viernes, 29 de enero de 2016

TOUT LE MONDE AIME LE BORD DE LA MER (Keina Espiñeira, 2015)






TOUT LE MONDE AIME LE BORD DE LA MER (Keina Espiñeira, 2015)



“·¿La película que vas a rodar, la tienes escrita o está sin escribir?”.

Esta pregunta la lanza uno de los africanos que espera el momento de atravesar el océano a la directora. Suspicaz, o sospechando en qué consiste ese proyecto fílmico en el que no se les pregunta de dónde vienen ni a dónde van, ni los porqués de su viaje o su éxodo. Keina Espiñeira juega con la imagen y la palabra para situarnos en un lugar intermedio, en un punto en el que tiempo y realidad se confunden, se diluyen. No están en su país pero todavía no han llegado a ninguna parte. Nuestro conocimiento de la realidad nos sitúa inmediatamente en la pesadilla de la emigración, en el juego perverso de poner en peligro la propia vida para buscar un futuro en el que, por lo menos, no se pase hambre. Pero eso somos nosotros, nuestro subconsciente, el que nos lo provoca. En puridad, ni nos lo dicen ni nos lo cuentan, lo sospechamos y lo asumimos como cierto. La imagen va más allá de lo evidente, el juego de nuestra mente completa la información que falta.





Mirar al mar se transforma en un elemento hipnótico, un mar nada complaciente, nada atractivo para zambullirse en sus aguas. Cielos grises, mar embravecido, viento, frío; pero ese agua ejerce sobre esos hombres aislados y expectantes un necesario punto de magnetismo, de atracción, de deseo de atravesarlo, pero al tiempo les recuerda otros mares, otras realidades, otras situaciones más tranquilas. El título también procede de una de las expresiones que dice una de las personas a otra mientras se rueda. A todo el mundo le gusta la orilla del mar, un mar muy diferente al de las aguas cálidas, azules y de arenas blancas de sus países de orígen, esos senegaleses, malienses, gambienses…… que ansían llegar al otro lado pero que ahora se encuentran en tierra de nadie, en un limbo ficticio entre España y Marruecos donde ninguno de los países quiere actuar.






Y mientras Boubacar cuenta una de esas historias orales del África centroafricana, el primer contacto con el hombre blanco, el paisaje y el entorno parecen mutarse, perdemos el mar y el frío, las ropas de abrigo y el miedo a lo desconocido. El grupo de hombres escucha la leyenda y parece transportarse a un mundo más cercano, más familiar, sale el sol, los cuerpos se calientan. El recuerdo oral de sus tradiciones actúa como bálsamo ante la inminencia del viaje. Un viaje para el que no van a acceder a través de un muelle ni un control de pasaportes, un viaje lleno de incomodidades y sin equipaje. Llegar a Ceuta para estar en Europa, entrar a Algeciras para cambiar de continente. Las penurias no las oímos ni las vemos, solo asistimos al encuentro hipnótico entre unas miradas y el mar. ¿A quién no le gusta la orilla del mar si su mente no piensa en nada más?. Presencia española en el festival de Rótterdam 2016. Sugerencias y texturas al servicio de las sensaciones, el recuerdo del cine de Pedro Costa o Claire Denis, pero también de los recientes españoles, de Eloy Enciso, de Mauro Herce, de Lois Patiño.

https://youtu.be/qgCTlQiwMMc