martes, 12 de enero de 2016

MAGALLANES (Salvador del Solar, 2014)






MAGALLANES (Santiago del Solar, 2014)


 
A Magallanes le gustaría estar en otro tiempo y lugar, pero le ha tocado vivir en Lima y haber sido soldado en Ayacucho en los años de la guerra con Sendero Luminoso, los años en que el “serrano” era tratado como terrorista por su condición racial. El sistema peruano se tambaleó durante décadas entre golpes de estado, corrupciones democráticas, salvajes atentados, represión asesina paramilitar y militar, saqueo de los recursos, perviviendo un más que larvado racismo entre los habitantes de origen blanco, predominantes en las zonas costeras, y los despectivamente llamados “serranos”, de rasgos indígenas, con lengua propia originaria de los primeros habitantes, que aún hoy siguen usando el quechua y sus dialectos como primer idioma. En ese hervidero violento Magallanes sirvió a las órdenes de un coronel que actuaba como dueño y señor de tierras y personas en los Andes, y allí presenció y colaboró en la represión, en las ejecuciones, en las violaciones. Por eso Magallanes quiere volar, quiere evadirse de ese recuerdo tormentoso que le persigue e impide que desaparezca la culpa. Cuando observa los parapentes suspendidos en el aire desde los barrancos de Lima y sobre el mar, Magallanes olvida la realidad por un momento, justo el tiempo que el senil militar tarda en dar una orden desde su silla de ruedas, porque Magallanes, como taxista, todas las mañanas recoge al demenciado militar para pasearle por la ciudad, lo que no podía imaginar Magallanes era que su vida volvería a cruzarse con una de las víctimas, una joven que tenía 14 años cuando fue secuestrada por orden del coronel para servirle como esclava sexual durante meses.





Hay una enorme virtud y un evidente defecto en la película, la virtud es la de no esconder una realidad histórica del Perú, una realidad dolorosa y que pervive por la ausencia de responsabilidades y por el olvido de las víctimas, una realidad que, puesta al día, evidencia las múltiples conexiones entre los poderes e instituciones del estado para tapar, para olvidar, para silenciar. Frente a este valiente propósito, la historia de perdón personal termina forzando demasiado las casualidades para resultar creíble, consciente de a dónde quiere llegar el director, las fórmulas seguidas evidencian demasiado que cualquier circunstancia es válida para alcanzar la meta de que Magallanes y Celina se reencuentren, y esa losa hace tambalear el resultado final de la película, esa sensación que se transmite muchas veces de que se han querido contar tantas cosas, abarcar tanto en una sola película, que muchos trazos quedan simplemente perfilados, que muchas historias se deshilachan y otras se van perdiendo sin rematar, que otras son inverosímiles y hasta contradictorias, aunque el propósito sea interesante. Se tiene la sensación de que el resultado hubiera sido más brillante recortando las expectativas y centrándose en un único objetivo, haber eliminado lo innecesariamente discursivo y haber aprovechado momentos especiales y soberbios, que los hay, para elevar el resultado final, como la escena nocturna con Lima a los pies de Celina y el discurso enfurecido de ésta en quechua en la comisaría, donde nadie entiende las palabras pero comprende perfectamente lo que se está diciendo.



En este paseo por Lima apreciaremos la diferencia de vivir en Miraflores o Barranco o de vivir en Chorrillo o Callao, la diferencia de pasear libremente por la calle con presencia policial a hacerlo con el temor de ser asaltado en los barrios marginales, pero lo fundamental será el hecho de que quede reflejada la disposición del poder, sea cual sea éste, a tapar hechos graves para ocultar otros aún más graves, “aquí no ha pasado nada” dirá el heredero de una fortuna levantada sobre el crimen y la represión política cuando el policía le sugiere que no retire la denuncia. Estamos ante un país mantenido sobre el silencio, sobre la ocultación, sobre la humillación de la víctima que sufrió al ser vejada pero también sufre cuando el sistema le niega la realidad de lo sucedido, al concluir la película todo va a permanecer en el mismo sitio, nadie va a pagar por nada ni nadie va a pagar en el futuro, y Magallanes debería saber que su perdón no va a ser consentido, que el dinero no siempre es bastante para borrar un pasado en el que él no fue mero colaborador ni se limitó a cumplir órdenes. Magallanes debe saber que sus ansias de volar son imposibles, que su vida está limitada a permanecer encerrado en pequeños agujeros donde tumbarse y cogerse las rodillas, ansiar volver a la infancia para olvidar y empezar con la mente en blanco. Sabemos que no lo conseguirá del mismo modo que sabemos que el “doctor” no va a perder nunca un ápice de status ni su padre, el coronel, va a perder en ningún momento, su falsa dignidad de salvador de la patria, su soberbia militarizada aunque demente, que no se va a arrepentir de haber asesinado a todo un poblado del altiplano porque no sólo los consideraba terroristas sino también, seres inferiores.



Director: Salvador del Solar,  Guión: Salvador del Solar (Historia: Alonso Cueto),
Música: Federico Jusid, Fotografía: Diego Jiménez, Reparto: Damián Alcázar,