lunes, 22 de febrero de 2016

ANOMALISA (Charlie Kaufman, Duke Johnson, 2015)


ANOMALISA (Charlie Kaufman, Duke Johnson, 2015)


Mirando por la ventanilla de un avión, en la soledad de una habitación de hotel, observándote en un espejo de un cuarto de baño te interrogas, “¿hasta aquí hemos llegado?, ¿esto era todo?”. Piensas que el problema son los que te rodean, te han cortado las alas para ser libre, has dejado pasar los años esperando poco, y cuando ya no te queda nada que recibir, piensas que todavía hay una última oportunidad, la última, la definitiva, la que marcará en última instancia la posibilidad de rejuvenecer y cambiar todo lo que no has sido capaz de hacer hasta entonces. Como la monótona letanía de una megafonía aeroportuaria, como los incesantes mensajes de la tripulación de cabina hechos para no dejarte dormir en un vuelo doméstico, como la falsa cortesía de las recepciones de hotel, el mundo real que rodea al personaje de Michael Stone es tan falso como su presunto éxito. Si en “Del revés” asistimos a todo un catálogo de reacciones emocionales fruto de un cuerpo y una mente vivos, en “Anomalisa”, la emoción y la reacción son prácticamente inexistentes, el protagonista es un autista emocional, un experto en contestar con monosílabos, en no prolongar una conversación más de lo que pueda considerarse acercamiento amistoso y sin caer en la descortesía absoluta. La falsedad que encierra la vida de Michael reside, incluso, en la base de su éxito. Su encierro interior se compatibiliza con su reconocimiento como visionario de las relaciones públicas, del aumento de beneficios de las empresas dando instrucciones a los empleados para ser más comunicativos, más empáticos con sus potenciales clientes.




Apenas 24 horas para retratar a un personaje acabado, con una permanente mirada de desconsuelo y autocompasión. Una mirada aburrida de quien no siente satisfacción alguna por su presente, y se amarga recordando un pasado que se desvaneció por su propia indecisión. El vuelo Los Ángeles- Cincinatti transporta cuerpos pero apenas transporta almas. Todo lo que rodea a Michael es idéntico, voces y rostros se superponen sin ser capaces de identificar unos de otros porque todos son uniformes. Al menos para Michael nos hemos convertido en productos de serie sin distinción, pero tampoco él es muy diferente, apenas se reconoce cuando se mira y sospechamos las razones de su negatividad. La cercanía relativa de un fin de ciclo, esa barrera de los 50 años que te empuja, sin remisión, al momento de hacer balance personal, a mirarte a través del espejo buscando la juventud perdida, las ilusiones, los anhelos, un espejo que te recuerda como tu piel cada vez es menos tersa, tus ojos cada vez miran con mayor agotamiento, tus articulaciones se quejan a cada paso y tus músculos empiezan a descolgarse, y lo peor, tu mente empieza a fallar y a desconectarse más de lo que sería conveniente.




Si pierdes tu rostro en un pasillo de hotel no tienes por qué pensar que te encuentras inmerso en una pesadilla, es posible que, metafóricamente, también tu cara la estés dejando atrás, que el molde que nos igualó, haya perdido los rasgos significativos de identidad para eliminar los puntos distintivos y hacernos a todos sustituibles por nuestra monotonía, nuestra acomodación a vivir con lo que no nos gusta. Michael aprovecha su viaje a Cincinatti para intentar rebelarse, de manera timorata y torpe, pero sabiendo que, sospechar de la existencia de un rostro diferente ha de significar algo, una señal en medio de la oscuridad y el ambiente gris de las ciudades impersonales, los hoteles de diseño funcional  y los combinados alcohólicos que nos ayudan a conciliar falsos sueños llenos de pesadillas e inquietudes subconscientes, y de los que nos levantamos más cansados que la noche anterior, porque al final el peso del pasado nos acompaña sin posibilidad de olvido. El cansancio psíquico de Michael no se cura durmiendo ni descansando, acompaña a su cuerpo como algo que forma parte indisoluble de él, por lo menos, desde que dejó a Bella. Ese es el pasado que quisiera borrar, el pasado al que querría volver, el recuerdo que preferiría como presente. Pero como todo recuerdo del pasado, en su anhelo se encierra más ficción que realidad. Ante la disyuntiva de no querer lo que se tiene, se idealiza lo que no se puede alcanzar. De este modo conseguimos una doble frustración con un solo pensamiento.




