martes, 2 de febrero de 2016

THE GARBAGE HELICOPTER (Sophelikoptern, El helicóptero de la basura, Jonas Selberg Augustsen, 2016)

THE GARBAGE HELICOPTER (Jonas Selberg Augustsen, 2016)
 
 
Proporciona cierta emoción compartir la visión de una película cuando ésta acaba de ser exhibida en un festival, y más si la propuesta parte del propio festival, en este caso el IFFR, el festival de Rótterdam, uno de esos hitos culturales de la cinefilia independiente, un festival que reparte tigres, lo que debe significar que se opta por lo salvaje, lo indómito, lo inclasificable, lo indomesticable (todo es relativo, claro está). Ya el año pasado se pudieron ver varias películas, no muchas, simultáneamente con el festival. Ahora se repite la experiencia, y no somos pocos los que estamos deseando que esta opción se multiplique, no sólo en Rótterdam, sino en multitud de festivales. El futuro está aquí, y resulta indudable que “ir al cine” ha dejado de ser un referente para el cinéfilo, abierto a cualquier pantalla que le permita disfrutar de la última novedad, más aún de lo que se proyecta en los festivales, que suele tener mala o nula distribución posterior.




 
Este “Sophelikoptern”, primera película de su director, a fuerza de influencias pierde su originalidad, pero no su interés y su humor de lo absurdo. A través de breves secuencias con planos estáticos y sin apenas movimiento, Augustsen va recogiendo en imágenes un absurdo viaje, el de tres nietos que se desplazan más de 1000 kilómetros por las carreteras suecas, para devolver un reloj de pared a su abuela. Un reloj que lleva más de un año en una relojería pero para el que no existe diagnóstico ni reparación. “El reloj funciona, pero no da las horas”, es una especie de mantra que la nieta repetirá varias veces, a lo largo de la película, a quien pregunta del porqué de ese reloj en ese viejo Saab, y del porqué del viaje. Un viaje que no deja de ser circular porque termina donde empieza pero a mil kilómetros de distancia. No veremos el viaje de vuelta, pero suponemos que proporcionará tantas situaciones ridículas y abochornantes como las del viaje de ida. Un gozo y una humorada fantástica a ritmo indie.




 
El plano estático, salvo en dos momentos muy puntuales, en esta nueva ola de blanco y negro que vuelve gracias al digital, funciona como una vieja foto, como un cuadro en el que los personajes permanecen inmóviles presenciando situaciones totalmente absurdas de nuestro día a día, situaciones que cualquiera sería capaz de ir recopilando a lo largo de un viaje si prestáramos atención. No podemos hablar de planos secuencia porque nada se mueve, todo está rígido e inmóvil. Da lo mismo ir coleccionando lugares donde se encuentra el poste más alto del mundo, el abrebotellas más grande, la silla que fue la más grande y termina incendiada por haber perdido ese record. La comicidad surge del silencio y de la exageración de la realidad, también del tiempo en la escena. Cuando sabes cómo va a terminar el gag resulta difícil sorprenderse y reírse, pero la película también lo consigue retrasando el momento. Si una mendiga comprueba que su pistola eléctrica funciona, intuyes que algo puede pasar después, cuando ves a la joven jugar con la pistola mientras espera que sus hermanos vuelvan a recogerla, tras olvidarla en una especia de área de servicio y los hermanos regresan, supones lo que puede hacer la joven, pero el momento y la forma, como las consecuencias, hacen pervivir el efecto cómico en la sucesión.






Ese viaje revela una Suecia menos moderna de lo que el cliché nos hace imaginar, una Suecia bastante cateta y convencional, conservadora y llena de prejuicios. Una Suecia rural. Una Suecia de gente gris, anclada en unas tradiciones muy alejadas de esa imagen idílica del referente del norte de Europa. El director juega con ese contraste y presenta a los personajes como salidos de una película ambientada en el profundo oeste norteamericano, incluso los dos personajes masculinos, con sus sombreros, aparentan dos cowboys intemporales, que provocan que todos los interlocutores se dirijan a ellos en inglés y ellos respondan “hablamos en sueco”. Chispazos, anécdotas, dos hombres y una mujer que recuerdan a aquellos húngaros perdidos en una ciudad fría e inhóspita de Norteamérica en la entrañable “Extraños en el paraíso” de Jarmusch, con ese toque irónico en cada escena, con ese guiño de complicidad hacia el absurdo de las situaciones, que emparenta con ese humor de lo cotidiano tan propio de Roy Andersson, cotidianidad más surrealismo, reirse de nosotros mismos en definitiva y de nuestras tonterías. Más cerca del Andersson de sus anuncios comerciales que de sus películas, pero con ese toque decadente, tristón, melancólico donde lo que nos hace reir no causa maldita la gracia a sus protagonistas. Da lo mismo si es una fiesta anual en la que se sueltan las vacas estabuladas durante todo el invierno para que salten las vallas, como unos ladrones de arte que ni saben de arte, ni saben cómo conservarlo. Da lo mismo una carrera entre viejos coches en una pista perdida o un control policial en mitad de la nada, cualquier situación permite la sonrisa o la carcajada, porque al final, el viaje es lo de menos. No estamos ante un viaje iniciático, sino ante el cumplimiento de un encargo. El aburrimiento de estos jóvenes se puede mitigar con un largo viaje, o no, pero ni en la ida ni en la vuelta van a cambiar sus personalidades ni sus frustraciones. Una leve sonrisa en el plano final nos puede indicar que se han reído de nosotros o de su abuela, en todo caso, bienvenida la sonrisa.