jueves, 17 de marzo de 2016

CEMETERY OF SPLENDOUR (Rak ti Khon kaen, Apichatpong Weerasjetakul, 2015)



CEMETERY OF SPLENDOUR ( Rak ti Khon  Kaen, Apichatpong Weerashetakul, 2015)





«Mi manera de hacer cine está basada en cosas que no puedo expresar en palabras. Les pido que se dejen llevar, que floten en la película. Descarten la lógica del tiempo. Y duérmanse si les apetece, me parece bien»
Es buena noticia, y hay que celebrarlo, que un distribuidor se atreva a traer la película del director tailandés, y que, salvo sorpresas, no sería la primera vez, durante el mes de abril se piense estrenar en salas, habiendo dejado pasar la posibilidad de estrenarse en España su anterior, y fantástica, Mekong hotel. Salas que seguramente serán pocas, y en muy pocas ciudades, con pocos espectadores y un divorcio absoluto entre cierto sector de la crítica y el público. Ya conocen el chiste de ese festival de cine francés donde el jurado premió a una película que había gustado a todo el público; y es verdad, suelo participar de esa situación, me suele gustar un tipo de cine alejado de parámetros de aplauso generalizado, por eso entiendo que estas películas no se estrenen, o se estrenen tarde y mal, o si se estrenan tengan un público muy limitado, pero aun así, son necesarias. No son necesarias para el público que busca entretenerse, que busca historias con principio y final, malos y buenos, pero creo que son necesarias para el amante de un arte, son necesarias para abrir nuevas vías a la reflexión, al pensamiento de cómo plantear una película y para qué puede servir. Son películas que se constituyen como un reto, en muchas ocasiones indescifrable, pero que ante la dificultad de comprensión permiten apreciarse como un estímulo sensorial.



“Eres extranjero, no lo puedes entender”. Esta frase, expresada por la protagonista, una especie de voluntaria que se dedica a cuidar a soldados convalecientes en un estado vegetativo irrecuperable, y dirigida a su marido, un estadounidense, soldado que abandonó las armas y que aparece una sola vez en pantalla, no puedo dejar de entenderla como un guiño del director a sus espectadores. Weerashetakul es consciente, y basta con leer alguna entrevista, de que su cine no es fácil, que enormes pasajes pueden resultar incomprensibles, no sólo por la diferencia cultural o religiosa, sino por lo intrincado del mensaje, suponiendo éste exista y no se limite a recoger en imágenes las sensaciones personales del director, ahora obsesionado por el mundo del sueño como en otras ocasiones lo ha estado por el “karma” y el budismo. Mantener que se ha entendido todo lo que se ve sería de una petulancia extrema, es imposible, para empezar porque desconocemos casi todo del régimen político tailandés, su origen, su mantenimiento, su sanguinaria represión, sus guerras. Eso que el director recoge con alusiones, más o menos veladas, en sus películas. Un recuerdo de las escaramuzas con sus vecinos, donde el sustrato de esas guerras se encontraba en el conflicto larvado entre los Estados Unidos y la URSS en los 60 y 70, y que tuvo el sudeste asiático como banco de pruebas, Tailandia, Malasia, Singapur, Indonesia, al lado del americano, Vietnam, Camboya, Laos, Myanmar, en la órbita comunista, con todo el componente de horror y destrucción que les acompañaría durante y después.





Éste es uno de los hilos conductores de la película, un conjunto de soldados dormidos, inmóviles, incluso en sueños, porque parecen no tenerlos, recogidos en un hospital controlado por el ejército, que fue una escuela y bajo el que se encuentra un cementerio real que también fue palacio, y cuyos espíritus absorben la energía de esos soldados mientras duermen, transformándolos en soldados de otras eras al servicio de las guerras de aquellos reyes. Ese sueño de los soldados no es más que el sueño de un país, ese país que no quiere conocer su pasado, que no quiere conocer lo que pasa con su política, que prefiere dormir, ser aseado, alimentado y permanecer callado y deliberadamente ignorante. Por eso hay personas que se niegan a dormir, cuyo cuerpo se niega a desconectar porque es una manera de permanecer en contacto con la realidad. Son la minoría, pero también pueden ser los que hagan despertar al resto, personas, pocas, cuyos ojos se fuerzan para permanecer anormalmente abiertos absorbiendo toda la información posible. Estos soldados tienen episodios de vigilia inesperados, comienzan a vivir, a desperezarse, a interactuar contando algo de sus recuerdos, pero pronto caen en un estado narcoléptico que les reconduce a su cama hospitalaria, esa sala en la que unas enigmáticas, y magnetizadoras, lámparas fluctúan del azul al rojo, envolviendo todo en un halo de irrealidad en el que, sospechamos, esas almas, se han liberado de sus cuerpos y están luchando en otro espacio, en otro tiempo.






