lunes, 8 de febrero de 2016

RIGHT NOW, WRONG THEN (Hong Sang-soo, 2015)


RIGHT NOW, WRONG THEN (Hong Sang-soo, 2015)
 


Desengañado y consciente de que el cine de Hong Sang-soo no va a ser distribuido en España, uno va confeccionando una lista con los títulos de sus obras por si, en alguna ocasión, aparece alguna de sus 18 películas en cualquier soporte o plataforma, 12 de ellas en los últimos 10 años y de las que sólo 1, creo, se ha estrenado comercialmente en España, “In another country”. Y ocasionalmente ocurre, en esta ocasión con su última película exhibida en España en el circuito de festivales, premiada en el pasado festival de Locarno. Como buen creador, el director surcoreano goza de un estilo propio, reconocible, incluso identificable, película tras película. Largas conversaciones entre personas que se conocen o que se acaban de conocer, personajes masculinos que rozan el patetismo pero que son situados en el centro de la acción como motores de la misma, consumo nada moderado de alcohol, equivalente al suero de la verdad con el que todas las lenguas se sueltan, mujeres que actúan a reacción de los caprichos o de la inmadurez masculina, y un cierto desarreglo formal en la imagen, que pasa a ser algo secundario, porque lo importante son los personajes.
 


En “Right now, wrong them”, el cine de Sang-soo se duplica, aprovechamos para contemplar dos películas en una, separadas en dos capítulos de manera nada sutil y con el mismo título, como una cara a y una cara b con la misma canción pero modificando la letra, animándonos a participar en el juego de las diferencias, y aunque éstas son mínimas, resultan trascendentes. Si en la primera parte, el director de cine que encarna Jung Jaeyoung, llamado Ham Chum-soo, termina su diálogo con su público, clamando contra el valor de la palabra, renegando del diálogo, vertiendo sobre la audiencia su propia frustración de la pasada noche por haber usado, de manera aprovechada y mendaz, la palabra; en la segunda parte, esa misma palabra, omnipresente, porque apenas es una película de silencios, se transforma para, sin apenas diferencias, dotar de sentido, sensibilidad y romanticismo a una historia de enamoramiento que puede que no pueda ser, pero en la que, la sinceridad y la palabra verdadera modifican el comportamiento de la joven pintora Yoon Jeejung, del mismo modo que la palabra vana y laudatoria de la primera parte también lo hace, pero en ambos segmentos de la película, el resultado final es muy diferente.
 
 


Cuando el director observa el palacio imperial al inicio de cada parte lo hace de manera interesada. Tiene todo un día libre de invierno por delante que ocupar, en una ciudad que no le atrae y a la que ha acudido por compromiso, sólo y extrañado en un territorio que no puede controlar, pero libre porque nadie le va a reconocer. Por eso su mirada escruta, y analiza los cuerpos y caras de las mujeres que tiene a su alcance. Se trata de un seductor con un día libre por delante, y lo quiere aprovechar. Podía intentarlo con la joven universitaria que alaba sus películas, pero, aparte de la juventud, el riesgo a equivocarse estando pendiente la presentación de la película le retiene. Aunque esa retención es parcial, no es honesta ni consigo mismo, porque su mirada ya se ha posado sobre otra joven a la que ha visto entrar en el recinto del palacio; por eso, tras asomarse a la ventana de una habitación de hotel impersonal y poco acogedora, decide entrar él mismo en palacio. Con un objetivo nada cultural. A la aventura, a seducir o dejarse seducir, o a imaginarse en el juego de la seducción en un día soleado de un crudo invierno.
 
 


Las diferencias entre una y otra parte son muy sutiles, como los matices de las conversaciones, apenas un color, un anillo que aparece o no se tiene, el enfoque de la cámara, en una parte orientada desde el lado derecho y en la otra desde el izquierdo, algún escenario que desaparece y es sustituido por otro, personajes que abandonan la escena o que no están en ella. Son detalles que tienen su significación en lo que se cuenta con palabras y con imágenes, el círculo se termina cerrando casi en el mismo punto, la joven, adormecida, reposa su cabeza sobre una mesa. Pero las sensaciones de los personajes son muy diferentes en una y otra opción. La adulación del primer segmento emociona tanto a la joven pintora que no es capaz de discernir entre comentario con argumentos y mera palabrería seductora; por su parte, la franqueza del director en el segundo momento, provoca en la joven el rechazo de quien no quiere oir, no quiere ser juzgada con severidad, no quiere ver cortado el camino de una nueva actividad creativa buscada desde la soledad, como una ruptura con una vida anterior que no la satisfacía.  Por lo tanto, el director de cine se ve criticado por una doble vía, la primera por usar la palabra cinematográfica para seducir, la segunda por ser demasiado franco en su juicio. Las dos formas de expresarse producen un efecto de rechazo de la mujer, pero en momentos diversos, uno al final del encuentro, el otro al principio. Sang-soo termina identificándose con el concepto de cineasta, ¿son todos los directores igual que usted?, pero el espectador no va a poder, como los personajes, emitir un juicio de moralidad, no va a poder conocer realmente al personaje del director, porque simplemente estamos ante un momento puntual de su vida, un momento en el que se van descubriendo cosas que él quiere ocultar, o que intenta adornar para emocionar a la joven, para que se interese por él. Nuestro conocimiento es parcial, es el primer momento de un intento de relación, la palabra alcanza un afán seductor que distorsiona la realidad del personaje.
 
