lunes, 1 de febrero de 2016

NAHID (Ida Panahandeh, 2015)






NAHID (Ida Panahandeh, 2015)

 "Me duele mucho lo que pasa en mi patria pero no me puedo marchar.”Abbas Kiarostami


 

Un cielo gris, una playa desértica, un hotel aislado, un mar que amenaza. Nahid pasa horas en esa playa esperando. La playa puede ser un refugio que no es capaz de eliminar la realidad. El deseo de borrar todo lo anterior y empezar desde cero, olvidar su matrimonio y poder mantener la custodia de su hijo adolescente en un país como Irán. El divorcio no significa libertad, sino el aumento de la atadura, de la asfixia. Una playa que termina jugando como escenario de la incomunicación, un paisaje puramente antonioniano. Para obtener el divorcio, Nahid consintió en fijar una condición, la custodia del hijo sería para ella mientras no contrajera nuevo matrimonio. Ese divorcio no significa que Nahid recupere su libertad, con la condición aceptada,no puede desligarse de su anterior marido, que insiste y persiste en reanudar la relación, ni de la presión moral de la familia de su ex, que la culpa de todo, de las deudas de él, de su afición al juego, de su dependencia de las drogas. Cuanta más libertad desea Nahid, más fuerte se estrecha el lazo que la asfixia. El principal el económico, el afectivo el segundo, Nahid, para liberarse, opta por engañar.





Porque en el mundo que separa hombres y mujeres, la aparición de problemas económicos se utiliza como forma de comprar voluntades femeninas en apuros. Nahid cae en la red de sus propias mentiras para intentar mejorar su situación, acepta proposiciones de matrimonio para que no la desahucien, empeña objetos prestados para salir del paso, se relaciona con un hombre, dueño del hotel, como si la relación fuera clandestina y criminal y es una de las pocas esperanzas que le quedan para reanudar una vida feliz. Nahid se encuentra en permanente huída para ir ganando tiempo, a la espera de un golpe de fortuna que le arregle su situación. Si el acuerdo le impide casarse, nada le impide un matrimonio temporal (atención a la figura jurídica del país islámico, una especie de matrimonio a prueba que coloca, nuevamente, a la mujer, en clara situación de inferioridad), un matrimonio que tiene que ocultar a todo el mundo, incluido su hijo, para no alentar la reacción social contra ella y que su exmarido no reclame la custodia del menor, un menor que no termina de aceptar el divorcio de sus padres y también culpabiliza a la madre de esa ruptura.





Cuanto mayor es el volumen de mentiras, más angustiosa se vuelve la realidad. La relación con ese nuevo hombre se vuelve imposible por la propia indefinición del personaje de Nahid. La sombra de la sospecha, de que la relación se basa en el mero interés económico, dinamita la nueva relación y arroja a Nahid a la casilla de salida. La presión sobre la mujer y la necesidad de sobrevivir, de tragarse su orgullo y su libertad, obliga a Nahid a convertirse en una prisionera de su anterior familia política, asumiendo esa situación  si quiere volver a ver a su hijo, y de esa manera, ambas familiar pueden recuperar el honor manchado por Nahid. Nahid puede optar por luchar en los tribunales, pero en un sistema como el iraní y con su propia familia en contra, ¿qué opciones le caben a una mujer para poder vencer a un hombre en un juicio por la custodia de un hijo cuando la mujer ha vivido maritalmente con otro hombre?




La playa, que parecería ser el punto de escape, de liberación temporal de Nahid, el lugar al que acudir para sonreír y vivir, paulatinamente se transforma en el lugar inhóspito de incomunicación que impide a dos personas adultas y supuestamente libres, amarse. Pero, al final, el resultado de la película es decepcionante. La propia directora parece dudar sobre si tomar partido por Nahid o terminar de condenarla. El ambiente gris, frío, nada luminoso donde se ruedan las escenas, la aparente incomodidad de los espacios interiores, parecen trasladarse a la propia Nahid, convirtiéndola en un personaje antipático, ruín; una mujer que se encierra en sus mentiras. La directora consigue que terminemos por no empatizar con una situación terrible. Al fín y al cabo, la directora dice que no tuvo problemas para rodar la película, que sólo recibió la indicación de “no exagerar la situación”, reconoce Panahandeh que desconoce si otros directores iraníes tienen problemas o prohibiciones para rodar sus películas. Es esa distancia que adopta frente al discurso oficial de un país dictatorial, absolutamente discriminatorio con las mujeres, el que termina fluyendo hacia la película, que contando con numerosas imágenes visualmente conseguidas sobre la incomunicación y sobre la imposibilidad de gozar de libertad, termina por transformar a su protagonista en un ser egoísta, interesado y calculador. No es una situación para tibiezas ni para mirar hacia otro lado, que te dejen hacer películas en Irán no tiene que ser fácil si quieres denunciar una situación injusta. Si usas paños calientes corres el riesgo de ofrecer un producto indefinido y moralmente cuestionable. La película puede terminar convirtiendo a la víctima en culpable, y eso sólo es un logro de quien la idea y la filma.





“Nahid” tenía, y tiene, material suficiente para haberse situado al nivel de “Nader y Simin”, “El círculo”, “Hasta la vista”,………y sin embargo termina diluyéndose en su excesiva circularidad y autocomplacencia. Ese permanente engaño que Nahid utiliza para sobrevivir pesa tanto sobre el personaje que sólo se desea que la película concluya. Al final de la hora y media, volveremos a la casilla de salida, no hemos avanzado nada ni en el personaje ni en la situación. Ni Nahid parece haber aprendido y haber asumido que no tiene que justificar su voluntad y su deseo, ni su entorno parece comprender lo absurdo de un mundo que vive de espaldas a la otra mitad, negándole la más mínima posibilidad de desarrollo personal. Hay denuncia en la película, pero ésta es tan solapada, está tan ahogada dentro del desagradable personaje de su protagonista, que las zancadillas morales que la directora le va poniendo, al final, pueden ser interpretadas como un castigo justo a su propio comportamiento, y eso es lo peor que se le puede decir a la mujer de la película, una víctima obligada a sobrevivir en un sistema que no le va a dejar. A la hora de complacer al sistema, parece que Panahandeh se pasó de tibieza.