sábado, 13 de febrero de 2016

EL BOTÓN DE NÁCAR (Patricio Guzmán, 2015)




EL BOTÓN DE NÁCAR (Patricio Guzmán, 2015)




El cine de Patricio Guzmán sigue en plena evolución, el relato documental histórico se hace más complejo, más poliédrico; sus relatos ya no van encaminados a un resultado concreto a través de un hilo conductor comprensible desde el inicio. Al tiempo que sus historias se van haciendo más sintéticas, su contenido aumenta en complejidad. A la prosa reposada, casi poética del director, le acompañan imágenes que trascienden la pequeñez del ser humano. En un camino de lo más general a lo más particular, Guzmán, como ya hizo en “Nostalgia de la luz”, utiliza la astronomía, la geología, la antropología, la geografía y la historia para demostrarnos que las eras, los milenios, no nos cambian, que frente a una esencia humanista, pacífica, libre; siempre va a terminar surgiendo la respuesta violenta, exterminadora, irracional; de algún grupo de poder. Guzmán no olvida sus orígenes ni los de los pueblos del sur de Chile, de esa Tierra del Fuego inhóspita y en la que difícilmente uno puede imaginar sobrevivir en condiciones cercanas al  paleolítico. De cara al mar y en convivencia armónica con su entorno, los pueblos indígenas llegaron y se asentaron en esos territorios, ajenos a los dominadores incas, a la colonización española, a las guerras de independencia, al nacimiento de Chile como estado. Una ignorancia que terminó de golpe, hasta que el progreso hizo más fácil explorar y llegar a los confines de un continente, cuando la llamada civilización encontró recursos naturales que explotar, e indígenas a los que exterminar. Ganadería y minería prevalecieron sobre los derechos intemporales de unos 10000 habitantes, que también eran chilenos. Hoy en día apenas un puñado de ellos conservan sus antiguas lenguas, un puñado que ni tan siquiera tiene permiso para navegar con sus canoas por las aguas del canal del Beagle, por las atemorizantes aguas del cabo de Hornos, dependiendo de permisos de la Armada, la misma Armada que, siglo y medio después de la llegada de los ganaderos a los territorios, usó los mismos como campo de concentración y de exterminio.






El relato de Guzmán se transforma en líquido, el agua es el elemento que conforma el documental como sinónimo de vida. Desde el cometa que transportó toneladas de y sembró el origen de la vida en el planeta, hasta el mismo agua que sepulta y esconde los secretos más infames, o parte de ellos, de la historia más reciente del país. Los primeros recuerdos de Guzmán le remontan al océano como un lugar de miedo, el ente abstracto que arrastró, y no devolvió, a un amigo de la infancia. El mar como un elemento al que el país ha dado la espalda, más interesado en rebasar el otro lado de la Cordillera que en explorar su frontera natural más larga y más accesible. Quizás sea la culpa la que aleja a Chile de su océano y le hace ansiar la tierra, olvidar el vértigo de una superficie que no se puede pisar y en cuyas profundidades los monstruos más temibles proceden del propio hombre. Guzmán va conduciéndonos, de manera imperceptible y sosegada, de lo más alejado en el tiempo a lo más próximo, y siempre con el nudo que se aprieta en torno al desastre y con Chile en el objetivo, ese Chile que se extiende como un objeto frágil y delicado ante nuestros ojos para demostrarnos su extensión anómala, extraordinariamente largo y extraordinariamente estrecho, una faja de tierra empujada por el océano y los Andes, asfixiada por la naturaleza y dispuesta a que sus hombres exploten por pura violencia. El cine del director chileno está indisolublemente unido a la historia más reciente de su país. Unido sentimental, e ideológicamente, al proyecto revolucionario (por igualitario y progresista) de Allende. Sus películas no serían lo mismo, ni podrían serlo, si la bestia inhumana de Pinochet y sus secuaces militares y económicos no hubieran intervenido con el golpe de septiembre de 1973. Guzmán ha conseguido ir trazando un  eje reconocible en sus películas para dejar un testimonio objetivo de unos años de crímenes, de asesinatos impunes, de desapariciones, de torturas. Al igual que les ocurrió a los nativos de Tierra de Fuego, en los años de plomo de la dictadura fascista de Pinochet, hubo carta blanca para exterminar. 1 dólar por testículo, 1 dólar por pecho, 1 dólar por oreja de niño, los indígenas fueron cazados como animales, con el amparo del ejército chileno, por los ganaderos. Un  siglo largo después, los mismos militares, con ayuda de civiles, vivieron para el exterminio del rival político durante más de una década salvaje. Guzmán ha recogido el testimonio de la memoria sin necesidad de ser tildada de histórica, nadie ha olvidado ni nadie puede perdonar cuando muchas de las víctimas permanecen escondidas, desaparecidas, en una especie de doble muerte.