La película de Kauffman se compone de dos partes bien diferenciadas, enmarcadas entre un prólogo y un epílogo igualmente deprimentes. Las dos partes las marcan dos mujeres, una del pasado, y otra que podría llegar a ser la del futuro. Del presente ya sabemos que Michael ni espera, ni desea nada. La Bella con la que Michael tiene una deuda pendiente y la Lisa (la Anomalisa del título) con la que se fantasea un nuevo futuro no son más que representantes del reloj biológico del protagonista, lo que se pudo tener y lo que se quiere recrear para salir de una crisis existencial. En medio el vértigo al vacío, el convencimiento de que todos esos años de vida han dejado una mente, una vida, una existencia insustancial llena de inseguridades, de mediocridad, de ninguna belleza que mantener en el recuerdo provoca una postrera reacción de supervivencia, mínima, ínfima, como la repentina mejora del moribundo que preludia su final. Un entramado cerebral llevado a imágenes y que mantiene el pensamiento de Michael Stone absolutamente paralizado. Tan alienante es la existencia del protagonista que ninguna persona le resulta diferente a otra, todas las voces suenan igual en su descompuesto cerebro, todos los rostros son intercambiables porque las facciones son idénticas. La monotonía cercena la posibilidad de cambio, la melancolía permanente de unos recuerdos que abruman la existencia futura, colocan al individuo en la casilla de salida para la autodestrucción. Si en la oscura noche la mente es capaz de fantasear imaginando diferencias, imaginando nuevas mujeres distintas, con una música interna y externa que parecen sugestivas, que invitan a una aventura que reanime la esclerotizada existencia diaria, los primeros rayos de sol que iluminan esa nueva realidad terminan por hacer descubrir que todo era mentira, que no hemos conseguido engañar a nuestra mente, que, en el fondo, el dinosaurio permanecía estático y en el mismo lugar en el que lo dejamos antes de dormirnos.





La anomalía no se encuentra en el descubrimiento de una mujer que parece diferente, sino en la mente del hombre incapaz de empatizar con nada. Es tal el bloqueo mental, la ausencia de ilusión vital, tan oscura su existencia y opacas sus expectativas que, hasta sus sueños terminan en caídas por agujeros improbables. La desubicación mental del personaje es de tal entidad, que, a la hora de comprar un juguete a su hijo, le resultará indiferente si la tienda donde lo hace es de juguetes eróticos o de juguetes infantiles, simplemente se dejará llevar por la idea de belleza que rompe con su uniformidad mental, ésa que limita su capacidad de adaptación al considerar que, todo lo que ocurre en su vida, es idéntico día tras día. En la recapitulación de una vida, Michael Stone ha llegado al punto de absoluta rendición e imposibilidad de redención, hará de su vida un complejo de hastío e indiferencia, del mismo modo que le hastían y le resultan indiferentes sus obligaciones, profesionales o familiares. Al hacer balance de la película, seremos conscientes de haber asistido a una sucesión breve de infidelidades, insatisfacciones, inseguridades, decepciones, fracasos, mentes obturadas por la imposibilidad de reinventarse, quizás prime más la forma que el contenido, que la aridez del personaje termine aburriendo o resultando indiferente. En todo caso siempre agrada enfrentarse a historias de derrota, más aún si se opta por personajes de animación en stop motion. Acostumbrados al uso del dibujo o de la marioneta para fines infantiles, también el muñeco sirve al espectador adulto, y si no que se lo digan a la figura mecánica de la geisha japonesa. Padres inconsecuentes e inconscientes, no comentan el error de ver un dibujo y meter a sus hijos a ver la película, luego la culpa resulta que es de los titiriteros. Estamos ante cine para adultos, y no para evadirse precisamente, cine introspectivo que disecciona a un hombre en ruinas.