lunes, 15 de febrero de 2016

FISH AND CAT (Shahram Mokri, 2013)





FISH AND CAT (Mahi va Gorbeh, Shahram Mokri, 2013)





El cine iraní empieza a abrir su filmografía exportable al cine de género. Ya desde el apoyo de la industria norteamericana, como sucede con “A girl walks home alone at night”, o directamente con los medios y dentro del propio sistema industrial iraní, con todos los inconvenientes añadidos de la censura religiosa y política. Escenario, protagonistas, sospechosos, responden, desde una estética no occidental, e incluso desde el ritmo propio de un cine tan particular y reconocible, a todos los parámetros del cine de terror “camp” norteamericano; pero cualquier parecido a la realidad es pura coincidencia. La película se inicia con un rótulo que nos sienta las bases de la amenaza, en una región rural de Irán, los responsables de un restaurante fueron acusados de asesinar a jóvenes que viajaban por la zona, y, posteriormente, eran servidos como plato del día a los clientes. Las primeras escenas no dejan lugar a dudas, un hombre recoge la basura generada en su restaurante, bolsas sanguinolentas y llenas de restos, mientras un joven se dirige a él para preguntar una dirección. Los cuchillos próximos o que se utilizan para partir esa carne que asociamos a los desaparecidos, juegan con la amenaza del crimen sorpresivo. Los diálogos con un segundo hombre que sale del restaurante no dejarán lugar a dudas sobre el propósito de esos dos hermanos, que desisten, momentáneamente, por el riesgo del número de excursionistas. Ya sabemos, desde ese momento, que los sospechosos actuarán contra víctimas solitarias o desprevenidas, lo que ocurre es que la película está llena de ellas.








Durante más de dos horas se asiste al prodigio técnico de engañar al ojo, y a la variable tiempo-espacio, con un interminable plano secuencia que va siguiendo personajes al tiempo que los cambia sobre la marcha. Que existe engaño es evidente, si seguimos a un personaje durante metros, se cruza con otros, el testigo de la cámara pasa a otro intérprete y, en el camino, nos volvemos a cruzar con el primero a quien seguíamos, primero de espaldas  y ahora de frente, necesariamente deberíamos ver otra cámara acompañando a ese actor/actriz, pero no es así, en algún momento hemos parado y cambiado el plano, pero el ojo no lo ha percibido.  Es la nueva moda del plano secuencia a lo largo de toda una película, un reto técnico que, en muchas ocasiones, hace predominar la forma sobre el fondo, la toma permanente y sin rupturas del plano sobre el contenido de la historia, o provocando saltos al vacío para mantener la unidad formal del proyecto. No es éste el caso, pues el mantenimiento del plano secuencia, el ir y volver sobre los mismos escenarios a lo largo de bucles en los que los jóvenes del campamento caminan en parejas o solitarios, conversan sobre lo que son, lo que han hecho, lo que les ha llevado lejos y les reúne una vez al año, mientras se van cruzando con esa pareja que identificamos como asesinos caníbales sin llegar a ver nunca sus crímenes, consigue generar un elevado tono de tensión que, en ningún momento llega a culminar. Tensión creciente y amenaza constante en un frío entorno alrededor de un lago plagado de tiendas de campaña, pero con escasa presencia de personas. Ese plano secuencia ayuda, y cómo, ha desorientar al espectador que no sabrá, finalmente, en que momento del tiempo se encuentra.






Esas tiendas de campaña vacías del campamento, contienen más miedo, más terror, entre sus telas,  que todo un estallido sanguíneo a golpe de hacha o cuchillo.  Y todo ello es mérito exclusivo del autor, quien con un simple rótulo al inicio de la película, y una bolsa pesada y sanguinolenta, crea el clímax perfecto a lo largo de este largo deambular por la orilla del lago y el bosque adyacente. Durante el resto de la película el espectador permanecerá en tensión a la espera de esa sangría que no llega, de cómo desde una cinematografía ajena al género de matanzas y descuartizamientos, se solventa la disyuntiva de introducir, en un relato generacional, un giro narrativo que acerque la propuesta al rótulo que da inicio a la historia. Y puede que muchos que se acerquen a la película con el único objetivo de ver una del tipo “matanza de Texas”, versión iraní, se sientan estafados y decepcionados; pero el problema será publicitario y no del director, para quien la tensión, el clima, la escenografía perfecta en un lugar aislado y rodeado por seres amenazantes, coadyuva a generar un estado de ánimo sin necesidad de violencia.









En esa espera tensa, donde se piensa que, en algún momento, comenzará la ola de crímenes, tiene lugar ese continuo deambular siguiendo a los personajes, oyendo sus conversaciones, enigmáticas en los dueños del restaurante, dolorosas en algunos de los jóvenes que han sido pareja entre sí, reflexivas en relación al futuro de la juventud iraní, llenas de cultura y velada crítica al régimen, que mantiene un férreo control sobre sus ciudadanos. Ese encuentro anual para hacer volar unas cometas en una noche que no llega, alcanza el significado de ansias de libertad, unas ansias de libertad amenazadas desde Teherán y desde las oscuras fuerzas que controlan el bosque. Ese deambular circular donde, como ya se ha dicho, los personajes se cruzan y entregan un testigo, produce un efecto altamente perturbador, asistimos a un bucle donde situaciones y conversaciones, pueden repetirse desde otro punto de vista, en el que se supone que seguimos una continuidad temporal a lo largo de dos horas y cuarto que, de manera extraña, provoca un salto atrás en el tiempo, una absoluta desubicación estirando el tiempo más allá de lo que nuestra percepción sensorial puede asumir. De ese modo, el relato se introduce de manera genuina y muy acertada, partiendo de lo real, lo cotidiano y lo asumible, en lo extrasensorial, en lo surreal. El ejercicio de desubicación al que se somete al espectador juega a favor de la película. Al añadir un elemento más a la acción, en este caso incontrolable para quien la ve, porque excede tanto de su capacidad de comprensión, como porque hace dudar de la realidad a la que se nos somete, la historia se hace multidireccional e impredecible. Tan impredecible como su final, donde el último testigo se entrega a los únicos personajes que no han  repetido presencia, donde la violencia se anuncia y se percibe, pero donde la sangre y el crimen, quedarán fuera de campo. La historia podría haber seguido y seguido, un perpetuum mobile sin fin, porque las opciones podrían ser infinitas. Tampoco conviene acabar con la paciencia del espectador, suficientemente zarandeado y sometido a examen previamente. Un director que habrá que seguir, si es posible. Un auténtico hallazgo de película llena de sugerencias.