Los hilos que va lanzando Guzmán nos atrapan en una historia de dolor y desesperación tras un bello preámbulo poético sobre la inmensidad del mar, la belleza del agua, su maleabilidad infinita frente a la inmutable necedad humana. El director deja un doble testimonio en su película, el de los últimos herederos de los originales habitantes, y el de los supervivientes del campo de concentración pinochetista en la zona, a ambos les da la palabra y su palabra queda guardada para la memoria de las generaciones futuras.  E igual que los nativos eran capaces de reflejar el universo en sus cuerpos pintados, los astrónomos que trabajan en Atacama, dibujan el mapa celeste a un ritmo de un planeta por día. Si el estallido de una supernova coincidió con la cruenta represión dictatorial eso no refleja más que la realidad del eterno retorno de la destrucción que nos acompaña como habitantes de un espacio sin fín y sin posibilidad de ser conocido. La violencia del pasado en forma de liberación de energía, que llega hasta nosotros de manera remota a la velocidad de la luz, se transforma en la violencia del hombre sobre el hombre. Las enigmáticas pinturas de estos habitantes les acercan al universo a la misma velocidad que nosotros nos separamos exterminando personas, ellos pretenden acercarse a sus antepasados mientras nosotros nos remontamos a un estado de salvajismo prehumano.




Incluso cuando el hombre pretende ser humanitario, solidario, cercano; es capaz de generar el mal. Los ingleses y los colonos contagiaron enfermedades que minaron la salud de los aborígenes, les enseñaron el alcohol, las drogas, la violencia que no ejercían entre sí, y cuando se volvieron molestos, directamente les exterminaron. Aquellos que no necesitaban usar las palabras “dios” y “policía” las sufrieron en sus propias carnes en nombre de ambos. Pretendieron, nuestros queridos británicos, demostrar que los indígenas eran adaptables a la vida de la metrópoli, y bautizaron a uno de ellos como Jimmy Button, transportándole a Londres a cambio de un puñado de botones de nácar. Fue un viaje de ida y vuelta del que no se recuperaron, ni Button, ni el inglés que le extrajo de su tierra. Pasados unos años, devuelto a su tierra, Button volvió a despojarse de sus trajes burgueses, se volvió a dejar crecer el pelo, volvió a pintarse el cuerpo, caminó desnudo por la inmensidad del paisaje nevado, pero nunca volvió a ser el mismo, nunca consiguió volver mentalmente a su mundo. Aquel viaje físico de meses le transportó en el tiempo desde la casi prehistoria a la edad industrial, y de paso acabó con su libertad y su identidad, del mismo modo que acabó con la del inglés al que se le ocurrió la idea, que no pudo superar su sensación de culpabilidad. La película culmina con un cierre fantástico, un bucle de la historia que termina juntando dos botones separados por más de un siglo de distancia. Un botón que sirvió para cruzar el mar y otro que volvió del mar para recordarnos cómo somos capaces de comportarnos. En ese camino, Guzmán recreará los métodos de desaparición del pinochetismo usando el mar, ese mar, ese océano al que el director mira como ausente desde las imágenes de “Filmar obstinadamente”, esa otra película en la que el cine de Guzmán y el propio Guzmán se transforman en protagonistas, mientras aqu,í es su sentido visual excelso, su capacidad para llegar a un punto concreto desde la inmensidad de la historia del planeta a lo largo de eras, lo que nos acerca a la inmensidad de una obra que merece el calificativo de antológica, de soberbio retrato de generaciones pasadas, presentes, futuras; obligadas a depender del agua, y  a mirar frente a frente a ese océano que nos devuelve historias, retos, tragedias, supervivencias y crímenes.