lunes, 29 de febrero de 2016

LAS LETRAS (The letters, Pablo Chavarría, 2015)


LAS LETRAS (Pablo Chavarría, 2015)

Un cine en permanente ebullición, un país en el punto de mira por su violencia institucionalizada, y de cuyo origen y mantenimiento tiene mucha culpa el poder. Poder entendido en todas sus instancias, no sólo el poder político. Un país así de desestructurado, a poco que sus cineastas, y son muchos, se sientan implicados y quieran denunciar lo que no deja de ser noticia permanente, tiene que dar lugar a multitud de documentos que muestran esa realidad. Menos mal que el cine mexicano no es sólo, afortunadamente, Iñárritus y Cuarones, hay tal cantidad de jóvenes directores usando formas y maneras tan distintas para hacer cine que uno lamenta la dificultad enorme que entraña localizar estas obras. Su anterior película, “Alexfilm”, fue una de tantas pequeñas obras grandes difundidas a través del festival Márgenes hace unos meses, una película complicada y deformante de una realidad bastante aprehensible. Un método y manera que se reproduce en esta “Las letras”, y utilizado para denunciar uno de esos episodios oscuros y sangrantes que ponen de manifiesto los errores de un sistema judicial y, por qué no, las oscuras tramas corruptas que señalan falsos culpables para eludir la responsabilidad de los verdaderos. 



Chavarría, director nada dado al mensaje mascado y digerido, utiliza su documental; sea lo que sea que esto significa para calificar una historia narrada en imágenes y de la manera que lo hace el director mexicano, para denunciar el infierno sufrido por Alberto Patishtán y su familia a lo largo de 13 años. Los mismos años que ha permanecido en prisión injustamente acusado del asesinato de siete policías. Y suerte que en México no se aplica la pena de muerte. Patishtán se ha convertido, en el año 2013, en la primera persona indultada al apreciar el gobierno que en su condena se vulneraron sus derechos y libertades civiles. Sobre la figura del acusado se arrojó la sospecha de su sindicalismo, de ser activista social, de ser defensor de los derechos humanos, antes y después de su detención arbitraria. Se usó como cabeza de turco para eliminar a un elemento incómodo de la comunidad aprovechando la inexistencia de culpables verdaderos. Claro que los ejemplos de cómo se elimina a los elementos incómodos en países como México están a la luz del día, pero en este caso se prefirió, a través del aparato policial y con la ceguera cómplice del sistema judicial, acusar a Patishtán de ser uno de los encapuchados que masacraron al grupo de policías en la región de Chiapas. Por cierto, ¿qué fue de la revolución zapatista? ¿ya no merece la pena darle cobertura periodística? ¿desapareció, consiguió alguna de sus reivindicaciones, se agotó por si misma? Es otro ejemplo de lo que vale una noticia, lo que los responsables del medio deciden qué es noticia y cuándo deja de serlo.



Esto, que es el germen de la historia, no es el desarrollo de la película. Chavarría opta por un recurso fílmico propio y particular, mostrarnos el ambiente, la selva, los escenarios, la recolección del café, la comunidad, la vida festiva, la familia, punteando las imágenes, aparentemente desconectadas de la denuncia subyacente, con breves trazos que proporcionan la pista de que nos encontramos ante verdadero cine de denuncia. Una cascada y una poza de agua natural al principio y al final de la película contienen un diferente significado antes y después de contemplar el resto de las imágenes, la sensación de libertad que ambos planos pueden contener no tienen la misma importancia si Patishtán está o no presente. Tampoco podremos apreciar el significado de un largo plano con imágenes de rostros de numerosas personas de todas las edades, y no lo apreciaremos hasta que empiecen a llegar las cartas a las que se refiere el título de la película y comprendemos que toda aquella galería de personajes son la familia del represaliado. Hay apenas cinco, seis, momentos de la película que dan esa nota de realismo y de denuncia necesarias para que sepamos que la película no es un mero conjunto de imágenes inconexas y sin aparente sentido, unos cuerpos tirados en la carretera, una mujer que cae rodando por una ladera del bosque, dos niños perdidos jugando, una mujer corriendo hacia un muro que nunca alcanza, y las cartas. Las cartas como elemento discursivo que nos sitúan en el interior del drama, pero en las que nunca se revela la perplejidad de la injusticia, sino la fortaleza de un espíritu indomable que intenta animar a los de fuera en vez de recibir él esos ánimos. Tres cartas, a una hija, a un hijo y a la comunidad, una comunidad en la que el espíritu reivindicativo no se apagó ni se perdió, aunando fuerzas para conseguir la liberación del vecino. Uno imagina lo que directores como Moore o Winterbottom habrían hecho con este material, y es posible que el suceso merezca un documental-reportaje que acerque a la víctima de la represión al gran público, pero lo que tenemos no es desdeñable, un ensayo fílmico que, al tiempo que denuncia, crea y proporciona un universo particular sobre el tratamiento de la imagen y el sonido.


