domingo, 6 de marzo de 2016

ARROZ AMARGO (Riso amaro, Giuseppe de Santis, 1949)


ARROZ AMARGO (Giuseppe de Santis, 1949)


Basta comparar esta película con las de De Sica, Rosellini, el primer Visconti, y toda la pléyade de directores italianos de posguerra, y uno advierte inmediatamente, la diferencia de calidad notable entre una y otras. Aun formando parte de la mitificación de un cine y de una época, “Arroz amargo” se queda en la superficie del drama, si en “Bellisima”, en “Los limpiabotas”…..el sustrato de la historia enraíza con la miseria y las ganas de rebelarse, en “Arroz amargo” nos encontraríamos, casi, en el discurso catolicista destinado a hacer pensar dos veces al descarriado, cuál pueden ser las consecuencias de sus actos si persiste en el mal camino, y sobre todo, a demostrar lo tranquilo que se vive siguiendo las directrices de quien manda y sin pensar.



Nombres como Vittorio Gasman, Raf Vallone, Silvana Mangano, son insuficientes, y al tiempo incapaces, para proporcionar al relato la importancia suficiente como para que el paso del tiempo no haya transformado este drama, en algo más que un melodrama risible y sin fundamento, una simple lucha de hombres por poseer a mujeres y de mujeres por vencer a la rival. Circunscrita a la pobreza absoluta de la Italia de posguerra, en el machismo inherente a las sociedades religiosas, en el rol de papeles preestablecidos con mujeres trabajadoras pero que aspiran a ser esposas y madres antes que personas y de hombres haciendo de lo que se supone que hacen los hombres, con un exagerado canto al trabajo y al presunto beneficio que éste produce en el individuo, las desventuras de estas brigadas de arroceras desplazadas al norte de Italia para aprovechar la temporada del arroz, desde su plantación hasta su recogida, con un salario que se compone solamente de arroz, techo y comida, sólo demuestra compasión de clase cuando el trabajo termina. No hay revolución posible, ni lucha por las condiciones de trabajo, clandestinas y contratadas se desloman en beneficio del patrón, clases obreras como nunca las soñó la patronal, una balsa de aceite en medio de las condiciones óptimas para la tormenta, pero el director prefiere la tormenta amorosa a la social, y todo queda desvaído.



En un constante segundo plano, siempre presente, el personaje interpretado por Vittorio Gasman, excesivo e histriónico, en un papel de malvado sin dobleces, resulta tan evidente que, en contraposición, las mujeres que se dejan seducir y engañar por su pose, terminan apareciendo poco creíbles. El alter ego masculino lo representa el soldado Raf Vallone, actor limitado a un tipo de papeles determinado, y sin resortes para dotar de profundidad a su sargento. Ambos machos alfa de un lugar en el que sobran las mujeres, la rectitud de uno frente a la amoralidad del otro, termina transformando todo lo que representan en un arquetipo, en un esquema de persona más que en un desarrollo de personalidades. Del mismo modo que las dos mujeres que mueven la historia desarrollan su rol, principalmente, en función de los personajes masculinos, cuando una llega a la conclusión de estar siendo utilizada y la otra se deja seducir como inicialmente le ocurrió al personaje interpretado por Doris Dowling, ambas pierden su propia identidad, se intercambian los hombres como si fueran su única salvación.



En un sucedáneo de drama romántico y criminal, con pinceladas poco conseguidas de cine social, se encontrarán todos los tópicos imaginables y alguno más, la huída, el engaño, la solidaridad obrera, la miseria, alguna muerte, alguna traición, el clímax final, pero sobre todo primará una visión negativa y despreciable de la pobreza, una visión que coloca al ser humano en situaciones límite sin que, en ningún momento, surja un lamento contra un gobierno, contra un empresario, contra un capataz. El orden de las cosas se acepta con resignación, como se acepta que el trabajo se ponga en riesgo por la acción de gente tan necesitada como ellas mismas. Porque si algo resulta especialmente repugnante en el mensaje de la película es cómo quien lo tiene todo perdido, se comporta como lo hace, a sabiendas de que sólo va a perjudicar a gente tan pobre como él. Por eso las miradas de angustia de Silvana Mangano cuando ha cooperado con Vittorio Gasman para que los obreros salgan al campo desesperados, invitan a la carcajada más que a sufrir con ella el drama interior de la traición, la película nos quiere advertir de lo peligroso que es el ser humano sin valores ni ética, pero eso sí, sólo nos presenta personajes pobres y marginales, no sea que vayamos a pensar que la amoralidad también proviene del poder.



El desarrollo moral de la película sólo puede culminar con un mensaje muy bíblico y nada redentor, quien la hace la paga, quien no está dispuesto a arrepentirse, termina sufriendo el doble que aquellas esforzadas arroceras que trabajan de sol a sol por un kilo de arroz diario, mujeres dispuestas a jugarse la vida bajo el aguacero porque, día que no se trabaja, día que no se cobra. Al final el señorito se irá a Milán o a Turín, o a su villa del lago de Como, mientras estas mujeres comienzan el retorno tras el éxodo, con su saco de arroz al hombro, tras enterrar un cuerpo de manera metafórica con parte de su trabajo. Un ladrón cayó, otros huyeron, la masa no pensó y la pareja redimida se dispone a perpetuar el modelo de trabajo sacrificado para sentirse honrada e intachable. Por el camino ni se perderán ideales ni ideologías, no hay lucha en una película dispuesta a jugar al erotismo de barraca, unas arroceras en pantalón corto, si una de ellas es Silvana Mangano, haría las delicias del momento y levantaría más de un sarpullido a algún ensotanado y beata. Qué fácil resulta mitificar el pasado a fuerza de repetir lo bueno que fue. En cuanto pasas un plumero se cae el ornato y queda la realidad de una mala película llena de mitos y nombres, pero sin sustancia, qué grande se convierte “La ciocciara” comparada con esta “Riso amaro”.