Si en “Uncle Boonmee” una escena final descolocaba a cualquier espectador que hubiera aguantado con interés hasta ese momento, enfrentando a los actores con sus dobles en una misma habitación, sin ver los “reales” a los “imaginarios”, pero sí al revés, en “Cemetery of splendour” el director opta por ser más discursivo, más fácil de seguir en las situaciones aunque sean difícilmente asimilables, pero igualmente onírico y metafísico. Los personajes del pasado se presentan ante nuestra cuidadora y dialogan con ella, cada una en su mundo y en su época, mostrando respectivamente la realidad de un jardín con sus esculturas y la ausencia de lo que fue el esplendor de ese palacio reconvertido en cementerio y al que el gobierno militar ha decidido poner fin removiendo el terreno y construyendo. Esos diálogos imposibles entre personas separadas por varios siglos, o entre personas y deidades, tiene su argumentación en la exposición que Weerashetakul hace de su concepción del pensamiento, pensar no es bueno si no somos capaces de controlar el pensamiento. Parecería que el director ofrece la posibilidad de hacernos más libres si dejamos de pensar en abstracto controlando lo que pensamos, de ese modo la luz que controla nuestro cerebro (enlazar con esas lámparas lumínicas instaladas para controlar el sueño de los soldados) nos permitirá controlar nuestros pensamientos en vez de que estos nos controlen a nosotros.






Si hay cierta circularidad en la película, yendo y volviendo a los mismos espacios y a las mismas situaciones, reforzado por el hecho de mostrar elementos o aparatos cuya existencia se basa en el movimiento circular (ventiladores, generadores hidráulicos), también contiene una crítica acertada e inteligente, a un régimen político y a una ciudadanía, unos militares igual de inmóviles que los durmientes, que no saben qué hacer con sus soldados, consecuencia clara de sus propias decisiones injustas, mientras unos ciudadanos jóvenes apenas pueden quedarse parados con tranquilidad a contemplar la quietud y remanso de un paisaje, teniendo que moverse constantemente de un lugar a otro sin pararse a reflexionar, sin voluntad de pensamiento, unos por acción y otros por omisión, condenan al país a un estado de letargo favorecido por la publicidad, el cine, la televisión. Si la excavadora que remueve el terreno usurpa el recuerdo, arrasa la memoria, ataca las raíces de una cultura mientras el entorno permanece adormilado e ignorante, hay que intentar despertar esa conciencia para que la memoria no se termine de perder. La vieja escuela, no totalmente destinada a hospital, que permanece abandonada, mantiene los rótulos destinados a los escolares, “entre los humanos, los más inteligentes son los disciplinados”, aviso a navegantes de lo que todo gobierno aspira, por más democrático que se considere, es a tener ciudadanos aborregados, sin espíritu crítico, dóciles y mansos, como las gallinas que vagan por las instalaciones sin suponer amenaza alguna para nadie.






En el paseo por las ruinas que no vemos del palacio, que para la diosa permanecen intactas en su memoria, describiendo estancias, mármoles, baños, dormitorios, un esplendor perdido con el paso del tiempo, la grandeza de un periodo perdido, pero violento, se mezcla con la ruina del presente, igualmente represor. Ese paseo por el cementerio del esplendor deja más en evidencia la realidad del momento actual, y es que estando presente el amor, el tiempo, la muerte en este paseo fílmico, donde el tiempo, sobre todo el tiempo, parece detenerse en las escenas prolongando su duración hasta envolvernos con el sentido de la quietud, lo trascendente es despertar, leer los pensamientos, no volverse a dormir. Esa excavación representa un proyecto secreto del gobierno, otro ejemplo de adormecimiento, de oscurantismo, que concluye con un final musical en el que una pared se abre. ¿Es nuestra mente la que se libera de consignas y consigue trascender e imponerse sobre todos los condicionantes externos, o es nuestra última resistencia la que cede y nos dejamos invadir definitivamente? Cine extremo, cine de sensaciones y de mensajes a descubrir, cuyas sucesivas visiones aporta nuevas ideas y nuevas dudas. Bienvenido el reto y que sea rentable, para el  espectador interesado seguro, y para el distribuidor que le queden ganas de seguir trayendo este tipo de cine.