sábado, 27 de febrero de 2016

JUNUN (Paul Thomas Anderson, 2015)



JUNUN (Paul Thomas Anderson, 2015)



Ni será el primer director ni el último, que, en un momento dado, ponga imágenes a la música de un grupo, de un cantante. Sin que haya intención documental o hagiográfica, simplemente el placer de proporcionar soporte visual al sonido. Imagino que la presencia de Paul Thomas Anderson viene “impuesta” por la de Jonny Greenwood, el líder de Radiohead, hoy por ti mañana por mí habrá sido la consigna. Greenwood, colaborador musical de las películas del director norteamericano, e imagino que esa será la razón por la que Anderson cogió su cámara y se fue al fuerte Mehrangarh, en Jodhpur, Rajastán, la India. Durante unos días previos a una actuación en el fuerte, delante del gobernador de la región, evento que no veremos más que cuando acaba, las imágenes nos muestran los ensayos, el necesario ensamblaje entre un grupo de músicos formidables que trabajan para fusionar culturas y resonancias muy diferentes, si parece que Shye Ben Tzur, músico residente en Israel, acapara el centro del grupo, se erige en líder impreciso de esa veintena de músicos, la relevancia de Greenwood parece difuminarse, agazapado entre sus equipos electrónicos, escondido entre los músicos hindúes que insuflan todo el ritmo a la música que vamos escuchando.
 



Respetando pausas religiosas, llamadas a la oración, en una zona donde se respeta, o parece, un sincretismo religioso que admite lo musulmán junto con lo hindú, el escenario musical no impide mostrar determinados momentos en los que tomamos conciencia de los siglos que hay detrás de una manifestación musical, de un fuerte que, en su imponente y aparente inexpugnabilidad, encierra siglos de dominio y también de invasión, un  espacio en el que la tradición tiene más peso que cualquier innovación, y en el que la presencia de músicos occidentales no puede impedir el predominio de unos ritmos que nos suenan muy lejanos, pero que se acercan a una música andalusí donde las percusiones invitan al baile. La música elimina la barrera del idioma porque hasta las cantantes lo hacen sin saber lo que están diciendo, la amplitud de un país como la India provoca que, ante la inmensidad de lenguas y dialectos, sean incapaces de entenderse, pero será el ritmo interno de las melodías las que suplan la comprensión por el sentimiento.




“Full power, not shower, not bath, India has failed but full power 24 hours”. Cada pueblo o cada comunidad se puede engañar o sugestionar con su grandeza como le venga bien, las continuas paradas en los ensayos vienen motivadas por cortes de luz que, ni los generadores, son capaces de solventar. En ese espacio de caos relativo, mi mente se desubica momentáneamente y comienza una libre asociación de imágenes que me llevan al otro Anderson, al Wes Anderson de “The Darjeeling limited”, hay momentos en que uno está esperando ver un tren cruzar el horizonte a través de esas ventanas que, en su casi total duración, serán la única conexión del espectador, y los músicos, con el exterior, es el poder de la música. Aunque poco a poco Anderson, Paul Thomas, nos libera de la claustrofobia, del enjambre de personas, de las madejas de cables y luces, y tímidamente, nos asoma al exterior. Ya sea con la excusa de una paloma renuente a abandonar la sala, que ha encontrado una localidad excepcional para seguir los ensayos, y a la que seguiremos cuando se la consigue expulsar, aprovechando la tecnología del dron para incorporar las inevitables tomas aéreas hasta hace poco imposibles para casi cualquier director, o enseñándonos parte de la ciudad y sus ritmos vitales habituales, acompañando a los músicos en sus horas de recogida a sus casas, el director aprovechara para mostrarnos los ritmos reales de una cultura muy diversa y diferente. 




Anderson opta por no romper el plano, incorpora movimientos borrosos para seguir a alguno de los músicos que se sitúan en círculo, o mantiene  los inevitables desajustes cuando de rodar a la altura de los músicos sentados, opta por levantarse y ofrecer otra perspectiva. Así, si lo que estamos presenciando no dejan de ser ensayos inacabados con un objetivo final de ofrecer un espectáculo público, Anderson también nos enseña que aquello que vemos es un ensayo, una práctica, un conjunto espontáneo de imágenes alrededor de una experiencia muy intensa en lo musical. Si algunos de los músicos deciden acostarse y dormir mientras los demás improvisan o ensayan una canción en la que ellos no participan, Anderson puede permitirse esos desajustes, esa sensación de que para nada hay prisa, de que en un lugar de ensayos haya colchonetas y almohadas para retirarse cuando uno quiera, aportan la necesaria ligereza a una reunión festiva, profesional, pero festiva, en la que la aparente espontaneidad y ausencia de planificación desaparece cuando en las escenas nocturnas apreciamos un cuidadoso sentido de la iluminación, pasando de la música más festiva a la más íntima, la más sosegada, la más cercana a una experiencia mística. Aquello que, al principio, podía parecer amateur e improvisado, va incorporando la sensación de conjunto premeditado y que tiene un propósito. Al final la unión será perfecta, y Anderson consigue que, para el público occidental, el personaje de Greenwood sea irrelevante. Es así como el director da importancia a lo que lo tiene y evita que el conjunto de imágenes se convierta en un videoclip para fanáticos. Probablemente muchos otros podrían haber rodado esta “jam-sesion”, pero si lo ha hecho Paul Thomas Anderson por algo será y bien que se agradece.