miércoles, 17 de febrero de 2016

AU FOND DU BOIS (Benoît Jacquot, 2010)



AU FOND DU BOIS (Benoît Jacquot, 2010)



Benoît Jacquot pertenece a ese tipo de directores del que no puede decirse que haga mal cine, pero que tampoco nos va a deslumbrar con una obra “maestra”, sea ésta la que sea. Sólo he conseguido interesarme a fondo con “Villa Amalia”, y aquélla también tenía su poso de desconexión. Con mayor o menor regularidad, y si no al completo, porque su filmografía es muy extensa y fértil, su cine va llegando a las pantallas, o a plataformas on line de fácil acceso. Es de esos casos en los que su evidente facilidad formal termina jugando a su favor para que su cine se difunda con mayor facilidad que el de otros cineastas franceses mucho más interesantes, más “modernos”, más arriesgados. Recién estrenada “Diario de una camarera”, innecesaria revisión de una historia que cuenta con precedentes rodados por Renoir y por Buñuel, este “Au fond du bois” parecería tomar su punto de partida en la dominación parapsíquica que Drácula conseguía de Renfield para doblegar su voluntad y convertirle en su esclavo. Jacquot juega al equívoco planificado manteniendo la permanente duda sobre si lo que estamos viendo es un acto de hipnotismo por parte del hombre para someter a la mujer, o un aprovechamiento de ésta para vivir una aventura, contando con una coartada para justificar su comportamiento posteriormente.








Estamos ante la recreación ficcionada de un hecho ocurrido en la profunda Francia de 1865, cuando el verdadero Thimotée Castellan fue condenado por secuestro y violación de la hija de un médico que permaneció con él, vagando por el bosque, durante semanas, hasta que fue rescatada por la policía. Castellan fue condenado, la joven quedó embarazada y el médico no se recuperó de lo que, para su mente racional, suponía un comportamiento inexplicable de la joven, un comportamiento a la par malvado y perverso. Castellan representa todo aquello que no podría atraer a una mujer para mantener una relación con él, sucio, maloliente, maleducado, semianalfabeto, ella burguesa, ilustrada, refinada, cortejada por uno de su clase. En el choque social lo que surge es la rebeldía de la hija, o el deseo de ésta de crecer e independizarse haciendo lo contrario de lo que se espera de ella. Desconocemos qué pasó con esa madre ausente, pero creyente fervorosa, frente a un padre ateo y republicano. Se desliza el comentario de la enfermedad mental como precedente de esas ausencias y desplantes de Josephine, pero sólo eso, apuntes, es una película de apuntes y silencios, de miradas que esconden dobles sentidos. En ese ámbito de pueblo pequeño, en una región del sur de Francia que gira alrededor de la Provenza o la Costa Azul, lo que advertimos en el primer cruce de miradas entre los dos protagonistas es un interés recíproco, antes incluso, de que el joven Castellan toque a Josephine, que la pueda hechizar, la joven se volverá para mirarle camino de la iglesia. A partir de entonces, Josephine mantendrá un doble juego de rechazo y exhibición a sabiendas de que el vagabundo la espía. Tampoco oculta Jacquot que la diferencia de clases no impide a los hombres comportarnos igual. El amor gentil a través de poemas que intenta demostrar el pretendiente, frente a la rusticidad del sin techo, se iguala cuando, ambos, con la misma lujuria y deseo, contemplan a Josephine bañarse desnuda en el río. La diferencia es la contención del burgués y la acción irrefrenable de Castellan, ansioso de poseerla desde el principio.









