lunes, 11 de enero de 2016

MICHAEL FASSBENDER de Steve Jobs a Macbeth


MICHAEL FASSBENDER, de Shakespeare a Sorkin, de Sorkin a Shakespeare
 


A propósito de “Steve Jobs” y “Macbeth”.
 
 


Fassbender es de esos tipos que llenan la pantalla con su sola presencia, que eliminan a su antagonista con una mirada, que magnetizan y captan la atención del espectador y empequeñecen hasta a compañeras como Mulligan o Cotillard. Es un tipo que ha escogido muy bien las películas en las que se deja ver, al menos desde que ha alcanzado la fama del gran público, y a riesgo de aparecer demasiadas veces y muy seguidas a lo largo del año, mantiene un tono interpretativo sobresaliente. En un trimestre le hemos podido ver como vaquero con escrúpulos sobrevenidos en “Slow west”, como gurú mediático y líder pseudorelirigoso de nuevo cuño en el vendedor de humo que es “Steve Jobs”, y arrebatado por la locura, embriagado por el poder hasta la traición en “Macbeth”, de todas ellas sale airoso y triunfador, hasta el punto de que las películas, con sus mayores aciertos o defectos, se sustentan en gran medida por su presencia. En este caso, “Jobs” y “Macbeth” tienen valores propios, pero en cualquier conversación terminará reconociéndose el poder subyugante de un actor que atrapa y domina la pantalla como muy pocos de los conocidos por el gran público. De esforzado espartano a negrero sádico, de superhéroe marveliano a terrorista en huelga de hambre, de proletario británico a líder mundial de la informática, de astronauta aventurero a icono de la dramaturgia clásica, sus papeles son tan versátiles como su mirada permite imaginar, una presencia que justifica, por si misma, hablar de sus dos más recientes estrenos ahora en cartelera, dos películas muy interesantes por diversos motivos, casi todos ellos positivos.
 
 
 
 


En “Steve Jobs” de Danny Boyle atrae su puesta en escena, que huye, deliberadamente, de la biografía cinematográfica, tanto que, en ocasiones, uno se olvida de estar delante de un personaje real para prendarse de una historia con indiferencia absoluta a si lo que se nos cuenta pasó, si pasó así, si los personajes estaban o si todo es una ficción alrededor de un triunfador encumbrado por un sistema perverso de reconocimiento injusto al que menos se lo merece. La película utiliza la forma clásica teatral de tres actos, tres episodios clave en la vida profesional de Jobs, en Apple y fuera de ella, los lanzamientos de L.I.S.A., el cubo negro de NEXT y la aparición del iMac, tres bombazos mediáticos que, analizados en la película, eran meras cortinas de humo, lanzamientos de mercadotecnia destinados a un consumidor ávido de novedades, de diseños futuristas en la informática, de presuntas nuevas aplicaciones hasta entonces desconocidas. Que Jobs fuera la pieza menos importante en el sistema de creación informática no le restaba el carácter visionario de adelantarse a proponer aquello que el público estaba deseando que le vendieran. Primando la forma sobre el fondo, las empresas de Jobs consiguieron ir quebrando la espalda de la competencia, y al tiempo, generar las envidias profesionales necesarias para desarrollar el drama que Aaron Sorkin quiere contar en la pantalla a través de su guión con reminiscencias a Shakespeare y al universo freudiano de niño repudiado y padre repudiador.
 
 
 


La estructura de la película es reiterativa pero no cansa, sus tres partes tienen un desarrollo similar al de la antesala de un espectáculo deportivo o una representación escénica en la que el artista célebre o el deportista de élite están dispuestos a triunfar o sufrir la mayor decepción de su vida, de la gloria al fracaso en pocos minutos. A lo largo de esos 35 minutos de cada acto, por los preliminares de la presentación circulan sus antiguos socios, su exmujer, su secretaria para todo, su hija inicialmente no reconocida, la competencia, los directivos dispuestos a pasarle la mano por el lomo o a destrozarle al más mínimo contratiempo. Su carácter ególatra, su perfil egocéntrico incapaz de aceptar cambios o sugerencias si no vienen matizadas por el papel que hace de contrapeso interpretado por Kate Winslet (maravillosamente diría yo), su implacable afán de superación dispuesto a vencer y también a humillar desfilan por la pantalla. Por eso me disgusta su último acto, ese en el que un director bastante poco recomendable como Boyle, enfatiza la humanización del personaje para redimirle en demasía. Cuando Jobs interrumpe su última presentación para dedicar un par de minutos a su hija, en el fondo se nos lanza el mensaje de que el tío duro está revestido de una coraza bajo la cuál existe un padre como otro cualquiera, dispuesto a cualquier cosa por una hija en apuros, y nadie lo duda, pero se pierde el tono y la intensidad previa de la película. Sorkin utiliza las armas clásicas de la ambición y la traición para definir el entorno en el que se mueve en su mundo profesional, pero no elude el plano psicoanalítico para reflejar su vida personal, sus problemas con su exmujer y su aparente repudio a una hija que le evoca el momento en que fue dado en adopción y posteriormente sufrió un proceso revocatorio de la misma. En medio de un reparto excepcional con Jeff Daniels, Kate Winslet y Seth Rogen, el factótum de Fassbender sobresale en un biopic que no lo es y para el que no necesita caracterizarse de Jobs ni parecerse a él, lo importante no es Steve, es la película.
 
