miércoles, 24 de febrero de 2016

A STORY OF CHILDREN AND FILM (Una historia de niños y cine, Mark Cousins, 2013)





UNA HISTORIA DE NIÑOS Y CINE (A story of children and film, Mark Cousins, 2013)

"La primera vez que entró en un cine se sintió a salvo. El cine lo acogió entre sus brazos y se convirtió en un amigo que ya jamás lo abandonaría" Mark Cousins hablando de sí mismo.


La abundancia no tiene por qué estar reñida con la calidad, en el caso del arte cinematográfico uno de esos exponentes de obra continua y constante es la del ¿documentalista? Mark Cousins, teórico del cine, crítico y estudioso de la forma y de la historia de esta manifestación cultural, ha optado por reflejar en imágenes sus propias reflexiones, adaptando la difusión cultural a sus propias necesidades, dotando a su divulgación una forma visual propia. Cousins es capaz de rodar tres películas de manera casi simultánea, viajar de Albania a Cerdeña y terminar otra historia sin salir de su casa desnudándose real, y metafóricamente, conversando con una actriz iraní; puede crear un serial atípico sobre la historia del cine, y, también, acercarse a la infancia a través de las películas; elaborando un catálogo de imágenes donde los niños ostentan un papel esencial en la historia fílmica del mundo; yendo del cine más comercial al más desconocido, estableciendo relaciones entre culturas y manifestaciones de la infancia, analizar en qué países la desigualdad es más evidente en el tratamiento de la infancia en el cine, dónde el niño juega más, dónde es más tímido……….


Para realizar este análisis utiliza una excusa doméstica y su propia voz. El experimento se inicia rodando a sus propios sobrinos en planos que se van insertando a  lo largo de la exposición, planos en los que la cámara permanece fija y a ras de suelo en su mayor parte, enfocando una habitación en la que esos niños juegan, niños que, de manera inicial se alejan del campo de visión de la cámara, que poco a poco se atreven a ir ocupando ese espacio, interfiriendo la imagen, interactuando entre sí de manera huidiza, para, ganada la confianza, dirigirse directamente a la cámara. En la progresiva adaptación de Laura y Ben al espacio ficticio que les propone su tío, y en el que se va a reflejar su realidad de ese día de juegos, Cousins efectúa la introspección necesaria para relacionar niños con el cine, y el cine con los niños, unos y otro tan cambiantes, tan mutantes, que la reflexión del director emparenta la infancia con la edad del cine. Un arte tan joven que permanece en constante evolución, en cambio permanente de formas y contenidos. Como el niño que no deja de crecer, el cine es inestable, mutable. 



A través de más de 50 películas y alrededor de los 5 continentes, Cousins recoge emociones como la cautela, la timidez, las luchas de clases y las diferencias de clases, la ira, la teatralidad, el niño como contador de historias, el niño que madura antes de tiempo, el niño-padre, la violencia infantil, la escuela, el juego, la aventura, la muerte. Hechos, circunstancias, situaciones de la vida, que permiten al director británico aproximarse a la infancia y, al tiempo, relatar una historia del cine, parcial y subjetiva, a través de un retrato limitado a la edad de los protagonistas. Tarkovski, Ozu, Lean, Clement, Vigo, Bergman, Buñuel, Kiarostami, Panahi, Loach, Kaige, Kore-eda…..pero sin olvidarnos del cine comercial y el E.T. de Spielberg, o directores prácticamente desconocidos como Idrissa Ovedraogo, Xianfise Keko o Mohammad Ali-Talebi. Cousins homenajea a la infancia, y al tiempo, reverencia al cine capaz de mostrar a la infancia sin dobleces, tal y como es, con sus egoísmos y sus raptos tiránicos como en “La bota” de Taleebi o “El globo blanco” de Panahi, donde las pataletas y la rabia manifiestan la impotencia de un niño frente a la inflexibilidad de los adultos, nos muestra la teatralidad innata de los niños, partiendo de las bellísimas imágenes del “Fanny y Alexander” de Bergman, ese gran teatro invernal en el que los niños no dudan a la hora de acomodarse en escena a través de esas plateas de cartón con las que juegan, o la representación impostada de las pequeñas estrellas del Hollywood clásico con Shirley Temple o en “Meet in St.Louis”, un Minelli en el que la teatralidad va dirigida al adulto y no a la satisfacción del niño.



Pero Cousins demuestra que la teatralidad, el afán por el disfraz, por la representación, no es algo solamente occidental, como en “Moonrise Kingdom” de Wes Anderson, sino universal, y trasladable a cinematografías como Albania como en “Toma and her Friends” o al Irak kurdo con “Deep Manleby”, documentales o ficciones en los que los niños se adueñan de la cámara y pelean por el espacio para ser retratados cantando, bailando, actuando. Actuando creando un mundo de imaginación y suplantación donde el niño puede secuestrar a otro para simular una maternidad anticipada como en la película polaca “Crows” o la creación de mundos paralelos donde se inventa una responsabilidad anticipada, como en “Kes”, “Kauwboy” o “Hugo y Josephine”. Los niños serán capaces de hacer de padres de sus padres ante la incapacidad de estos para asumir sus responsabilidades, como en “Moving” de Sergei Bodrov, en “Ten minutes older” de Hervé Franck o “El espíritu de la colmena” de Erice.

Cousins plantea su documental como una búsqueda de muchas cosas a partir de cosas pequeñas, del mismo modo que Van Gogh era capaz de crear un universo propio y detallado, sin salir de la habitación del sanatorio en el que estaba recluido, con la simple mirada a través de una ventana enrejada. El director va a mirar a los niños y calibrar su uso en el cine del mismo modo, prácticamente sin interactuar, con la simple mirada a sus sobrinos y a la historia del cine, descubrirá que los niños son cautelosos y tímidos (el Elliot de E.T., “Tierra amarilla” de Chen Kaige, “Children” de Shimizu, “An angel on my table” de Jane Campion) pero también son capaces de descubrir cómo les afectan las diferencias de clase y sufren por ello, siendo las cinematografías soviética y británica las que mejor han sabido contrastar ese aspecto, como en “Freedom is the Paradise” de Bodrov o “Grandes esperanzas” de Lean, sin olvidar la disección de Buñuel en “Los olvidados” o el Ozu en el que el hambre y pobreza acompañan a dos niños que vagan por la periferia de Tokyo con su padre en “Un albergue en Tokyo”. Los niños pueden crearse un universo propio y paralelo a partir de un simple globo (Albert Lamorisse, Olga Muratova) que dota de poesía a todo lo que hacen, pero también pueden volverse seres violentos y asociales, como en “Cero en conducta” de Vigo, “Juegos prohibidos” de René Clement o “Soluciones para un problema” de Kiarostami. La infancia, en el fondo, no deja de ser el momento de la fragilidad, de la amenaza, del miedo y la necesidad de amparo (Los 400 golpes, La noche del cazador), o el momento en el que la escuela es un lugar de aprendizaje y relación (La piel dura).

Cousins presenta a los niños sin práctica interacción con los adultos, apenas de manera tangencial, como la suya con sus sobrinos. Presenta un catálogo de comportamientos y reacciones sin criterio científico, no es un tratado, sino mero didactismo en imágenes, un viaje alrededor del mundo y del mundo de la infancia, una soberana muestra de conocimiento cinéfilo y un goce fantástico para el recuerdo.