miércoles, 10 de febrero de 2016

STRAY DOGS (Jiao Yiu, Tsai Ming Liang, 2013)






STRAY DOGS (Jiao yiu, Tsai Ming Liang, 2013)





“Me siento perdido cuando me enfrento  a la velocidad que la vida moderna nos impone, moverse lentamente es una solución para encontrar el camino propio dentro de la confusión” Tsai Ming Liang. La lentitud y la opacidad forman parte del cine del director malasio, nadie está obligado a verlo, pero no es justo que nadie pueda verlo.

Claro que el cine de Ming Liang no es fácil, ni digerible en grandes dosis. Admito que muchos espectadores puedan salirse, abandonar una proyección de sus películas, soltar improperios superados por una propuesta hermética y donde las sensaciones prevalecen sobre la palabra ausente, donde la banda sonora se hace a partir del ruido de la calle, del sonido ambiente que envuelve a los personajes. Del mismo modo que se harán de cruces porque determinado sector de la crítica aplauda y venere su cine. Lo que no comprendo es que la política cultural sea, década tras década, tan cerril, tan conservadora, tan poco culta como para no conseguir que este tipo de cine pueda verse con regularidad en ciertos espacios, que ni tan siquiera el casi inexistente circuito de “cine de autor” distribuya sus películas. Pasa con Ming Liang, con Hong Sang soo, con Apitchapong Weerashetakul,  con Raya Martin, con Wang Bing, con Pedro Costa, con Philippe Grandrieux, con Eugene Green, con Jean Claude Brisseau…., pasa con tantos cuya obra permanece oculta, mientras otros muchos gozan de un prestigio publicitario inmerecido y de una aureola de autores cuando no dejan de ser factorías de imágenes vanas, que reivindicar este tipo de cine se empieza a convertir en un sello de “rebeldía” personal ante tanta ceguera.




Estamos acostumbrados a un determinado tipo de relato en el que los hechos suceden con una facilidad de comprensión pasmosa, con argumentaciones en las que los guionistas de Barrio Sésamo podrían haber tenido problemas para encontrar trabajo por su profundidad. De ahí que cualquier opción que se salga de los márgenes previsibles de “presentación, nudo y desenlace”, aderezado con una banda sonora pegadiza, aunque no tenga ninguna relación con la historia, viene condenada al fracaso absoluto, a la ausencia de comentario o al navajazo de la incomprensión. Todo aquello que exige un esfuerzo intelectual para el espectador, lo que obliga a pensar o a intentar encontrar una explicación sobre lo que se ve termina en el ostracismo. Desde “El sabor de la sandía” no ha vuelto a estrenarse nada en España de este director, ni tan siquiera se ha comercializado en dvd o en formatos digitales. Ha pasado al sector del “culto oculto”, a tener que comprar sus películas en el extranjero o a la búsqueda desesperada en la “alegalidad” para acceder a lo que no se ofrece.




“Stray dogs” es una película de perros callejeros, que viven y trabajan en la calle o rebuscando entre los productos de supermercado, que utilizan los aseos públicos para mantener un mínimo de dignidad y limpieza, que se refugian por la noche en espacios abandonados donde se guardan pertenencias procedentes de sabe dios dónde. Si, son perros callejeros azotados por el viento y la lluvia que, de manera persistente, está  presente en la película; son perros callejeros humanos que se mezclan, en comportamientos y espacios con los verdaderos. Un padre y sus dos hijos menores que sobreviven como pueden al infortunio de la pobreza sobrevenida, a un estado de degradación progresiva que ha podrido el alma del hombre y, poco a poco, está traspasando esa podedumbre a los pequeños.




No espere el espectador razones explícitas de ese comportamiento, ni razones por las que ese hombre y esos niños se encuentran en la indigencia. La ausencia de la mujer forma parte del núcleo esencial de la película, que empieza con un prolongado plano en el que una mujer se peina parsimoniosamente sentada al borde de una cama en la que duermen con tranquilidad absoluta dos niños. 5 minutos de imagen es bella y armoniosa, pero que encierra ese punto de duda, de intriga, ¿por qué esa madre presencia de esa manera el sueño de los hijos? ¿es una mirada de despedida? ¿acaso se trata de un espíritu que vuelve a visitar a sus hijos después de perderlos, y antes de que estos se vean abocados a la indigencia? El lugar en el que la escena se desarrolla aparenta una caja, el color marrón es el que lo tiñe todo, aporta una serenidad y tranquilidad amenazante, ampliada por la luz lateral que ilumina la escena, que no va a tener nada que ver con el desarrollo posterior de las secuencias, en las que la humedad, el agua, la ruina, las paredes putrefactas se adueñarán de la pantalla.