 
 


Para hacer “Macbeth” Justin Kurzel habrá tenido que pensar más en cómo adentrarse en una obra mil veces filmada, ya como tal o usando su trama para otras ficciones (ah, Kurosawa) que en la historia en sí, aportarle novedad para no ser tachado de director extemporáneo, para que nadie achaque a su obra que no era necesaria, pero ¿puede no ser necesario Shakespeare?, ¿pueden olvidarse los clásicos por el hecho de no ser contemporáneos?, ¿podemos borrar de un plumazo todo lo que ya se  ha hecho e impedir que nuevas generaciones los descubran? “Macbeth” apuesta por lo visual y por acotar la historia a los momentos más trascendentes, las brujas pierden su carácter amedrentador para pasar a ejercer de adivinas, el bosque escalará al castillo mediante la intervención humana, pero esto son detalles menores, porque lo importante se encuentra en el poder de la palabra, el verso del escritor recitado, susurrado, voceado por un elenco excepcional de actores convencidos de encontrarse ante una de esas obras capitales que reflejan a la perfección la naturaleza humana, tan cambiante como para mutar al súbdito modelo en el traidor más vil y detestable. No me gusta el ejercicio de la cámara lenta en las escenas de guerra, me parece un recurso vano para recalcar el lado salvaje y más animal del ser humano destripándose en nombre de una bandera o para defender a un rey frente a otro. Kurzel lo debe intuir y por eso limita su apuesta, más para recalcar la opción estética de la película que para recrearse en la sangre. Los episodios violentos que seguirán a la primera batalla serán tratados de manera rápida, concisa. Lo importante es la evolución de Macbeth y su entorno, y aquí Kurzel consigue el notable alto.
 
 
 
 


La ambición desmedida por reinar supone abandonar el rigor del invierno, la humedad de la tienda provisional, el jugarse la vida continuamente por defender a un rey que no se expone, y la profecía de las brujas se introduce en el cerebro del noble escocés como una carcoma imparable que cuenta con el apoyo de lady Macbeth para perpetrar la más despreciable de las traiciones y alzarse con el trono de Escocia, asesinando a un rey al que se acaba de defender y para el que se acaba de ganar una batalla. Una vez abierta la puerta de la traición, la nobleza de espíritu de Macbeth desaparece, condenado a vivir sin descendencia, la sospecha sobre cada uno de sus cortesanos le convertirá en un déspota gobernante capaz de llenar de sangre todo su reino, tanta sangre como la necesaria para teñir de rojo los cielos de un mundo en el que la niebla sirve para ocultar al siguiente rey del que previamente quiere eliminarle como amenaza de futuro. La niebla es el personaje del que surge la profecía y al que vuelven sus emisarias, como es el lugar del que emergen las tropas antes de enfrentarse o el sicario antes de perpetrar su nueva felonía mientras Macbeth se encierra en su castillo fruto de la desesperación y de la locura, consciente, en su enfermedad mental, de que ha abierto una puerta imposible de cerrar, se ha convertido en una víctima de su propia ambición injustificada, y por el camino ha perdido lo poco por lo que era valorado y sabe que su vida está llamada a acabar sin honor alguno. Nuevamente Fassbender nos sorprende con su mirada atormentada, lunática, su furia homicida y su torvo proceder, bien compenetrado con la presencia de Cotillard como reina, y mejor acompañado por todo ese elenco de secundarios británicos tan reconocibles, pero Fassbender sobresale recitando un papel en el que su mirada demuestra su cambio mental. Si ambas películas sólo contaran con el atractivo del actor germano-irlandés ya las recomendaría, pero además tienen valor intrínseco por si mismas.