cuando Fiodor transmite mensajes de esperanza. Si el plano inicial reflejaba a ciencia cierta la personalidad del joven, el final es de una intensa emoción y belleza, la misma mirada perdida del hombre nos acompaña mientras empieza a amanecer, como si fuera consciente de que esa agua oscura empieza a perder el magnetismo de la llamada trágica que la oscuridad de la noche le ofrece, como si en el abandono y desaparición se contuviera toda posibilidad de salida una vez constatado el fracaso, obligado a vivir, para el futuro, con el recuerdo de un baile del que apenas fue partícipe, mientras su última mirada, dándose la vuelta, nos presenta a un hombre desesperado, frágil, vencido, sin salida. Si había conseguido, muy limitadamente, hacer realidad esa escena en blanco y negro en casa de la antigua compañera de su padre, la llegada de día no permite ocultar la amarga cara de la derrota continua. Un alma en pena que se cruzó con una mujer dolorida por la ausencia del amante perdido.



Dirección: Paul Vecchiali; Guión: Paul Vecchiali; Fotografía: Philippe Bottiglione; Montaje: Vincent Commaret, Paul Vecchiali; Música: Catherine Vincent; Sonido: Francis Bonfanti, Éric Rozier; Intérpretes: Astrid Adverbe, Pascal Cervo, Geneviève Montaigu, Paul Vecchiali; Producción: Paul Vecchiali