viernes, 5 de febrero de 2016

OLEG Y LAS RARAS ARTES (Andrés Duque, 2016)




OLEG Y LAS RARAS ARTES (Andrés Duque, 2016)



Francotiradores de la imagen , resistentes desde lo revolucionario, indomables frente a modas, libertarios en su concepción de las películas, un numeroso grupo de cineastas españoles o residentes en España, intentan, y consiguen, crear todo un mundo visual paralelo al oficial; sin trayectoria prevista de confluencia ni de tangencia, pero que mantiene vivo un panorama audiovisual permanentemente usurpado por viejas y caducadas formas narrativas, heredadas de la necesidad de taquilla y de dar entrada en el cine al formato de las televisiones.




Andrés Duque ya está lo suficientemente asentado como para ser conocido, como el caso de Juan Cavestany, por ejemplo. Dos directores de culto para minorías, herederos postgeneracionales de otros precursores como Viota, Val del Omar, Portabella, Zulueta….. La última propuesta de Duque se acerca al documental, entendiendo éste como no ficción, pero tomando como referencia a un personaje que bien pudiera ser un ente inexistente, un personaje de cómic, un ser atrabiliario y fuera de toda norma, atemporal y hasta extrasensorial, porque sus movimientos parecen los de un espectro. Un outsider, un perdedor avant la lettre por convencimiento propio, alguien dotado de la excelencia musical, pero que ha preferido crearse una aureola de mito huyendo de la luz y taquígrafos, la espantada y el miedo escénico en su currículum, la apoteosis del absurdo en muchas de sus escasas apariciones.

 

CRÓNICA DE UN NO CONCIERTO



¿Quién es Oleg Karavaichuk? Baste, como preámbulo, esta reseña periodística: “El compositor Oleg Karavaichuk llegó a Madrid para dar su único concierto fuera de Rusia. Y tocó una sola nota. Fue en el Museo del Prado y para una película de Andrés Duque”. Con este suelto, uno ya adquiere cierta dimensión del personaje, porque se siente, viendo las imágenes de la película, que Oleg se ha convertido en un personaje de si mismo, un tipo capaz de amar a los emperadores y, al mismo tiempo, ensalzar la inteligencia de Stalin, el mismo dictador sanguinario que tenía a su padre encerrado en el gulag. Cuenta la leyenda que, Oleg, tras ganar un concurso para jóvenes talentos como pianista, y mientras estaba en una residencia de verano a la que acudía Stalin, en uno de esos juegos tiránicos el dictador sometió a concurso a los residentes, quienes tenían que acertar la nota que se obtenía tocando unas copas rellenas de líquido. A la respuesta de que era un “do”, Stalin dice “no, es un do sostenido”, y obtiene la réplica de Karavaichuk, “Tiene usted razón camarada Stalin, es un do sostenido. Pero se ha equivocado en algo: en encerrar a mi padre en un campo de trabajo”. A los pocos días el padre de Oleg volvió a casa, pero las obras de Karavachiuk estuvieron prohibidas, imposible su reproducción e interpretación pública, lo que obligó a Oleg a trabajar para el cine, único lugar en el que su música era aceptada por el régimen.




Oleg es de esos personajes que viven de la leyenda, cuyo recuerdo se mezcla con la invención, alguien de quien todo el mundo ha oído hablar en San Petersburgo pero a quien muy poca gente conoce, un músico que, los días de cierre al público del Ermitage, tiene el privilegio de poder entrar, permanecer solo en el espacio único de una de las joyas de la cultura universal, y tocar el piano que dicen, perteneció a Nicolás II, al tiempo que siente los fantasmas de Catalina la grande y su corte como auditorio entregado. El plano secuencia de Sokurov se transforma en el estatismo del encuadre presente previo al estallido musical de Karavachiuk. Ese piano que Oleg toca en la película, un instante en el que el personaje se transforma en verdadero artista y abandona la máscara, pero no la afectación; donde sus discursos heterodoxos, sus elucubraciones mentales místico-religiosas sobre los acordes y desacordes, la disonancia y la mucosa humana; quedan aparcadas, olvidadas. Los momentos de ejecución musical devuelven a la persona y la hacen humana, tangible y sensible. La fragilidad, la consunción de un cuerpo apenas piel y huesos, la permanente boina sobre su cabeza, la impresión de que ese cuerpo diminuto apenas puede sostenerse en pie, desaparece ante el piano.




Karavaichuk posa, imperturbable, en un pasillo del museo ruso, o se presenta en el museo del Prado con la misma levedad, toca un piano imperial o uno propio, nos enseña su casa, originaria de la época stalinista, una casa de campo con su jardín, absolutamente descuidado como no podía ser de otra manera, donde nos muestra el abeto que no existe y que nos invita a imaginar. Un abeto que Stalin no hubiera permitido talar, y menos como consecuencia de la acción insensible de un vecino molesto por su sombra. Una casa en una ciudad fantasma, la ciudad que Stalin ideó para sus artistas, para crear una colonia de creadores donde, a la presunta comodidad de una vida sin estrecheces, se uniese la conveniente facilidad de control de todos ellos y la restricción a su libertad creativa. Esa restricción que Oleg, como artista maldito, dice no sufrir, su libertad para crear le lleva a interpretar un concierto sin instrumento, sin sonido, son sus manos las que interpretan, las que muestran la música, su cuerpo el que se cimbrea con los sonidos que no oímos pero sentimos. Es su palabra la que define la personalidad de un ser que, sin la música, resultaría patético en su discurso de apariencia inconexa, un vocabulario dadaísta en la voz de una persona que se acerca a los 90 años, que mira de tu a tu a la cámara manejada por el director, en quien se observa haber sido magnetizado por su protagonista. Ruina, polvo, destrucción, rodean el espacio vital de Oleg, sus raras artes pueden circular desde El Bosco a admirar la belleza de las niñas rusas, sobre todo de las niñas de la familia imperial, revivir lo que tuvo que ser su muerte y espantarse por haber hecho la música para una película que recreaba el fín de los zares, y en concreto, el momento del asesinato, añorar una época pasada que él no ha conocido más que en los polvorientos libros que aparecen en cualquier rincón de su casa. 




Duque, con la producción del eterno retornante que es Lluis Miñarro, hace un retrato, busca un personaje y le deja expresarse, Oleg compone la película a su antojo pero Duque ha escogido las imágenes y palabras que revelan la personalidad de un ser que juega a la locura y a la incomprensión. Un ser a punto de romperse, como su música, donde en plena melodía se introduce una disonancia para alimentar “la mucosa espiritual del cuerpo” y conectar con una presunta religiosidad muy personal. Oleg obedece cuando se le pide que siga tocando el piano imperial, y nos deleita con minutos de profunda transformación personal a través de la música; pero es necesario que el artista muestre su carácter y su libertad, Oleg concluye la película mientras toca nuevamente el piano y lanza un estentóreo “basta”.