 


Al final esa atracción sexual termina en fracaso en ambas historias, si nos atenemos al concepto de resultado ideado previamente, pero el sabor no es igual de amargo en una que en otra gracias al momento y a la forma. Si en la primera es una ruptura abrupta y definitiva, víctima de la revelación del engaño y de la falsa adulación, donde el personaje masculino queda en evidencia en su egoísmo y el femenino en su bisoñez e ingenuidad, en la segunda queda abierta la puerta al reencuentro, ser sincero ha terminado ganando la confianza de la joven, y el director, a sabiendas que está proponiendo, sin palabras, una mera aventura teñida de romanticismo a la mujer más guapa que le haya hecho caso en toda su vida, obtendrá el éxito de ser estimado, de ser valorado como persona de fiar, al menos para pensar en ese futuro del que nadie podemos asegurar como va a desfilar por nuestras vidas. Por eso la primera parte acaba con la película ya proyectada, y la segunda con el inicio de la proyección, cómo se valora la obra de arte una vez conocida la persona va a cambiar, en una parte no hay ni opción a valorar porque ya no interesa la persona, en la segunda, es el hecho de haber conocido al creador lo que provoca la llegada del interés por la obra.
 
 


Los personajes son los mismos pero, ¿podemos afirmarlo?, tenemos la identidad física los nombres, las profesiones, pero ¿no habrá un salto temporal?, ¿quién ha decidido volver al principio y recomenzar la historia?, ¿se trata de un juego que permite al director volver al principio, conocer lo que hizo mal y conceder una nueva oportunidad?. El director y la pintora se conocen dos veces, en las dos ocasiones la iniciativa parte de la misma persona, el director, en las dos ocasiones la joven se muestra distante y suspicaz hasta que descubre quién es el hombre que se interesa por ella, y entonces cambia su forma de comportarse y de interrelacionarse con ese hombre. En los dos encuentros ambos parten de cero, ¿dónde se encuentra el fogonazo que borra nuestra memoria y la de todos los demás personajes? En la mente del director, pero no del director personaje, sino en la de Sang-soo, algo que ya experimentó con “En otro país” y que aquí radicaliza, porque los encuentros y las situaciones no difieren. Sólo cambia la palabra y, con la palabra, cambia el comportamiento, y con éste, surgen las oportunidades perdidas, como si el tiempo se pudiera detener y marchar hacia atrás.
 
 


La forma visual de la película no forma parte de su atractivo, Sang-soo mueve poco la cámara, apenas perceptibles movimientos lentos de encuadre, aproximaciones a los rostros. La mayoría de las veces se limita a colocar la cámara y dejar hablar, y beber mucho, a sus personajes. Sang-soo utiliza el mecanismo del zoom para alejar o aproximar la imagen, un movimiento brusco y nada elegante que no me gusta, que provoca una sensación de mareo instantáneo. Grave en cuanto se repite con frecuencia, como si el diálogo entre el hombre y la mujer precisara de un momento de brusquedad exterior para mantenernos atentos. No es una forma bonita de acompañar a la palabra, y su razón de ser no me interesa porque no me parece acertado, es más que probable que esa opción provoque fealdad inesperada en lo que no deja de ser un doble cuento, cuentos en los que el azar y el infortunio, la sencillez de las improvisaciones, el aire rohmeriano de la historia y el tratamiento naturalístico de los personajes sobrevuela sobre el valor de la imagen. Haciéndose una broma a sí mismo, y a su personaje entendible como un “alter ego” del director, la denostada palabra termina teniendo un valor capital. La palabra sustituye a la imagen, que aprovecha la crudeza del invierno coreano, y dota de significado a cada momento del relato. La palabra define la acción y a los personajes, tanto principales como secundarios. La pátina de vejez, de desarreglo de la imagen, de reflejo de lugares impersonales, fríos, académicos, contrasta con los lugares habitados, ya sea la casa de la amiga de la pintora o su propio estudio, donde Sang-soo juega magistralmente con el color, demostrando que el presunto desarreglo formal de otros pasajes de la película es, igualmente, deliberado, porque cuando Sang-soo quiere, consigue, del mismo modo, momentos visualmente atrayentes.
 
 


Imaginativa y perfecta historia de dos personajes  en pleno parón vital, uno por exceso y otro por defecto, tanto el profesor, que analiza cómo su vida se escurre entre sus manos por no saber lo que buscar, resignado a soñar con un enamoramiento puntual, con un romance de viaje, para volver a su realidad inmutable en Seúl; como la pintora, que anda a la búsqueda de un objetivo que la mantenga con ilusión personal y creativa, se encuentran en un momento que puede ser definitivo. El poso final de amargura, teñido de un falso optimismo en el futuro, pues ambas historias dejan abierta una puerta a la esperanza, no puede ocultar la profunda insatisfacción de ambos personajes con su vida presente, con su creación, con las escasas expectativas que tienen en que el tiempo les permita mejorar su vacío interior. Sang-soo vuelve a retratar de nuevo a sus personajes como seres humanos complejos y a medio romper, entre el tono naïf y pseudo-cómico que encierra cualquier vida, pero siempre, y de manera contenida, a un paso de la verdadera tragedia que implica la renuncia definitiva a cualquier rasgo de actividad positiva en el ser humano, al derrumbe absoluto de no conseguir cumplir ninguna de las expectativas personales.