En la puesta en escena de Jacquot se cuida muy mucho de dejar en el aire cómo era la joven antes y después de saber que Timothée la persigue. En varias ocasiones parece que se va a proyectar al vacío, atraída por una fuerza desconocida que simula un desequilibrio psíquico autodestructivo, aunque en el momento definitivo, siempre habrá un paso atrás. En ese juego del ratón y el gato, la seguridad del hombre, creyendo que esa mujer está dominada por su voluntad, poco a poco se torna en duda. ¿Acaso no será ella la que está dominando su voluntad? ¿No habrá caído en el juego perverso de quien desea una historia fuera de reglas y convenciones morales, pero ha de adornar la misma como impuesta para no perder su condición social? Instantes antes de la violación que une a ambos de manera temporal, la mujer cierra todas las ventanas de la casa y corre las cortinas. Como si presintiera el ataque y no quisiera que nadie dudara de su oposición, mantener su ventaja de clase por encima de falsas interpretaciones. El espectador puede dudar un rato, pero no siempre. Josephine tiene múltiples oportunidades para escapar, sólo cuando hay testigos aparenta estar sometida a una fuerza invisible que le obliga a permanecer con el vagabundo. Sus manos consiguen de la mujer todo lo que desea con muy poca oposición, pero esa evidencia se desvanece cuando nadie les ve, cuando Timothée duerme, verdad o mentira, la mujer va desarmando las habilidades del hombre, va usurpando su iniciativa para controlarle. Poco a poco el aparente rechazo va disolviéndose, empiezan a parecer una pareja en la que la posición dominante cambia de protagonista, es el hombre el que no puede rechazar cada una de las propuestas sin palabras de la joven. Si hay que defenderse pelea para ayudarle, simula ser la novia de un falso casamiento en una boda de verdad, se deja marcar al fuego delante de mucha gente sin emitir un quejido; actúa, en definitiva, como en estado de trance, preparando la prueba que le permita acusar sin posibilidad de defensa.








“Qué estoy haciendo contigo?”, encierra un doble sentido, el aparente, el más sencillo de entender, ¿qué hago siguiendo a mi violador?, y el implícito, te estoy devorando sin que te des cuenta, te estoy cambiando y ni lo notas. La joven va  aprendiendo las artes del vagabundo para controlar mentes y revierte la enseñanza dominando al dominador, éste ha de reconocer que en la mente de Josephine no es capaz de ver nada, que es la forma que tiene de controlar a las personas. Cuando la joven le contesta que no puede ver nada porque no hay nada, está reconociendo su simulación y su dominio, Castellan no puede dominar nada porque nada controla. Su arrogancia, su seguridad, se desvanecen atraído como una mariposa a la luz. Dominado por el cuerpo limpio, blanco como el nácar de la joven, por esos cabellos rubios que tanto contrastan con los orígenes inconfesados del hombre, éste recorre el bosque con una compañía que le va vampirizando. Si en Timothée hay algo dionisiaco y demoniaco al mismo tiempo, el trance aparentemente espiritual de la joven se transmuta en dominio sexual del contrario, privando de toda voluntad a quien, inicialmente, no era capaz de respetar la voluntad ajena. De poseedor a poseído, de secuestrador a preso, de libertad absoluta a pudrirse en una prisión, amputada la mano que conseguía controlar el comportamiento y el deseo de Josephine, es consciente de que ha perdido la partida, y en la sonrisa de ella se encierra la apuesta definitiva, “confiesa, nadie va a creerte, confiesa porque soy mejor y más poderosa que tu, y, al menos, habrás conseguido aprender quien sabía cómo controlar a quien”. Cuando el padre de Josephine siente miedo en presencia de ella, no es sino porque sabe, desde el principio, desde el mismo momento en que ella regresa a casa, que todo aquello no cuadra, que en su hija se ha reencarnado aquello en lo que nunca creyó, fuerzas ocultas capaces de dominar voluntades ajenas con el simple poder de la mente, fuerzas que se comunican en la distancia sin necesidad de contacto visual o verbal. El miedo del padre es la derrota de un modelo, la resignación de Castellan la asunción de una derrota programada que él creyó victoria desde un primer momento. La alteración mental heredada de la madre demuestra que, esa locura aparente de la joven, encierra la inteligencia suficiente como para someter a todos los hombres que se cruzan por el camino, uno tras otro, todos caen de diferentes maneras y crean, en el imaginario colectivo de la zona, una mártir virgen que oculta una manipuladora dominante.