miércoles, 3 de febrero de 2016

THE REVENANT (Alejandro González Iñárritu, 2015)


 
THE REVENANT (Alejandro González Iñárritu, 2015)
 
 
 


¿El cine es un negocio o es arte? ¿Puede ser las dos cosas? ¿Puedo creer que en esta producción hay interés artístico, o puro mercantilismo? ¿Puedo aceptar que una película copie situaciones de muchas otras para crear, o he de entender que, en la propia incapacidad de imaginar, subyace la apropiación de ideas ajenas? ¿Es “The revenant” una película o una mera conjunción de imágenes destinadas a crear un producto del que todo el mundo hable y consuma?. En el germen de estas preguntas subyace mi antipatía hacia la película, mi absoluta indiferencia, visual y temática hacia un cine que no me puede, ni me debe, interesar. Cuanto más “Hollywood” hay en Iñárritu o Cuarón, más falso se me presenta el producto final. No queda nada de aquellos “Amores perros” en el cine del director. Eso, de antemano, no es ni bueno ni malo, podría ser una evolución, una intención de experimentar, una necesidad de contar nuevas cosas con lenguajes diferentes. Pero no, Iñárritu, que ya deambuló por la cuerda floja con su falso plano secuencia de “Birdman”, ahora opta, con estrépito y sin red, por arrojarse en brazos del mercado vendiendo humo. No me suele gustar escribir de películas que me decepcionan, o que no me aportan nada, pero cuando todo se presenta en contra porque la opinión mayoritaria se deshace en elogios, entonces si que entro al trapo.
 
 
 


Poco me importa si la anécdota que da origen a la historia contada es verídica o no, a veces la realidad supera a la ficción y vista como tal no es asumible. En este caso la sucesión de accidentes, tropiezos, caídas, ataques, combates………que padece en su particular via crucis el personaje que interpreta, sin desmerecer, pero sin grandeza, Leonardo di Caprio, me resulta tan exagerado, tan increíble, que tampoco ayuda a la progresión del film. El uso ampuloso, mayestático, redundante y atosigante de la imagen no ayuda al propósito de la película, sea éste el que sea, porque desconozco qué ha intentado contar el director, como tampoco ayuda la reiterada y redundante, banda sonora de Sakamoto/Noto. Venganza y aventura en un paisaje donde la vida no vale nada, mucho menos si eres indígena entre saqueadores blancos, o blanco entre indígenas. Los animales se comportan como manda su instinto (por cierto, lamentable escena la de la caza de un búfalo por los lobos), los hombres, al contrario, sin instinto y sin lógica, por pura venganza. Iñárritu prefiere no contar ni dónde está, ni porqué se habla en inglés o en francés, ni de dónde huyó Di Caprio ni porqué terminó conviviendo con los indios, no sea que le vayan a tachar de copiar otro de esos productos prefabricados, como era “Bailando con lobos”. Sabe que el común de los espectadores se va a quedar atento mirando el paisaje y las penurias de Glass, y la postergada sentencia de muerte sobre el renegado Fitzgerald (otro desaprovechado Tom Hardy), y no va a querer entrar en honduras ni en disquisiciones históricas o de credibilidad argumental.
 
 
 
 


Que por la película desfilen escenas vistas mil veces, desde caídas por desfiladeros o barrancos de las que se sale indemne, oportunos cadáveres de animales que se usan como refugios nocturnos, el buen salvaje que nos cuida por nada a cambio y en plena tormenta nos construye una cabaña improvisada, que desfilen todos y cada uno de los clichés del cine de aventuras, el Jeremías Jhonson en la nieve, el Harris de Un hombre llamado caballo entre los indios, el entrañable Dersu Uzala con la tempestad, las cataratas de Río Salvaje o La Misión, hasta Han Solo y Luke Skywalker en la barriga de un caballo…….todo al servicio de un producto que debe superar las dos horas y media para crear falsa trascendencia, porque por encima de todos, Iñárritu cogió su cámara y se creyó Malick, y Malick sólo hay uno, y a veces hasta con uno es más que suficiente. La naturaleza en la cámara de Iñárritu deja de ser amenaza para convertirse en postal, ver postales puede agradar, pero cansa y pierde su sentido cuando se utiliza como arquitectura de la película. No viene a cuento, no guarda proporción la opresión del personaje, la cámara sobre su cuerpo malherido, su cara tumefacta, su cuello desollado, con la repetición de paisajes inabordables para el ojo humano.
 
 
 
 
 


El uso de la fotografía, no se si novedosa en su concepción técnica o no, distorsiona las imágenes, marea al espectador, desenfoca la mirada. Transforma en esférico o circular lo que debe ser plano y profundo. Empañar la lente con el aliento de los personajes, o salpicarla de sangre en el clímax definitivo, carece de lógica, a nadie se nos empaña la mirada por el aliento ajeno si no hay un cristal de por medio, a nadie nos salpica la sangre si no estamos en la proyección del sangrado. ¿Quiere contarnos Iñárritu que esa opción significa que seamos conscientes de estar en una película? No podría imaginármelo por su banalidad y egolatría. ¿Quiere hacernos creer que hacía frío de verdad durante el rodaje? Así lo espero, que hayan pasado un frío parecido al que he sentido yo viendo su último engendro, que seguro, resultará exitoso y aclamado. No alcanzo a comprender las razones para que Iñárritu decida contar de manera tan prolongada lo que no lo merece, ni las razones de introducir, o pretender, que ésa es otra, elementos metafísicos, trascendentes, místicos……en un relato ausente de profundidad, una profundidad que no merece porque estamos ante cine de aventuras con venganza. Quiere jugar a ser transversal y a agradar a todos los públicos, que el relato de aventuras tenga, paralelamente, una carga psicológica. Juega a ser Michael Mann con la identidad suplantada de Terence Malick, y en la digestión de ambos modelos, perpetra (la palabra está puesta a conciencia) una amalgama inane y vacua, el resultado es indigesto y produce nauseas por empacho. Y por favor, ¿qué me quiere decir con la última mirada al espectador de Di Caprio-Glass en el plano final? Patético, Iñárritu, sobran los espíritus y los dioses en este relato, y sobra la filosofía new-age (llega muy tarde) del hermano indio, el hermano búfalo y la iglesia en ruinas. Iñárritu ha hecho cosas mucho mejores, aunque dudo que pretenda volver a hacerlas. Volver a sus orígenes, volver a México y retomar un mundo mucho más interesante para tu cine sería una gran noticia para el cine. No me extraña que Di Caprio apenas hable durante la película, realmente no tenía nada que decir.