Estas interpretaciones se obtienen con la paciencia de pensar, uniendo elementos aparentemente dispersos e inconexos, donde lo sensorial tiene tanta importancia como lo visual. El cine de Chavarría también es un cine de texturas, texturas de la imagen deforme y texturas de las superficies donde se rueda, y es un cine de sensaciones, dos niños jugando solos en un prado, que precede a un bosque, pasan de ser percibidos como seres alegres y despreocupados a ser percibidos como seres en peligro. La amenaza mediante la sensación, sin que realmente llegue a pasar algo realmente preocupante o desestabilizador. Una simple cueva en la que se superponen dos presencias y sus reacciones pueden inquietar más que cualquier peligro visible. Si Olga Muratova hizo uso del símbolo de un globo amarillo en uno de los planos infantiles más bellos que se recuerden, Chavarría utiliza el globo amarillo como desilusión, como pérdida, como fín de una fiesta en la que la comunidad ha participado pero en la que sobreviene la brutalidad de un crimen múltiple y el mazazo añadido de una acusación inasumible. Si el documental de Chavarría es opaco, que juegue con las imágenes no transforma la propuesta en ficción, a la belleza de representar cómo chocamos con un muro que no llegamos a alcanzar a la carrera porque siempre terminamos en el punto de salida, se puede unir la deformación de la imagen representando la debilidad de un personaje sometido por poderes imposible de dominar. La cámara ayudará a reflejar ese maremágnum de sensaciones, adoptará, incluso, la aparente forma de moverse de un insecto para ver al detenido encerrado e iluminado por una luz cenital. Si el bosque puede representar lo material, lo sólido, aquello que nos sostiene y necesitamos tocar para sentirnos seguros, la cámara se pegará al suelo y observará los árboles en toda su inmensidad, prolongando la mirada hacia el infinito, hacia lo inasible que se nos escapa por las circunstancias, el director no huye de la resonancia religiosa de una familia que no oculta su fe ciega en alguien superior, en alguien que va a terminar dándoles la razón al colocar la cámara por encima de ellos leyendo las cartas de Alberto.




En el preámbulo a cerrar la historia, Chavarría nos enseñará todo el pueblo, la fiesta que podemos identificar con la libertad del vecino, con la victoria final. Seguiremos a un grupo de chicos ascendiendo a una cumbre que metafóricamente ha de significar el esfuerzo arduo que ha necesitado el pueblo para conseguir su objetivo compartido, dominaremos el pueblo desde la altura y todo volverá al orden natural de las cosas, a la recolección del café, del cacao, a comer unas mandarinas recién cogidas de los árboles, o a desenterrar una vieja calavera de res; el fantasma del pasado que no podrá olvidarse porque todo lo que ha ocurrido gira alrededor de la muerte. Por eso el plano final es bello, porque hay un orden final y lógico en la conclusión, un orden que no tiene porqué ocurrir siempre, y de hecho, casi nunca ocurre, pero en este caso si se consiguió el triunfo de la mirada esperanzada hacia el cielo, en vez de agachar la cabeza y asumir una culpa ajena. Imagen y sonido conforman un relato personal, una manera de contar propia que puede proporcionar pereza o incredulidad a la mayoría de espectadores, pero que, analizadas las imágenes y sus posibilidades sensoriales, acreditan a Chavarría como un creador arriesgado y alejado de estructuras convencionales que no duda en crear para denunciar.