Pero intentar hacer una sinopsis de lo visto reduciría el valor estético y emocional de la película, no es película de historia, aunque la haya o cada uno entienda la suya, es una película de los sentimientos, de expresar físicamente el sufrimiento a lo largo de las algo más de dos horas de película, mostrar el efecto devastador sobre la capacidad de resistencia de una persona de toda una serie de adversidades que vemos y que sospechamos. No hay ninguna historia que contar (dice el propio director). Hsiao kang es un hombre bueno que se gana la vida de hombre anuncio: sujeta carteles publicitarios en las autopistas de Taiwán. Él fuma y mea en las calles atestadas de vehículos y peatones. Las únicas personas en su vida son sus dos hijos. Comen juntos, se cepillan los dientes, se cambian juntos y duermen juntos, con una cabeza de repollo. No tienen agua, ni corriente eléctrica. Toda la ciudad se ha convertido en un vertedero de perros callejeros y el río está lejos, muy lejos. “





El río es una vía de escape para quien advierte en la ciudad una amenaza permanente y un recuerdo doloroso de un pasado mejor. En un mundo de opulencia, de construcción desaforada, de alimentos que se desaprovechan y se tiran como desperdicios, Hsiao gana un miserable sueldo trabajando como hombre anuncio por las calles de Taipei, azotado por el viento y la lluvia. Su lucha agotadora contra el viento, que empuja la pancarta que sostiene, es la lucha del hombre contra el sistema inmobiliario que se enriquece mientras arroja pedazos miserables a muchos hombres sin trabajo, que, por un puñado de monedas que no permite ni vivir dignamente, anuncian sus hipotecas, sus alquileres, sus ventas de casas a las que nunca podrá acceder el protagonista, salvo de manera usurpatoria, aprovechando las ausencias de los titulares, para descansar por una vez, en un espacio limpio y luminoso. Al tiempo que Hsiao sostiene esas pancartas, o come como un animal en espacios que recuerdan los que frecuentaría un animal abandonado, a medio camino de la ciudad y el campo, sin saber a cuál de ellos pertenece, sus hijos pasan el día en el supermercado, comiendo con los productos de degustación que se ofrecen gratuitamente. Es la sociedad de la opulencia frente a las clases desheredadas de quien nadie se ocupa. Al caer la noche toca la hora de recogida, volver al refugio tras un mínimo aseo. Un ritual de familia para no caer en la animalidad más absoluta. Cenar juntos, lavarse juntos, cepillarse juntos, dormir juntos, como una camada que se reúne para darse más calor y compañía.





Y pese a esa ruina personal, esa ausencia de expectativas, Ming Liang no renuncia a la belleza, sus planos sostenidos, largos, estáticos, pueden proporcionar emoción cuando Hsiao recita, y después canta, una canción tradicional en la que su letra expresa la rabia, la decepción, la frustración y cólera por la derrota, la que se llama, riqueza de la derrota, que provoca que la cólera enblanquezca sus cabellos, como ese temblor del cuerpo por la lluvia y el frío, o la progresiva aparición de una lágrima en los ojos del actor, el ser sufriente y apaleado por naturaleza y la sociedad. Mientras avanza la proyección, la desesperación del hombre choca con la esperanza que empieza a vislumbrarse para los menores. Mientras él vagabundea más, abandona incluso el trabajo de hombre anuncio, como previamente lo ha hecho su compañero, una misteriosa mujer, cuya única ocupación fuera del trabajo en el supermercado es cuidar, por la noche, a los perros callejeros con los productos descartados, empieza a acercarse al espacio por el que transitan los menores. En la oscuridad se produce ese acercamiento progresivo que termina convirtiéndose en un rescate inesperado, las luces fragmentadas de una linterna que solo ilumina un punto manteniendo oculto el resto del desastre. ¿Cuántos perros callejeros humanos hay en Taipei? Las imágenes nos demuestran que hay muchos, y cada uno con su impotencia personal a cuestas. El cierre abrupto, la pérdida del padre, su punto de fuga externo por las aguas del río en medio de la tormenta, concluye con un fundido en negro que juega a descolocar. De repente, en medio de la oscuridad, unas velas y una tarta, una fiesta de cumpleaños nada festiva donde los niños y la madre cantan a la llegada del padre. Los cuatro personajes juntos cuando, inmediatamente antes, se ha producido la separación definitiva. Ensoñación, fábula, reencuentro espiritual o preludio de lo que pasó antes de lo que hemos visto, interpretación que me gusta mucho más. Tsai Ming Liang juega a extender el tiempo prolongando hasta el infinito los planos. Esos últimos 45 minutos  se mastican y mastican sin fin, se cuecen a fuego muy lento y a muy baja temperatura. 






Si 45 minutos dan de si lo que vemos, hay que imaginar el tipo de vida que pueden conformar para los habitantes de la casa. ¿Cuándo se empezó a pudrir la casa? Es una pregunta que encierra cierta retórica, equivale al ¿cuándo empezó a pudrirse nuestra relación? Esa casa que se ennegrece, cuyas paredes rezuman moho y suciedad reflejan el estado mental de sus ocupantes. En esa situación no es de extrañar que la mujer decida abandonar y perderse por los pasillos oscuros llenos de escombros. Nada puede haber peor o más deprimente, una relación acabada y muerta. Si al principio de la película existe la despedida silenciosa de los niños, al final la despedida del marido se produce también sin palabras, pero sin mirarse, dando la espalda de manera permanente al hombre, con el que ya no hay comunicación alguna. En una larga secuencia de cerca de 20 minutos, durante los que, en más de 10, contemplamos los rostros inmóviles y fijos hacia delante de los dos adultos, ambos mirando una pared y con el progresivo empañamiento de las miradas. Un último abrazo no correspondido y la marcha de la mujer cierran el círculo que abre paso a la definitiva caída a los infiernos. Sólo queda abandonar la escena por el mismo camino que tomó la mujer, más que huida es persecución sin éxito. EL recuerdo permanente de la ausencia que provocará la rabia y la impotencia que se desata contra el icono que representa una mujer inexistente. Ming Liang no puede gustar a todo el mundo, ni a mayorías, pero se necesitan otras miradas y espacios para su exhibición, despreciar a las minorías conduce al pensamiento único, y éste, a la dictadura, en este caso, de la imagen.